martes, 7 de abril de 2020

LA BOTICA; Revista Literaria-6 (El Final)







Nota: el presente post es una continuación del post publicado anteriormente, que lleva por título «La Botica, Revista Literaria-5 (Perdiendo Frescura)».



Los últimos años con «La Botica, revista literaria», acontecieron en una soledad absoluta en la que me encontré sumido, sin apenas darme cuenta.

En el año 2010 planteé la posibilidad de incorporar a una persona al equipo directivo de la revista, pero finalmente no fue posible. Necesitábamos mano de obra para diferentes tareas, pero Jorge se negó rotundamente. Los años en que ambos trabajábamos codo con codo habían quedado atrás, y actualmente yo desempeñaba la totalidad de tareas, a excepción de la elección del autor de la portada y la contraportada, así como alguna que otra colaboración literaria prioritaria. Las veces que habíamos encomendado labores a algunos de nuestros colaboradores habituales, el asunto no había funcionado como cabía esperar. En una ocasión dejamos que distribuyeran ejemplares de la revista, pero algunos miembros de la asociación fueron incapaces de repartir dos cajas de ciento veinticinco ejemplares cada una, cuando Jorge y yo habíamos llegado a repartir mil setecientos cincuenta ejemplares cada uno, durante muchos años.

Mi amistad con Jorge se encontraba en su momento más bajo. Habíamos llegado a un callejón sin salida, acaso como una pescadilla que se muerde la cola. Por un lado necesitaba ayuda con urgencia, pero él no estaba de acuerdo en ampliar el equipo técnico-directivo y como ya he dicho, las pocas veces que lo habíamos intentado no funcionó. Jorge comenzaba a desentenderse y se dedicaba mayormente a idear y presentar sus propios proyectos, a espaldas de «La Botica, revista literaria». En aquel momento me conformé con eso; era como si yo representase el proyecto original en solitario, pero con las manos atadas. Desempañaba la mayor parte de labores totalmente en contra de mi voluntad, pero continué haciéndolo a pesar de todo; cómo había llegado a este punto me parecía difícil de entender en aquel momento. Además de la asociación cultural y de la revista literaria, estaba mi vida personal, laboral y de pareja, que atravesaron etapas en las que tuve que sortear grandes y dificultosos escollos. «La Botica, revista literaria» era tan sólo uno de ellos.

Un par de años antes de cesar nuestras actividades literarias, la situación ya era insostenible. Recuerdo que presentamos nuestro proyecto anual al ayuntamiento, el cual incluía un pequeño error, consistente en que en una de las primeras páginas, la fecha que figuraba se correspondía con la del año anterior, que no había sido actualizada. Presentar el proyecto al ayuntamiento era condición indispensable para participar de las subvenciones públicas, y el técnico del ayuntamiento se puso en contacto con nosotros, invitándonos a subsanar el error y entregarlo de nuevo. Una vez corregido se lo di a Jorge. Finalmente y para mi sorpresa, transcurrido un tiempo me llamaron de nuevo, diciéndome que el proyecto no había sido entregado. Al parecer, Jorge lo había olvidado.

Pedí permiso en el trabajo y acudí personalmente a entregar el proyecto. En ese instante supe que había tocado fondo. Jorge no cesaba de presentar proyectos por su cuenta, junto a otras personas ajenas a la asociación, pero sus ideas no salían adelante. No había entregado el proyecto de «La Botica, revista literaria»; pero el asunto no terminaba ahí: la crisis económica fue recortando cada vez más los presupuestos culturales, y a cuenta de ello perdíamos muchos recitales literarios. Tras negociar todo lo posible para no terminar desapareciendo, nos vimos reducidos a la mínima presencia posible durante aquellos difíciles tiempos de crisis económica.

Mi amistad con Jorge estaba muy deteriorada. De hablar todos los días por teléfono varias veces, habíamos pasado a esquivarnos todo lo posible. No confiaba en él, y lo mismo sucedía al contrario. Para colmo, comenzó una persecución institucional hacia las asociaciones, que acabó por dinamitar nuestro proyecto literario.

Tras las elecciones, el nuevo gobierno de derechas exigía a las asociaciones que justificaran sus gastos al detalle, con retroactividad; de súbito, me vi rellenando documentos T10 y otros papeles similares correspondientes a un ejercicio anterior, como si acaso una asociación como la nuestra, sin ánimo de lucro, facturase para ganar dinero o lucrarse, de alguna manera. Recuerdo que habíamos llevado a cabo un recital en el popular «Green Bay» de Vitoria, conmemorando el décimo aniversario de la revista. En dicho recital abonamos cien euros a cada uno de los autores participantes, que escribían en la revista. Recuerdo que fue tal presión, que tuve que solicitar unas claves digitales en un punto de atención de la Diputación Foral de Álava, descargarme un software gratuito en el ordenador de mi casa, y responsabilizarme personalmente de cumplimentar toda aquella documentación relativa a la hacienda pública, como si acaso desde la asociación manejásemos dinero de manera habitual. Esto terminó por agotar mi pacienca. Apenas me quedaba algo de tiempo para mis propios asuntos, junto con todos los problemas que veníamos arrastrando y mi maltrecha relación con el co-director de «La Botica, revista literaria», que me dejaba solo y con las manos atadas, sin permitir que alguien me ayudase.

Un día llamaron del ayuntamiento, comunicándonos que no había subvención económica. Recuerdo perfectamente cómo tras hacernos pasar al despacho de cultura en el Palacio de Montehermoso, dijeron que no había dinero, sin siquiera mirarnos a la cara. Yo aduje que lo entendíamos en las circunstancias actuales de crisis, pero solicité que, después de tantos años de esfuerzos, nos dejaran imprimir el último número de la revista, dando por concluido el proyecto. Tanto mi compañero como yo éramos conscientes del deterioro de nuestra amistad y de la situación en la que se encontraba la asociación. La portada del último número de la revista correría a cargo del artista plástico Michel Martínez Vela, y la contraportada sería para el fotógrafo Javier Sánchez. Ambos habían hecho posible la edición del primer número editado de la revista, y estábamos en deuda con ellos. Ése era mi deseo, pero finalmente el ayuntamiento lo dejó estar, y no obtuvimos respuesta. El que sería el último número de «La Botica, revista literaria», se quedó en el tintero. Ni siquiera accedieron a imprimir los ejemplares, a pesar de que no pedimos dinero, ni ninguna otra cosa.

