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viernes, 17 de diciembre de 2021

«Tintes de Tristeza y el kit de 30€», un relato de Rafael Moriel



Accidente en la fábrica de chorizos,
un libro de Rafael Moriel

Tintes de Tristeza y el kit de 30€

Fue a raíz de que se preguntara el porqué de su hábito circunspecto, cuando cayó en la cuenta de que la tristeza le era intrínseca. Ella conformaba su episodio más repetido e inmediato y él la reprimía, aparentando mostrar una imagen que ocultara su natural desconsuelo. Ésa parecía ser la clave de su compostura.

Frente a aquella revelación y por un instante, Louis deseó olvidarse de sí mismo y tras cerrar los ojos se imaginó renaciendo bajo la piel de otro hombre, como si acaso la vida le brindara una segunda oportunidad. Sus ojos parpadearon y entonces pudo verse bajo la apariencia de Dave, un amigo con el que esa misma tarde había tomado café. Louis se recreó en la sonrisa de su amigo, bajo unas anchas y pobladas cejas negras. Su nuevo aspecto lucía informal, con el cabello engominado, alegre e idealista. Incluso caminaba más erguido, ataviado en unos tejanos desgastados.

Así ocurrió durante unos minutos, donde todo a su alrededor parecía tener otro aspecto. Sin embargo, la tristeza continuaba ahí, bajo el hueso del cráneo. Louis era un poeta de mediana producción que daba tumbos por el mundillo literario, soñando figurar entre sus páginas. Pero no vivía de la poesía. Sobrevivía gracias al trabajo como operario en una cadena de producción donde su afición literaria era desconocida.

Aquel día cubrió el turno de mañana y tras comer se citó con Dave, en vista de que no era un buen día para los poemas. Tomaron café y se despidieron a eso de las cinco, tras lo cual montó en su coche y condujo hasta unos grandes almacenes, sin saber muy bien por qué.

Louis paseó por los pasillos del hipermercado, mirando los productos sobre las estanterías. Todo aquello estaba repleto de cosas: botellas de diferentes tamaños conteniendo productos diversos, galletas con multitud de sabores, chocolates de varios países con fresas y otras frutas, cajas de leche, bicicletas, ruedas de coche, libros y revistas, videojuegos, bombillas, lámparas, latas de cerveza, frutas y verduras, yogures, pizzas y quesos… Nada parecía interesarle, hasta que las vio. Aquellas mesas amontonadas en la sección de bricolaje llamaron su atención: mesas baratas donde leer el periódico o escribir una carta… Tras charlar con una dependienta del hipermercado, no se lo pensó dos veces. Cargó el paquete en el carro, se dirigió hasta la zona de cajas, pagó con su tarjeta de crédito y lo tumbó en el maletero del coche, tras lo cual condujo varios kilómetros por los pueblos de alrededor sin saber muy bien por qué, acaso como cuando había entrado en el hipermercado.

Una vez en casa, encendió un cigarrillo y se arrojó sobre el sofá, cambiando una y otra vez los canales del televisor. Al rato bajó al coche y cargó con la caja que contenía la mesa. La subió a casa y buscó un metro, comprobando las dimensiones de los espacios libres, hasta buscarle un rinconcito en el estudio. Decidido, conformó la mesa con los tornillos y las herramientas que incorporaba; recogió los plásticos y los cartones de embalaje, barrió el suelo y suspiró al comprobar lo bien que lucía aquella mesa. Aquel rincón había reclamado una mesa así durante años y Louis no se había dado ni cuenta; muchas desgracias humanas eran la misma cosa o algo parecido.

El estudio de Louis albergaba otra mesa de madera. Sin embargo, ésta le parecía especial: se trataba de una mesa de kit, un chollo por 30 €. Le hubiese gustado estrenarla escribiendo un poema. Era esa misma frustración de quien aguarda las vacaciones para llevar a cabo algo que ansía, y llega el momento y enferma o se deprime, o simplemente no empieza por el principio. Y allí estaba Louis, con tiempo para los poemas y privado de inspiración, deseando escribir lo primero que se le ocurriera e incapaz de comenzar.