En agosto de 2012 acudimos al Gobierno Vasco, solicitando la baja de la asociación cultural. Reconozco que fue una liberación personal, y por fin pude respirar tranquilo; me sentía completamente solo y me resultaba difícil asumir todo lo acontecido. Decidí alejarme de los ambientes literarios y artísticos de Vitoria-Gasteiz, así como de quien fuera mi compañero de proyecto durante doce años, Jorge. He necesitado más de ocho años para racionalizarlo y poder hablar de ello. En el año de 2012 inicié mi blog personal, una puerta abierta a la creación y un medio de expresión. Continúo escribiendo, tal como es mi deseo, y publico mis propios libros de poesía, relatos, novela y divulgación de temas que me interesan. No deseo, ni necesito participar en otros proyectos similares. Cuando alguien se ha puesto en contacto conmigo para participar en recitales literarios, ha obtenido mi "NO" por respuesta, claro y contundente. Así que ya lo sabéis quienes leáis esto, que es mi decisión: no me interesa, no por el momento. Otra cosa sería las publicaciones.

«La Botica, revista literaria» fue el proyecto literario por excelencia de la ciudad de Vitoria-Gasteiz. Hasta la fecha no ha sido igualado, ni siquiera por aproximación. Disfrutó de una excelente salud, y publicó a más de trescientos autores diferentes. Ése, y ningún otro fue nuestro acierto. Nosotros, quienes lo llevamos a cabo, carecemos de importancia frente a semejante hecho. Mi mayor recompensa fue llevarlo a cabo, a pesar de todo; personalmente, me quedo con la gratificación que sentía tras entregar las revistas en los hospitales, donde siempre era recibido con los brazos abiertos; aunque me confundieran con un recadista, a fin de cuentas no se trataba de un lucimiento personal, y doy fe de ello a través del presente post y cuantos le preceden, en esta historia de «La Botica, revista literaria», probablemente el proyecto literario más interesante de Vitoria-Gasteiz, que publicó textos de diferentes autores en todos los formatos literarios posibles.


Si deseas conocer los detalles y pormenores de la historia de «La Botica, revista literaria», número a número, pincha aquí.



Atentamente:
Rafael Moriel

domingo, 15 de marzo de 2020

LA BOTICA, Revista Literaria-5 (Perdiendo Frescura)







Nota: el presente post es una continuación del post publicado anteriormente, que lleva por título «La Botica, Revista Literaria-4 (La Censura)».



Superada la etapa oscura de censura en «La Botica, revista literaria», transcurrieron varios años sin novedades importantes. Sin embargo, todo cambió de repente cuando comenzamos a recibir una subvención económica que nos permitió ampliar el horizonte literario, editando un par de libros de autores compartidos. Además de la impresión de los 3500 ejemplares de la revista, utilizamos la ayuda para emprender una editorial que permitiera publicar a autores alaveses en cualquier género literario. Todo ello aconteció más o menos del siguiente modo:

Puede que se tratara de una casualidad, pero por aquel entonces nos encontrábamos inmersos en una campaña electoral, y un día encontré uno de esos panfletos de propaganda que echan en el buzón, en el cual figuraban unas líneas de texto libre para rellenar, en las que el «Partido Socialista de Euskadi (PSE)» solicitaba propuestas por si ellos llegaban a gobernar en la capital alavesa. Recuerdo perfectamente que guardé aquel panfleto durante días con la intención de rellenarlo, y finalmente lo hice con un texto que más o menos decía lo siguiente: «Que «La Botica, revista literaria» disponga de una subvención con la que publicar libros, y pueda ser una asociación libre». Algo así reflejé en apenas un par de líneas, y lo envié por correo, hastiado de que a pesar de solicitar una ayuda económica cada vez que presentábamos nuestro proyecto a las instituciones, ésta fuera rechazada y nos tocara agachar la cabeza y acatar sus decisiones, fueran cuales fuesen, sin tener derecho a protestar cuando los ejemplares estaban mal impresos o con errores, además de soportar censuras, etc.

Finalmente los socialistas lograron conformar gobierno en Vitoria. Personal relacionado con el departamente de cultura del ayuntamiento se puso en contacto con nosotros. No supe a ciencia cierta si era debido a mi petición o no, pero recuerdo que coincidía con la época de entrega de los proyectos anuales, y teníamos el nuestro redactado y listo. Dijeron que nos ayudarían, a nosotros y a otros colectivos similares. Puede que se tratase de una mera casualidad, pero el PSOE gobernó en Vitoria-Gasteiz y por primera vez en la historia de «La Botica, revista literaria», dispusimos de una subvención económica cercana a los 3000€.

Consciente de que debíamos aprovechar aquella oportunidad, pensé ampliar la visión que había tenido años antes, cuando planeamos la revista, creando una editorial. Hablé con mi compañero Jorge, y me costó convencerle de que era el momento de avanzar un paso más, apostando por las publicaciones en formato de libro; personalmente, estaba absolutamente convencido de que a la larga sería nuestro verdadero triunfo, y a la salida de nuestra reunión con representantes de las instituciones, caminando por los arquillos de Vitoria de un extremo a otro y repitiendo una y otra vez... planeamos la publicación de un libro de autores compartidos en el que tuviesen cabida todos los géneros literarios posibles, en castellano y en euskera. Poco después publicamos el libro «Cinco Voces», que incluía poesía, micro cuentos y relatos, así como cartas de amor. La mayoría de los textos estaban escritos en idioma castellano, aunque también los había en euskera.

Publicamos un libro con la idea de publicitarlo convenientemente, de modo que con el dinero recaudado fuera posible publicar más libros. Inicialmente sería de autores compartidos, hasta asegurar unas ganancias que permitieran publicar a autores vitorianos en solitario, en todos los géneros literarios.

Al igual que venía ocurriendo con la revista y tras nuestro primer libro, que incluía a cinco autores, lo distribuimos por las principales librerías y comercios de la ciudad. Entregamos ejemplares a las instituciones colaboradoras, prensa y radio etc., y algo más de cincuenta ejemplares gratuitos para cada uno de los autores publicados. Personalmente, estaba convencido de que se trataba de una idea genial, y en ningún momento contemplé la posibilidad de que pudiera resultar un fracaso. A menudo pienso de nuevo sobre aquello, acerca de la idea que tuve y me pareció tan brillante; pero a pesar de que dediqué el tiempo suficiente para explicársela a nuestros colaboradores habituales, algo no salió bien: publicamos hasta dos libros de autores compartidos, y recuerdo incluso cómo alguno de los autores acudió a mi casa con un carro para cargar libros, y una vez hecho esto, desapareció sin más ni más. Personalmente, no podía creer que los mismos autores a quienes promocionábamos, rehuyeran las presentaciones de prensa y televisión, etc., y lo recuerdo como algo muy extraño, que no lograba entender. Algunos autores incluso reclamaban más ejemplares de los establecidos inicialmente, y entonces comencé a darme cuenta de que mi idea no era la misma que la de otros, a pesar de haber aceptado las condiciones pactadas. Ciertamente no se vendieron muchos libros, porque no se llevó a cabo una divulgación adecuada. Con el segundo libro, titulado «Demasiada Realidad», el asunto empeoró muy notablemente, lo cual hizo tambalear la continuidad del proyecto. Poco después llegó la temida crisis económica, y todo comenzó a torcerse de un modo increíble: menos dinero y muchas más exigencias y trabas, hasta el punto de hacer el proyecto inviable, ya no sólo con el tema de los libros, sino en todo su conjunto.

Finalmente el dinero de la subvención sirvió para costear la edición de un par de libros publicados con «Ediciones La Botica», así como para sufragar gastos menores y pagar a nuestros colaboradores literarios y músicos en el décimo aniversario de «La Botica, revista literaria» y algún otro recital literario de carácter mayoritario.

Personalmente, considero que trabajar en equipo tiene sus pros y sus contras. Lo que para unos está muy claro, para otros es totalmente cuestionable. Si se debate en exceso se pierde mucho tiempo, y las ideas y proyectos deben quedar muy claros para concluir con éxito. Por otro lado, se necesita mucho tiempo para afianzar los objetivos y Jorge y yo nos distanciábamos cada vez más. Los años transcurrían y la rutina y la falta de tiempo lo complicaban todo, hasta que llegó un momento en el que los contratiempos no dejaban de sucederse. Algunos autores comenzaron a mostrar un ego desmedido, complicando los ensayos de los recitales e incluso monopolizando la puesta en escena, etc., retrasando y entorpeciendo los ensayos. Estábamos perdiendo frescura a pasos agigantados y resultaba muy difícil reunir a la gente durante los ensayos; por primera vez en más de diez años me di cuenta de que me costaba mucho asumirlo, y no parecía tener solución. Los problemas crecían.

Volviendo a lo de los libros, anteriormente ya había intentado convencer a Jorge de que el dinero obtenido en los recitales de algunas entidades e instituciones podría aglutinarse y destinarse a la publicación de libros, en lugar de abonarlo directamente a los autores que recitaban sus textos; pero él no estaba de acuerdo. Con aquella subvención fue posible publicar libros, o al menos intentarlo, y ambos estábamos de acuerdo. Pero tras publicar el segundo libro, el asunto se nos fue de las manos. Puede que los autores no estuvieran a la altura de las circunstancias, pero fue un fracaso total de ventas. Después se agravaría el distanciamiento entre Jorge y yo, la temida crisis económica y los ajustes presupuestarios, la presión a la que fueron sometidas las asociaciones... así como el cese definitivo de todas nuestras actividades literarias, tema sobre el que tratará el siguiente post.


Si deseas conocer los detalles y pormenores de la historia de «La Botica, revista literaria», número a número, pincha aquí.



Atentamente:
Rafael Moriel

miércoles, 25 de diciembre de 2019

LA BOTICA, Revista Literaria-4 (La Censura)







Nota: el presente post es una continuación del post publicado anteriormente, que lleva por título «La Botica, Revista Literaria-3 (Evolución)».



«La Botica, revista literaria» fue censurada hasta en dos ocasiones diferentes, en la primera de las cuales llegó a destruirse una tirada completa de 3000 ejemplares impresos, aduciendo el carácter inapropiado de un poema aportado por el poeta Mariaño Íñigo (D.E.P.).

«La Botica, revista literaria» afrontó su primera censura tras publicar un poema escrito por el conocido poeta Mariano Íñigo. Ciertamente, en ningún momento llegamos a imaginar siquiera que en los tiempos actuales fuera posible censurar una publicación de carácter literario aunque, a decir verdad, habíamos vivido tiempos de una mayor libertad creativa durante el transcurso de los años posteriores al fin de la dictadura franquista en España.

Como ya he mencionado, ni mi compañero Jorge ni yo imaginábamos que pudiera llegar a ocurrir algo semejante, sobre todo teniendo en cuenta que alguien desde las instituciones públicas revisaba nuestros contenidos literarios antes de que éstos fueran publicados, habida cuenta de que veníamos utilizando la imprenta de la Diputación Foral de Álava para imprimir los ejemplares de la revista. La tirada actual en el momento de la censura era de tres mil ejemplares, y la temática del poema aportado por Mariano Íñigo giraba en torno a una felación; al parecer alguien se quejó cuando los ejemplares ya habían sido impresos, y por alguna razón pensaron que aquel poema podría llegar a herir la sensibilidad del lector. La Diputación Foral de Álava imprimía gratuitamente nuestros ejemplares, que posteriormente distribuíamos por toda la ciudad, estando al alcance de cualquiera, lo cual incluía a los niños. Ante dicho argumento no tuvimos más remedio que aceptarlo con resignación, a pesar de que la medida nos pareció desorbitada. No entendíamos cómo era posible destruir una tirada completa de 3000 ejemplares, cuando se supone que la publicación ya había pasado un filtro previo, y tampoco estábamos de acuerdo en la necesidad de una prohibición.

Personalmente, por aquel entonces me tocaba mediar en algunos temas difíciles, tal como ocurrió en el caso de Mariaño Íñigo, quien al enterarse de lo ocurrido, estaba muy enfadado. Recuerdo perfectamente que me cité con él para tratar el tema un día por la tarde, en el pub «Canguro Rojo» en la calle Adriaño VI de Vitoria. Charlamos largo y tendido, o quizá habló mayormente él. Personalmente, conocía a Mariaño Íñigo desde que yo era un niño y siempre empaticé con él; además de eso le apreciaba y respetaba como poeta, por lo que tras finalizar nuestro encuentro no llegé a tener un desencuentro con él, que estaba muy afectado y acudió a los medios de prensa para denunciar lo ocurrido. Yo le di la razón en todo momento, pero me mantuve firme en que, a pesar de la censura, nuestra revista literaria debía continuar su andadura a pesar de todo, porque se habían aferrado a unos argumentos contra los que no podíamos hacer nada. Finalmente, el disgusto se le fue pasando con el paso del tiempo y el asunto fue a menos. Mariano Íñigo y yo éramos amigos y continuamos siéndolo.