A lo mejor me vendría bien un whisky, pensó. La luz del flexo y el whisky con los hielos, eso crea ambiente. Retomó la contemplación de su escritorio, preguntándose cuántas mesas podría haber comprado con todo el dinero que a lo largo de su vida se había gastado en whisky. Por un instante no supo a ciencia cierta a qué venía aquello. ¿Por qué bebía Louis? ¿Por qué la gente se esforzaba tanto y el mundo evolucionaba tan poco? Descorrió la cortina de la ventana y todas aquellas mesas de 30 € se le representaron en el aparcamiento de enfrente. Lo mejor sería regalarlas, pensó. La gente tendría una mesa sobre la que escribir su poema. Todo el mundo debería hacerlo.

Un pitido del teléfono móvil lo devolvió al mundo real: bip, bip... Las mesas desaparecieron. Sólo había coches: rojos, verdes, coches metalizados grandes y pequeños, de dos y cuatro puertas. La gente bebía en ocasiones, la gente pagaba un coche de vez en cuando; otras veces la gente no sabía qué hacer.

Louis corrió la cortina y se rascó la cabeza. Se dirigió hacia el tocadiscos, sobre el que descansaban un paquete de Lucky Strike y un encendedor azul. Contó los cigarrillos y extrajo uno. ¡Cuántas cosas se podían hacer sobre aquella mesa! Una mosca gorda se posó sobre el flexo. Se miraron. Louis tenía poco que ofrecer con su aspecto tan serio. La tristeza daba mucho de sí, pero la mosca era inquieta y no le dio una oportunidad. Despegó emitiendo un zumbido, entretanto Louis la observó marchar. No estaba mal eso de volar, pero sabía que él no lo lograría. Entonces se sentó frente a su escritorio: treinta euros, brillante, con olorcito a madera. Encendió el cigarrillo y chupó una calada. La luz del flexo hacía guiños a intervalos y el humo parecía azulado. Afuera, la gente caminaba en busca de cosas.

Alargó su brazo para coger el mando a distancia y encendió el televisor. Su tristeza arraigada lo acarició entonces. Louis se dejó querer. Lo cierto es que había algunas cosas que no lograba entender: ¿por qué el público de los programas que emitían por televisión aplaudía de aquel modo tan absurdo en los intermedios de publicidad? ¿Por qué los presentadores decían tantas tonterías, mintiendo y gesticulando como energúmenos? Ni siquiera entendía por qué había comprado aquella mesa de kit por 30 €. Todo eran dudas… Y entonces recordó a la muchacha que le había atendido en el hipermercado; sin duda alguna era lo mejor que le había ocurrido en todo el día:

Louis caminaba por entre los pasillos con su carro vacío, buscando algo para llenarlo. Se detuvo frente a todas aquellas mesas de kit, cuando ella se acercó y tras dirigirse a él, charlaron amablemente y le desembaló la mesa, mostrándole las piezas y el cajoncito que incorporaba. La muchacha se movía con gracia y se pilló un dedo que luego se chupaba, ligeramente refunfuñando. «Si no te gusta, guardas el ticket y te devolvemos el dinero», le dijo. ¡Era tan esperanzador encontrar algo humano entre tanta gente! Todo el mundo debería casarse con las dependientas de los hipermercados. Los presidentes deberían haber trabajado como cajeros; si acaso hubieran fregado portales estarían más cerca de la realidad. El mundo entero lo agradecería.

La mesa era simple. Acercó una silla, tomó un bolígrafo y un folio y escribió su poema de un tirón.

Solo

Azul
rojo y negro
Jazz.

Hay un par de cuadros colgados por ahí.
En uno puede verse a un guardia borroso
entretanto una pareja se abraza.
Todas mis cosas están aquí. Hay bolígrafos, discos y cables.
Así es mi habitación.
Nadie puede verla ahora.


Louis pensó que aquel poema era uno de los peores que había escrito jamás. Lamentable y autocompasivo. La mosca se posó sobre el flexo. Era horrible. Tenía trozos azules. Se miraron cara a cara hasta que retomó el vuelo. Louis decidió darle otra oportunidad; cualquiera la merece, pensó. Rompió su poema y lo arrojó a la papelera. Apagó el televisor, se levantó de la silla y entreabrió la ventana para dejar que el insecto escapara. Había algunas luces encendidas en el bloque de enfrente. Entonces imaginó a una vecina cualquiera en su cocina, preparando la cena, quizá cubierta por una ligera bata y unos pechos enormes envueltos en un sujetador blanco liso. Louis olisqueó con los ojos cerrados todos los pechos y los geles y los suavizantes de sus vecinas. Olían bien. Dejó la ventana y se sentó frente a su nueva mesa de escritorio, que había comprado sin saber muy bien por qué.