Pero la primera censura no terminó ahí. Durante los dos años posteriores, las instituciones se negaron a publicarnos. Alguien había dado la orden, y no había manera de reanudar las publicaciones. En vista de lo ocurrido, recurrimos incluso al Gobierno Vasco-Eusko Jaurlaritza, a quien presentamos un proyecto; recuerdo perfectamente una redaccion extensa, solicitando su ayuda, presentando justificantes de todo lo que podía justificarse en el seno de una asociación como la nuestra, así como ejemplares de todo lo publicado hasta el momento, con la esperanza de que una institución de tales características colaborase con un proyecto literario tan interesante. Sin embargo, recibimos una negativa por respuesta, aduciendo que la publicación debería ser redactada y publicada íntegramente en euskera. Esto supuso un terrible mazazo para nosotros, en especial para mí, y supuso, si cabe, otra nueva forma de censura que a fin de cuentas no distaba mucho de cualquier otra, independientemente de dónde o quién la ordenase. Una auténtica atrocidad y una injusticia para la literatura en general.

Tras más de dos años de silencio por parte de las instituciones, recurrimos a la ayuda de los políticos. Mi compañero Jorge y yo habíamos mantenido una actitud muy cauta y paciente en todo momento, y tras hablar con José Ángel Cuerda y Alfonso Alonso para solicitarles su apoyo, ambos se mostraron cercanos y comprensivos. Un buen día y sin saber muy bien cómo, se reanudó la comunicación con las instituciones y poco después publicamos un nuevo número.

Finalmente logramos retomar la edición de la revista, aumentando la tirada hasta los 3500 ejemplares.

La segunda censura literaria llegó posteriormente, y estaba relacionada con un poema que sería publicado en «La Botica, revista literaria» aunque, a diferencia de la primera, éste no pasó el filtro tras la entrega del original para su revisión antes de la impresión final.

Recuerdo perfectamente que sonó el teléfono en mi casa, y era un funcionario. Me dijo que tras revisar un poema del poeta Luis García Angulo, incluido en nuestro último borrador, habían decidido suprimirlo. Personalmente, no daba crédito a lo que estaba escuchando: se trataba de un poema anti militarista, relativo a un niño que garabateaba un dibujo de un general del ejército, y que llamaba a la reflexión. Sin duda alguna era uno de los poemas estrella del número que teníamos entre manos, doy fe de ello porque lo seleccioné personalmente, pero además de eso, el funcionario me dijo algo que nunca olvidaré, y que me pareció, si cabe, aún más sorprendente: «a partir de entonces, los textos de la revista deberían ser más alegres». Aquello me enojó hasta el punto en que pensé en abandonar el proyecto, aunque finalmente retiramos el poema y lo sustituimos por otro del mismo autor, para poder continuar editando la revista.

La segunda censura (al igual que la primera y asimismo la relativa al idioma) fue un mazazo terrible; no la esperaba en absoluto, y me sorprendió tanto o más que la anterior. Sin embargo, su efecto pasó más desapercibido entre Jorge y yo, teniendo en cuenta que no nos comunicábamos tanto como al principio; yo trabajaba duro en la empresa y en mis ratos libres continuaba desempeñando labores técnicas para la asociación; Jorge hacía lo propio, intentando sacar adelante sus propios proyectos, de modo que aunque nos relacionábamos menos, éramos muy eficaces porque existía una inercia, fruto de una dinámica de trabajo que conocíamos a la perfección. Todavía por aquel entonces corrían buenos tiempos para nuestra amistad; quedaba por llegar la temida crisis económica, el distanciamiento y el cese definitivo de nuestras actividades editoriales.




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Rafael Moriel

domingo, 3 de noviembre de 2019

LA BOTICA, Revista Literaria-3 (Evolución)







Nota: el presente post es una continuación del post publicado anteriormente, que lleva por título «La Botica, Revista Literaria-2 (Asociación Cultural)».



Durante los doce años que presidí la asociación cultural «La Botica», alrededor de la cual editábamos la revista, me dediqué a conformar y maquetar la publicación, elaborando los proyectos que presentábamos a las instituciones, patrocinadores, etc., organizando numerosos recitales literarios junto a mi compañero Jorge Girbau Bustos, en los que participaban los propios escritores, así como músicos y otros artistas.

Personalmente, durante los primeros años mantuve un intenso contacto social, e incluso frecuentaba los festivales, etc., así como las presentaciones de otros artistas vitorianos. Sin embargo, poco a poco dejé de hacerlo. En el año 2002 me mudé a vivir al barrio de Lakuabizkarra, lo cual me aisló aún más.

Me gano la vida trabajando en la empresa privada, e incluso en ocasiones he frecuentado el horario a tres turnos. En aquella época, llegué a compaginar mi empleo en la empresa privada con la impartición de cursos de formación técnica para diferentes instituciones, a los que dediqué siete años de mi vida. Absorvido por la vorágine del día a día, dejé de frecuentar los ambientes artísticos y de relacionarme con otros artistas y escritores; simplemente no podía permitírmelo, por una cuestión de tiempo. Aun así invertía todo mi tiempo libre en labores técnicas y de organización de la asociación, incluyendo mis vacaciones y puentes festivos, etc. Sólo así era posible dar forma a las publicaciones y los proyectos que fuimos sacando adelante. Yo era una hormiguita que no cesaba de trabajar, en ocasiones acaso como un estoico masoquista en solitario.

Con el paso del tiempo y la experiencia acumulada, logramos dar forma a las sesenta y cuatro páginas que conformaban las diferentes secciones de «La Botica, revista literaria», de un modo magistral. Sucedió paulatinamente, culminándose en el momento en el que decidimos dedicar las dos páginas centrales al género del cómic, de la mano de Oskar Blanco, que editaba asimismo el fancine «Zócalo» en Bilbao.

Nuestros protocolos de funcionamiento interno eran siempre los mismos. Tras maquetar cada nuevo número, entregábamos un borrador a la imprenta, y ésta nos devolvía una copia impresa para validar. Sin embargo, a menudo había problemas, puesto que a pesar incluso de haber validado el ejemplar de prueba, las imágenes del interior de la revista se imprimían pixeladas, a pesar de entregarlas en formato digital de máxima resolución; otras veces aparecían cambiadas de sitio, incluso los colores de la portada o de la contraportada distaban de ser los originales, y eso fue motivo de grandes disgustos para algunos artistas plásticos. De cualquier forma, yo siempre acababa enfadado porque habían cambiado algo, y no lográbamos entender por qué razón. Mi compañero Jorge se lo tomaba con más calma, y finalmente terminábamos asumiendo que no podíamos hacer nada al respecto.

El reparto de los ejemplares lo realizábamos al cincuenta por ciento, entre Jorge y yo. Abarcábamos toda la ciudad y otras localidades colindantes. Entregábamos ejemplares a los colaboradores, tanto literarios como artísticos, e incluso los enviábamos fuera de la provincia de Álava si era necesario, utilizando el correo ordinario. Si los colaboradores de la revista se ofrecían a repartir ejemplares, les entregábamos unos 350, que eran los que cabían en una caja. Por otro lado, siempre mantuve correspondencia con aquellas personas que escribían a la redacción, y aunque me costara tiempo responderles, al final terminaba haciéndolo, incluso enviándoles ejemplares si lo solicitaban expresamente.

Los años fueron pasando. La revista tenía muy buena acogida y el índice de rotación era muy alto; su formato de reducidas dimensiones facilitaba, entre otras cosas, que los ejemplares permanecieran largo tiempo entre el material de lectura de cafeterías y otros locales públicos, rotando de mano en mano. Las páginas de la revista eran leídas a diario por mucha gente.

Distribuir 1750 ejemplares terminó por hacerse cuesta arriba, al menos para mí, teniendo en cuenta que llegaba a casa después de trabajar y debía realizar diferentes tareas, además de escribir mis propios textos. También preparaba las clases de los cursillos que impartía como profesor, además de cocinar y limpiar la casa, etc. Recuerdo perfectamente que en ocasiones me presentaba en los lugares de entrega con los ejemplares, y la persona a quien se los entregaba no sabía quién era yo, e incluso me confundían con un repartidor. Sin embargo, el interés mostrado por la revista era tal, que cuando comprobaba lo mucho que se alegraban al recibirla, haciéndome saber que llevaban tiempo esperándola, era razón de sobra para continuar invirtiendo mi tiempo y mi esfuerzo; especialmente en el hospital, recuerdo cómo tenía muy buena acogida, y el propio personal se encargaba de repartir los 350 ó 700 ejemplares que yo les entregaba, entre las consultas, etc. Para mucha gente, nuestra revista era un referente inequívoco y uno de los más importantes valores culturales de la ciudad. Con eso me conformaba, y por ello continué desempeñando mis labores durante todos aquellos años; seleccionando, maquetando y dando forma a las diferentes secciones de la revista, organizando recitales literarios en los que a veces resultaba muy difícil, por no decir imposible, reunir a cuatro colaboradores a la misma hora en un lugar concreto.

La portada de la revista corría a cargo de un pintor, y la contraportada estaba reservada para un fotógrafo, ambas a color. Jorge mantuvo un contacto directo con la mayoría de artistas de la capital alavesa, y él fue quien consiguió la gran mayoría de portadas y contraportadas, todas ellas muy interesantes y acertadas. La página número uno siempre estaba conformada por una ilustración artística en blanco y negro, relaccionada con el significado del logo de «La Botica, revista literaria», y los huecos sin texto que quedaban libres entre las páginas se rellenaban con un monográfico de imágenes de un artista, o un colectivo. Mi idea de que la revista abriese las puertas a escritores desconocidos fue siempre una máxima; «La Botica, revista literaria» jamás fue un gueto cerrado de ego henchido. Las secciones iniciales como «Alternativas Literarias» evolucionaron desde meros consejos y la didáctica para escritores noveles, hacia el ensayo y la crítica artística de autor, siempre orientados hacia un enfoque literario y creativo. Cualquiera que lo deseara tenía derecho a publicar y recitar en público. «La Botica, revista literaria» incluía todos los géneros literarios; jamás ha existido una publicación tan abierta y libre en Vitoria-Gasteiz, que diera oportunidades a gente tan diferente, más de trescientos creadores en total.

Me siento orgulloso de haber representado los intereses de un proyecto tan interesante, junto a mi compañero Jorge. Durante mis encuentros con los políticos y otros líderes institucionales, aproveché cada ocasión para resaltar el modo en que llevábamos a cabo la distribución de los ejemplares, aduciendo que había muchos lectores a los que no lográbamos llegar, y justificándolo mediante los tickets de entrega en los que registrábamos el número de ejemplares entregados (normalmente eran diez o veinte en cada local) y el sello y la firma del local donde se efectuaba la entrega. Cuando acudía a las reuniones con los representantes de las instituciones patrocinadoras, yo siempre les salía por donde no se esperaban: no nos daban dinero, no hasta que pasaron 9 años, pero aproveché cada uno de aquellos encuentros, incluso en los momentos de mayor crisis, para solicitar un aumento de la tirada. De 500 ejemplares iniciales pasamos a 1000, 1500, 3000, hasta los 3500. Algunos incrementos fueron logrados en el peor momento de la historia de «La Botica, revista literaria», precisamente cuando fuimos censurados y una tirada de 3000 ejemplares fue destruida íntegramente, en un momento en el que estuvimos a punto de desaparecer, tras más de dos años censurados sin poder publicar. Desarrollaré en mi siguiente post el tema de las censuras a las que fuimos sometidos, aunque afortunadamente superamos aquel bache, y lo hicimos de un modo magistral, aumentando la tirada hasta los 3500 ejemplares.

En la literatura, el objetivo primordial no debe ser figurar en prensa o en televisión, etc. No se trata de ser importante, o de que te reconozcan por la calle, de alguna manera. Lo importante y lo más difícil es conseguir lectores, y ahí radica el verdadero objetivo. Con «La Botica, revista literaria» llegamos a lograrlo; por eso fue un gran éxito, por eso y no por otra cosa.




Si deseas conocer los detalles y pormenores de la historia de «La Botica, revista literaria», número a número, pincha aquí.



Atentamente:
Rafael Moriel

domingo, 15 de septiembre de 2019

LA BOTICA, Revista Literaria-2 (Asociación Cultural)







Nota: el presente post es una continuación del post publicado anteriormente, que lleva por título «La Botica, Revista Literaria-1 (El Comienzo)».



Para la portada del primer número de «La Botica, revista literaria» tuvimos la suerte de contar con la colaboración del artista Simónides, que nos cedió un dibujo inspirado en un microcuento que yo había escrito y le regalé unos días antes. Llevaba por título «El Tornillo», y encabezó nuestro primer editorial, firmado por Jon Uriarte Gómez, que era un seudónimo de los que yo utilizaba por entonces. Simónides diseñó la primera portada, y a él le siguieron otros tantos artistas.

Necesitábamos ampliar la redacción y fichamos al poeta Javier Ortiz de Zárate, con lo que pasamos a ser tres responsables. Por otro lado, ciento veinticinco ejemplares eran muy pocos, y era preciso aumentar la tirada. Pedimos presupuestos en diferentes imprentas; el dueño de la imprenta Dádiva, poeta y editor de algunos números de su propia revista literaria, nos hizo la propuesta más económica e interesante de todas. Decidimos publicar 500 ejemplares al precio de 300 pts cada uno. La maquetación del número uno corrió a cargo de Arantza Íñiguez de Onsoño, que por aquel entonces solía ilustrar algunos de mis relatos cortos.