Jugueteó con el bolígrafo. Era anaranjado y transparente, de propaganda. El bolígrafo le pareció odioso, pues aún no era capaz de escribir directamente con el ordenador y le ponía nervioso apretar las teclas con apenas dos dedos y su sombra proyectándose sobre el teclado. Retomó los cigarrillos: quedaban tres. Extrajo uno y ya sólo quedaban dos. Mañana dejaré de fumar, pensó. Cogió la prensa. «Todo el mundo debería tener una mesa así», pensó. Abrió el periódico y pasó una tras otra, sus páginas. «ADIÓS AL GORILA ARTISTA», figuraba de cabecera en la última página del diario. Michael, «el gorila artista», había fallecido a los veintisiete años, de un fallo cardíaco. Michael se comunicaba con los humanos a través del lenguaje de los signos. Entendía palabras en inglés y prestaba atención a las interpretaciones musicales y a las obras de arte. Michael, el primate que coloreaba lienzos, había muerto ayer.

Louis detuvo su mirada en la fotografía de Michael pintando una acuarela. La imagen del gorila le transmitió una cierta melancolía; su misma tristeza arraigada, fluía con la lentitud de un pedo sin ruido a través de la última de las páginas de aquel diario, con la foto del gorila pintor. La tristeza se encontraba presente en cada uno de los pliegues que conformaban las carnes arrugadas de aquel animal. Sintió compasión de la bestia, al advertir la forma de su cráneo. Era ridículo. Deforme, como un balón de rugby. Se le ocurrió entonces que si todo el mundo pintara cuadros y prestara atención a las interpretaciones musicales y a las obras de arte, quizá si todo el mundo tuviese una mesa de kit de 30 € sobre la que escribir un poema, quizá él no fuera una persona tan seria y el público de los programas que emitían por televisión no aplaudiría todas aquellas mentiras y los presentadores no serían tan idiotas.

Dobló el periódico, depositándolo sobre la mesa. Era la hora de cenar. La horrible mosca con trozos azules había aprovechado su oportunidad. Louis cerró la ventana y apagó la luz.

Es una buena mesa, pensó. Sin duda alguna que prometía.


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«Accidente en la fábrica de chorizos», un libro de Rafael Moriel

«Tintes de tristeza y el kit de 30€» es un relato perteneciente al libro de relatos "Accidente en la Fábrica de Chorizos", escrito por Rafael Moriel y disponible en papel de tapa blanda y ebook.


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Accidente en la fábrica de chorizos,
un libro de Rafael Moriel

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Atentamente:
Rafael Moriel

domingo, 14 de noviembre de 2021

«Mi Bello Canario», un relato de Rafael Moriel



Accidente en la fábrica de chorizos,
un libro de Rafael Moriel

Mi bello canario

Fumaba en la terraza y ya era de noche. Había estado todo el día estudiando para los exámenes y me apeteció echar un cigarrillo al aire libre. Entonces y entre la oscuridad, un aleteo llamó mi atención. Se trataba de algo pequeño y rápido que revoloteaba, procedente de algunos pisos más arriba.

Quedé inmóvil al comprobar que se trataba de un pajarillo, de color blanco a primera vista. Su revoloteo cesó al posarse en el saliente de la terraza, más allá de la barandilla. Me moví tan lentamente como pude, acercándome. Me miraba. Entonces abrí mis manos, y lo atrapé. Esperaba que hubiese echado a volar, o al menos que se resistiera al atraparlo. Pero no fue así. Pude sentir su caliente cuerpecillo como algo sensible y delicado entre mis manos.

Entré en la cocina y me puse manos a la obra. No tenía jaula. Estuve discurriendo cómo improvisar algo, y allí estaba la cesta de las patatas, metálica y enrejada. Mantuve al pájaro atrapado con una mano y volqué la cesta con las patatas, propinándole un par de golpes para desprender la suciedad, depositándola invertida sobre el suelo: cuatro paredes y un techo, con barrotes y todo. Sin embargo, aquel pajarillo, un hermoso canario, elegante y alargado, era demasiado delgado en comparación con el espacio libre entre los barrotes.