Alquilamos un apartado de correos. Recibimos muchas colaboraciones literarias. Por las tardes nos reuníamos en casa de Javier Ortiz de Zárate, para seleccionar a los veinte afortunados que llenarían las 64 páginas de la revista. Cada uno de nosotros leía los originales en su casa, y después se los pasaba al siguiente; al terminar la ronda nos citábamos para llevar a cabo la selección de los textos, que era una total democracia; debatíamos y repetíamos las votaciones si era preciso, aunque lo cierto es que todo el proceso nos ocupaba demasiado tiempo. Después de todo, aún debíamos buscar inspiración para escribir nuestros propios textos en el escaso tiempo que nos quedaba libre, además del trabajo con el que ganarnos la vida, y todo lo demás.

Acudimos a los periódicos, y todos ellos hicieron eco de la noticia. Recuerdo que una periodista se puso en contacto conmigo, a nivel particular; yo estaba aparcando mi coche cuando sonó el móvil, y me entrevistó de una forma algo apresurada, sin que me diera tiempo a quitarme el cinturón de seguridad. Respondí a una serie de preguntas que iban sucediéndose, una tras otra, sin apenas pausa. Ése fue mi primer contacto con la prensa, a título personal; pocos días después ojeando el periódico, pude ver mi rostro junto al encabezado de la portada del diario, con el siguiente titular: «Publicar un Libro es Casi Imposible, Rafael Moriel». Aquello me provocó sentimientos encontrados que me hicieron reflexionar. Habíamos visitado los tres juntos las redacciones de los periódicos, donde nos habían hecho incluso una serie de fotografías, y posteriormente me habían telefoneado desde uno de aquellos diarios, a título particular. Aparecer en la portada de un periódico, en solitario, no era mi objetivo, y mucho menos acaparar toda la atención, en una entrevista tan personalizada. El objetivo no debía ser otro que promocionar nuestra revista literaria. Por ello, reuní a mis compañeros para explicarles que los derroteros por los que había acontecido la noticia distaban algo del objetivo, y me disculpé con ellos en cierto modo, asegurándoles que nunca más dejaría que ocurriese algo parecido. Y así fue: lo importante era el proyecto, «La Botica, revista literaria».

El número uno se distribuyó y vendió con gran éxito en el Café Arte de Vitoria, además de varias librerías y bares, etc., algunos de los cuales aportaron dinero a cambio de un pequeño espacio de publicidad en la contraportada. Finalmente, el número uno superó el éxito de su predecesor, y nos habíamos estrenado en presentaciones de prensa y radio, entretanto íbamos creando un entramado de distribución que incluía librerías y locales comerciales, cafés y bares artísticos, etc.

Poco tiempo después Arantza decidió dejar la maquetación para dedicarse a sus propios asuntos, y yo tomé las riendas de la parte técnica, estrenándome con la maquetación del número dos. A decir verdad estaba pésimamente maquetado, y la imprenta nos lo hizo saber, pero continuamos adelante a pesar de todo; tan sólo con el paso del tiempo aprendí a maquetar correctamente, e incluso llegué a trabajar durante algunos años como redactor técnico, en una empresa multinacional.

Tras cinco meses desde la edición del número uno, publicamos el número dos. En ambos casos logramos vender suficientes ejemplares como para obtener un margen de beneficio con el que pagar a la imprenta, más un veinte por ciento de ganancia sobre el precio de venta al público, para el beneficio de los comerciantes. Distribuíamos los ejemplares por los diferentes locales comerciales y transcurrido un tiempo, regresábamos a recoger los sobrantes y saldar cuentas. A decir verdad, todo el proceso era complejo y hacía falta mucho tiempo y paciencia; de veras que suponía un esfuerzo titánico, y me sentía obligado a tomar una consumición en cada uno de los bares que visitaba, lo cual incrementaba el tiempo invertido.

Al término de un recital literario en el que llevamos a cabo la presentación del número dos de «La Botica, revista literaria» en el Café Arte de Michel Martínez Vela, me di cuenta de que Javier había cambiado de actitud. Esa misma tarde le había llevado una caja de ejemplares para que los repartiera, y me percaté de que se la dejaba olvidada en el interior del bar. Entonces me acerqué a él y le pregunté qué le ocurría; él no podía ocultar que algo le preocupaba, y terminó reconociendo que no había sido capaz de integrarse en nuestro equipo y que, entre Jorge y yo había muy buena conexión y él no se sentía capaz de luchar con fuerzas para estar a nuestra altura.

Hablé con Jorge y decidimos regresar a los inicios, cuando sólo éramos dos responsables; al fin y al cabo, Javier tenía razón: Jorge y yo hacíamos muy buen equipo, y además de grandes amigos, éramos perfectamente capaces de hacerlo todo por nuestra cuenta. Javier no pudo encontrar su hueco y no se sentía con ánimo de intentarlo, dando por finalizada su aportación como responsable de la revista.

Mi compañero Jorge Girbau Bustos frecuentaba asiduamente las reuniones y presentaciones de otros artistas, y pasó a ejercer como relaciones públicas de la revista, además de otras labores de redacción y selección de textos. Yo desempeñaba mayormente labores técnicas de maquetación, redacción, edición y diseño de carteles, web, etc., con lo cual fuimos encontrando nuestro sitio, sin apenas darnos cuenta.

Lo que vino poco después no podría ser mejor. «La Botica» funcionaba como proyecto. Comenzamos a ser muy populares en Vitoria-Gasteiz, y constantemente nos hacían propuestas de recitales literarios o participaciones en eventos, donde los colaboradores de la revista recitaban sus textos. «Creció como la espuma», para nuestro asombro; el proyecto tenía muy buena energía, y había muchos escritores y artistas dispuestos a colaborar. Sin embargo, había algunos problemas incómodos que debíamos resolver: al recoger los ejemplares sobrantes de los locales de distribución, algunos comerciantes aducían extravío de los sobrantes, y comenzaba a haber problemas para cobrar el dinero. La realidad siempre ha superado a la ficción, y hubo algún caso que nos sorprendió de modo ingrato.

A pesar del éxito, era un buen momento de reflexionar: el número dos de la revista había obtenido peores ventas, y tras analizar el por qué, caímos en la cuenta de que había diversos factores, como el mes elegido para llevar a cabo la presentación de la revista a la prensa y radio, etc., que habían influido en su difusión, puesto que algunos festivales y eventos locales habían eclipsado la noticia.

Comenzamos a mirar hacia las instituciones públicas. La solución pasaba por registrarnos como asociación, lo cual presentaba ciertas ventajas, además de librarnos del incómodo trato con los comerciantes. La primera subvención que nos concedieron fue ridícula; «se dice el pecado y no el pecador», pero nos subvencionaron con la cifra de ciento veinte euros, que apenas alcanzaban a costear el apartado de correos, y poco más. A pesar de ello y dando un giro inteligente, solicitamos la impresión gratuita de los ejemplares en lugar del dinero. Si hay algo que dominábamos era la tenacidad, y aquello fue una jugada maestra.




Si deseas conocer los detalles y pormenores de «La Botica, revista literaria», número a número, pincha aquí.



Atentamente:
Rafael Moriel

domingo, 1 de septiembre de 2019

LA BOTICA, Revista Literaria-1 (El Comienzo)







Corría el tórrido mes de agosto de 2000 cuando, paseando junto a mi amigo Jorge Girbau Bustos, decidimos iniciar un proyecto literario que se convertiría en el más interesante y exitoso de la ciudad de Vitoria-Gasteiz durante los doce años siguientes.

Los orígenes de «La Botica, revista literaria» se remontan hasta el grupo de creación Entrecomillas, al que pertenecí desde sus inicios y hasta su disolución, y que fue liderado por mi gran amigo y escritor Juan Navidad, que en un momento dado decidió marcharse a vivir a otra ciudad.

Disuelto Entrecomillas, sus diferentes vertientes quedaron sin liderazgo. Algunos miembros del grupo me sugirieron que tomara el relevo, pero hacía tiempo que tenía en mente editar una revista literaria como proyecto exclusivo, y no veía posible llevarlo a cabo junto a ellos, pues a mi juicio no tenían las ideas claras.

Por aquella época, Jorge Girbau Bustos y yo nos entregábamos a largos paseos en los que charlábamos. El mes de agosto estaba siendo algo aburrido y ambos necesitábamos algo de acción. Tras hacerle partícipe de mi proyecto, decidió sumarse con los ojos cerrados; él había pertenecido al grupo de teatro y representaciones en el seno de Entrecomillas, pero era un autor literario que escribía mucha poesía, y parecía dispuesto a aventurarse con todas las consecuencias. Sin su colaboración hubiera sido imposible llevar a cabo aquel proyecto; a decir verdad, nada de lo que ocurrió posteriormente hubiera sido posible sin nuestros talentos y esfuerzos sumados en un objetivo común. Jorge y yo éramos grandes amigos, y continuamos siéndolo durante muchos años después, liderando y conformando la popular revista literaria alavesa «La Botica», algunos de cuyos detalles iré desglosando y analizando en los próximos posts de este blog.

Nuestro primer paso fue reunir colaboraciones literarias de algunas de las «plumas» más populares de la capital alavesa. En el café Carusso de Vitoria sentamos las bases del proyecto. Yo provenía del grupo de publicaciones en el seno de Entrecomillas, donde ya habíamos editado un número de la revista literaria «Rabia», que tuvo una pésima distribución al coincidir con la marcha de Juan Navidad y la posterior crisis surgida en Entrecomillas. Personalmente, la literatura y las actividades literarias nunca han tenido mucho sentido para mí sin la existencia de las publicaciones, y tenía muy claro, a grandes rasgos, cómo quería editar «La Botica, revista literaria». Estaba tan convencido de su formato como del enfoque abierto a todos los géneros literarios, al contrario que otras revistas literarias a las que nos tenían acostumbrados, orientadas principalmente a un grupo minoritario de autores que frecuentaban la poesía y que, a mi juicio, tan sólo llegaban a una pequeña parte del público amante de la LITERATURA. Tenía claro que jamás lideraría un proyecto ingenuo y minoritario, y mi mayor logro consistió en haberlo hecho posible durante los años que codirigí la revista y presidí la asociación que Jorge Girbau Bustos y yo crearíamos posteriormente.



La revista debía tener un nombre, y a mí se me ocurrió «La Farmacia», entretanto adquiría medicamentos en una farmacia de guardia. Más tarde y por sugerencia del poeta Mariaño Íñigo (DEP), el nombre derivó en «La Botica, revista literaria», que posteriormente acabó representando un pequeño logotipo de una bota graciosa en lugar de un almacén de medicamentos.

Editamos ciento veinticinco ejemplares iniciales. Yo mismo los imprimí y los preparé en mi casa, con una encuadernadora que utilizaba para enviar manuscritos a las editoriales. Gracias a la inestimable ayuda de Michel Martínez Vela, que por aquel entonces regentaba el mítico y popular Café Arte de la capital alavesa, situado en la calle Siervas de Jesús, la tirada se agotó rápidamente y pudimos comprobar que nuestro proyecto literario tenía un futuro muy prometedor. También colaboró el poeta y fotógrafo Javier Sánchez, sin cuya ayuda no hubiésemos podido editar la portada de la revista. Vendimos todos los ejemplares a un precio de ciento cincuenta pesetas y los lectores ya aguardaban la publicación del siguiente número, que al menos durante el año siguiente tuvo una periodicidad trimestral.

«La Botica» fue el proyecto que deseaba llevar a cabo. Llegamos a imprimir tiradas de tres mil quinientos ejemplares por número publicado. Diecinueve años después, estoy convencido de que tuve una gran visión: editar una revista literaria abierta a todos los géneros literarios, permitiendo publicar textos a aquellos escritores que, manteniendo una producción literaria constante, no tenían opciones de publicar. Me siento muy orgulloso de haber sido capaz de llevarlo a cabo durante doce años.

Junto a mi compañero Jorge y con nuestra asociación cultural, logramos promocionar algunos trabajos de más de trescientos escritores, colaborando con artistas plásticos, fotógrafos y otros creadores gráficos, a lo largo de dieciocho números editados y dos libros de autores compartidos. El éxito del proyecto radica en la suma de esfuerzos y talentos, y a pesar de todo el trabajo y el tiempo invertidos, mereció la pena sin duda alguna.




Si deseas conocer los detalles y pormenores de «La Botica, revista literaria», número a número, pincha aquí.



Atentamente:
Rafael Moriel

sábado, 1 de junio de 2019

Mis Ángeles Favoritos





A veces recuerdo cómo era mi vida cuando era un niño y brillaba mi estrella, tan llena de vida como exenta de experiencia. Por aquel entonces «los mayores» me nutrían a través de su cariño y su energía, de manera incondicional. Pero los años van pasando y todos se van marchando poco a poco, aunque su recuerdo permanezca imborrable.

Los ángeles no vuelan, ni tienen alas. A menudo son personas de carne y hueso, que nos acompañan y con quienes compartimos nuestro día a día; otras veces conforman recuerdos o energías provenientes de seres a quienes recordamos con dicha, en un intento de hacer nuestras vidas algo más soportables. Dicho sentimiento funciona de un modo similar a la fe religiosa, mitigando nuestro desamparo e incomprensión ante la realidad que nos rodea.