Corrí hasta el salón. En el primer cajón del mueble chino siempre estuvo la caja de puros que mi tío Domingo, el marinero, nos trajo de uno de sus viajes. La abrí con una mano y volteé los puros, introduciendo al pajarillo. Regresé a la cocina y recubrí toda la cesta con papel de periódico agujereado. Me hice con un par de tapas de botes de conserva y las introduje, con agua y migas de pan, bajo la cesta empapelada. La jaula estaba lista y la cena servida. Sólo faltaba el canario.

Abrí la caja de los puros, introduciendo mi mano en ella. Ni se movió. Arrinconado, se había cagado y me observaba, con los ojos abiertos todo lo más que podía. Sentí compasión de él. Tapé con mi mano la boca de la caja, dejando entre mis dedos el espacio suficiente para observarlo con detalle. Los pájaros son muy rápidos y aunque buscara un hueco por el que escapar, no le daría esa oportunidad. Nos observamos largo rato. Su plumaje era de un hermoso amarillo claro, tornando grisáceo y blanquecino en los extremos de sus alas.

Lo atrapé sin que opusiera resistencia. Levanté la cesta y lo introduje por debajo de ésta, depositándolo sobre el suelo. Cené en la cocina, a su lado. No hizo el más mínimo ruido.

Fregué mi plato y cerré los libros. Acostumbraba a guardarlos uno o dos días antes del examen, y decidí no preocuparme más por los detalles de las lecciones. El trabajo ya estaba hecho y otro día de estudio sólo aumentaría mi inseguridad. Ahora tenía un pasatiempo para olvidar mis exámenes.

Me arrodillé y levanté suavemente la cesta. Permanecía inmóvil, mirándome. Introduje mi mano. Se dejó atrapar. Lo extraje con delicadeza, sintiendo los pálpitos de su corazón. Tenía los ojos enrojecidos y permanecía con su pico abierto, jadeando. Entonces me di cuenta de que la tinta de los papeles de periódico le irritaba. Parecía muy asustado y se había cagado varias veces.

Lo deposité en el suelo. La cocina no tenía demasiados escondrijos y dejarlo libre en aquellas condiciones no parecía arriesgado; estaba asustado y abatido y supuse que no volaría. Lo toqué con el dedo, empujándolo varias veces para comprobar su reacción. Ni se movió. Sólo jadeaba y observaba.

Arranqué todo el papel de la cesta, descartándola. Lo introduje en la caja de los puros. Unas cuantas cagadas más no importaban. Me fui a la cama.

Al día siguiente, a las diez de la mañana, ya tenía una jaula y dos cajas de alpiste. Cogí el taladro e instalé dos escarpias en la terraza. Colgué la jaula, con su canario dentro, y me pareció que se sentía alegre en su nuevo hogar. Saltaba de un palo a otro, se bajó a comer y a beber y di por seguro que a partir de entonces permanecería conmigo.

A eso del mediodía, sonó el timbre. Era un vecino que me preguntó sobre un pájaro que se le había escapado. Le dije que no sabía nada al respecto. Cerré la puerta y sonreí.

Mi examen no pudo ir mejor. De regreso a casa, lo primero que hice fue saludar a Pelucho. Mis regresos de las clases eran mucho más esperanzadores, con aquella mascota esperándome.

Cada mañana, antes de las clases, colgaba su jaula en la terraza. A mi regreso, en la tarde noche, la descolgaba y la metía en la cocina, junto al radiador. Entonces recogía su cabeza entre las plumas y dormía apoyado sobre una pata. Limpiaba su jaula a diario y rellenaba sus recipientes con agua y alpiste. Pero Pelucho no cantaba. Solía sacarlo de la jaula para jugar con él. Sin embargo, apenas se movía y no piaba; ni siquiera hacía intentos por retomar el vuelo. Al principio imaginé que era debido a su nueva situación, pero con el paso del tiempo terminé por asimilarlo.