Siempre hubo alguien que hizo algo por nosotros; aunque es muy posible que sólo con el transcurso del tiempo adquiera relevancia: asistirnos, orientarnos, o simplemente actuar desde el anonimato, aliviándonos, e incluso salvando nuestra vida: compañeros, amigos, familiares...

Mi padre regentaba un negocio de hostelería en un local céntrico, por lo que llegué a conocer a mucha gente curiosa y diferente. En ocasiones cierro los ojos e intento recordar todos aquellos rostros con nombre propio, y es entonces cuando me vienen a la mente recuerdos muy entrañables. Los ángeles no tienen por qué pertenecer a otros mundos diferentes; se mueven entre nosotros, aunque no logremos reconocerlos, cegados por la vorágine y la rutina del día a día.

Cuando era joven a menudo necesité la comprensión ajena, especialmente si me sentía triste y preocupado. Era una especia de anhelo o una recreación mental, que me hizo sentirme muy solo durante mi adolescencia y juventud. Actualmente soy bastante más fuerte, y mucho más consciente. Sin lugar a dudas mi ángel favorito es mi madre, a quien recuerdo a diario y con quien me comunico, a pesar de que falleciera. Hay muchas personas a quienes recuerdo con cariño. Por citar a alguien mencionaré a mi tío, Antonio Ruiz de Arechavaleta, que siempre fue muy creativo y emprendedor. El paso del tiempo me ha demostrado algunos hermosos detalles que tuvo conmigo:

Era un adolescente cuando llevé a casa a mis dos primeras mascotas (un gato negro y una perrita mestiza que escondía en el camarote, ambos abandonados). Mis padres se negaron a adoptarlos, y no sabía qué hacer. Ante su negativa y con un futuro incierto para aquellos animales, mi tío se hizo cargo de ellos en un principio, buscándoles un hogar definitivo posteriormente.

Antonio Ruiz de Arechavaleta (D.E.P.),
Pasé mucho tiempo acompañándole, entretanto construía una casa en un pueblo próximo a Vitoria. Recuerdo su Seat 850, de color azul. A decir verdad, cuando era pequeño sólo quería estar con mis padres, que trabajaban todo el día y no podían atenderme. A causa de ello pasé mucho tiempo sintiéndome solo. Durante mis estancias en el pueblo llegué a ser travieso y algo gamberro, pero mi tío siempre miró hacia otro lado. Años después acudió a verme recitar mis textos literarios, cuando actué con gran éxito en la Sala Vital de Vitoria; él estaba muy enfermo, pero se presentó repeinado y elegantemente vestido, en su silla de ruedas. Es muy posible que les deba mucho, a él y a mi tía también.

Recuerdo una tarde en la que yo me sentía triste, entretanto conducíamos a través del puerto de montaña de Zaldiaran. En mi casa había problemas y yo permanecía cabizbajo y callado, en el asiento del copiloto. Mi tío no dejó de hablar durante todo el trayecto, contándome que en un futuro próximo todos aquellos parajes estarían ocupados por merenderos, señalándome algunos lugares concretos. El viaje fue más sencillo y ahora entiendo que aunque me engañaba, logró entretenerme para hacerme olvidar.


Los ángeles existen si adquieren sentido

¿Seré yo el ángel de alguien? ¿Lo serás tú? Los ángeles nos rodean... aún estamos vivos.




Atentamente:
Rafael Moriel

domingo, 5 de mayo de 2019

El Sentido del Amor





Comenzaré separando el amor del sexo, porque aunque pueden llegar a confundirse, realmente no tienen demasiado en común. Una vez dicho esto, conviene tener presente que el amor romántico es un invento relativamente reciente en nuestra historia sobre la Tierra, fomentado y ensalzado por los trovadores y el sentimiento poético en general; eso, por no decir que el ser humano como especie, al contrario que sucede con la mayoría de las aves, no es monógamo por naturaleza. Ciencia pura.

No creo que sea fácil hablar del amor, y mucho menos profundizar en él. A menudo escuchamos referencias en las canciones, lo leemos en los libros, lo vemos en las películas y series o, mejor aún, lo sentimos en nuestras propias carnes. Todos sabemos perfectamente de lo que estamos hablando; pero a pesar de ello hay quienes aseguran que tan sólo se trata de un «enganche» emocional. A día de hoy y por suerte para todos nosotros, su verdadero sentido y significado continúan siendo un misterio, magnificándolo y dejando una puerta abierta a la interpretación.

En lo relativo a mis relaciones de pareja, siempre he creído que me gustaban las chicas que normalmente se fijaban en otro tipo de chicos, socialmente más populares y atractivos. Fui un joven demasiado introvertido y aunque en ocasiones ardía por dentro, me mantuve alejado y refugiado en mi mente y en mi mundo interior, repletos de música y literatura. No tuve demasiada suerte con mis primeras parejas sentimentales, frecuentando algunas relaciones patológicas que me trajeron problemas y mucho desasosiego. Desperdicié diez años de mi vida sin desconectar de un amor romántico, con alguien que no lo merecía en absoluto. Pero aprendí la lección, de veras que lo hice.

Independientemente de lo que os acabo de contar y por muy triste que parezca, el amor y la muerte están conectados intrínsecamente. Dejando a un lado el deseo, la sangre y las hormonas más propias del sexo, el amor no existiría en la inmortalidad. Ante tal afirmación, cabe hacerse la siguiente pregunta: ¿es entonces el sentimiento amoroso producto de una fecha de caducidad? La realidad demuestra que el desamor puede llegar a ser más fuerte e intenso que el amor; en un momento dado, tan sólo una delgada línea los separa. Por otro lado, el sentimiento romántico está a menudo muy estrechamente relacionado con el pasado; cuando los amantes, los padres y ancestros comienzan a formar parte de lo onírico, mezclándose entre el silencio y la memoria.

El amor se hace más evidente con la muerte; pero ambos forman parte del devenir. Si fuésemos inmortales no amaríamos a nadie, no podríamos hacerlo, porque el amor y todo el romanticismo convergen en ella; sin la muerte, sin el envejecimiento, sin la dependencia o el intercambio y el beneficio, sin nada de esto sería posible.

Decía Bukowski que el amor es envejecer juntos. Yo añadiría, «respetándose». ¿Acaso estaba equivocado el prolífico escritor? ¿Es que no os parece suficientemente hermoso? O quizá su máxima expresión sea el amor de los padres hacia sus hijos, y en particular el amor de madre, que sirve y protege a inocentes. Dos grandes logros, sin duda alguna.

Llegados a este punto, yo prefiero el amor de adulto.

¡A la porra el amor romántico! ¿A la porra, de veras? O acaso tan sólo se trate de una ilusión... como dice la canción.




Atentamente:
Rafael Moriel