A mediados del otoño observé que Pelucho se deterioraba. Poco tenía que ver con aquel hermoso ejemplar que una noche de verano volara hasta mi terraza. Sus plumas estaban desordenadas y sucias y su cola recortada. Se había quedado completamente calvo y el veterinario me recetó unas gotas que mezclaba con el agua. Me dijo que debía alejarlo del radiador, y que no cantaba porque era hembra. Pelucho no cantaría jamás, y ni siquiera su nombre parecía apropiado.

A pesar de mis cuidados y de toda la atención prestada, Pelucha continuaba perdiendo plumaje. Pronto se transformó en un minúsculo pedazo de carne pálida con multitud de puntos negros y dos ojos enormes. Su vientre se hinchó y un prominente edema deformó su aparato genital, transformándolo en un anillo enrojecido y sanguinolento.

No sabía muy bien qué hacer con ella. Me había decepcionado, sin duda, y yo a ella. Supuse que moriría pronto, ya que parecía muy enferma, y comencé a descuidarla. Debía quedarle poco tiempo, y aunque no quería contagiarme de su infección, continué alimentándola con el alpiste y la lechuga, mezclando las gotas que me recetó el veterinario con el agua… hasta que dejé de hacerlo.

Transcurrieron varias semanas y mi canario tenía peor aspecto. A pesar de todas aquellas enfermedades, una extraña fuerza la mantenía con vida. Parecía en las últimas, sólo era cuestión de tiempo.

Pelucha era muy sucia. Las hojas de lechuga que picoteaba se iban secando y mezclándose con las cáscaras del alpiste y las heces, que se le adherían en las uñas de las patas, conformando unas endurecidas costras que resonaban cuando saltaba de un palo a otro de la jaula. Un día me percaté de que le faltaba un dedo. Supuse que una de esas costras se le habría enredado entre los barrotes. Pero Pelucha no hablaba. Tampoco cantaba.

Comencé a olvidarme de rellenar sus recipientes de comida, quizá a propósito. Cada mañana le colgaba entre los barrotes un par de hojas de lechuga. Le gustaba la lechuga, y así no tenía que limpiar ni tocar los recipientes, ni siquiera la jaula. A pesar de que jamás hubiese cantado ni alzado el vuelo, a pesar de haberse transformado en un cuerpo infecto y agónico cuyo inminente desenlace ansiaba, la alimentaba cada día.

El nivel de los residuos crecía. Las cáscaras de alpiste, la lechuga y las heces conformaban una sólida estructura. Hacía meses que no metía la jaula en la cocina por las noches y sobrepasaba los dos kilos de peso. Pelucha había perdido todo su plumaje y sólo acercarme a su jaula me producía náuseas.

Me sentía decepcionado. Había hecho de mi ilusión un fracaso, y no contenta con ello había transformado mi terraza en un basurero. El nivel de estiércol alcanzaba la mitad de la jaula, pero ella continuaba en su afán por ensuciar, con tal de fastidiarme. Estaba pelada y esquelética, con la totalidad de su piel recubierta por puntos negros apostillados, con el vientre inflamado y brillante, las uñas de sus patas retorcidas y cubiertas de heces endurecidas, a causa de las cuales había perdido varios dedos. Pero se negaba a sucumbir. Pelucha sólo pensaba en sí misma.

Una infección prosperó en sus ojos. Se le hincharon tanto, que parecían dos pelotas amoratadas. Más tarde, perdió la visión de un ojo como resultado de la misma. Su pupila era blanca y cuando se ponía de perfil, el del ojo ciego, me divertía moviendo mi mano, acercándola y alejándola con rapidez. ¡Ni se enteraba! Repetía lo mismo por su lado bueno y se recogía asustada. ¡Pelucha estaba viva! La despreciaba con todas mis fuerzas. Mi bello canario era un monstruo.

Una mañana dejé abierta la puerta de su jaula. Por la noche continuaba allí. Pelucha no parecía dispuesta a ponérmelo fácil. Pretendía martirizarme y haría lo que fuese con tal de lograrlo.

El volumen de estiércol aumentaba, a pesar de escaparse por la puerta de la jaula. Pero llegó un momento en el que hizo techo. Pelucha se buscó un rincón y desde entonces permaneció contra los barrotes, aplastada por sus propios residuos, en el frontal de la jaula. Ya no era más que un pellejo arrugado y retorcido, apenas reconocible, aunque su pico y el vientre por el que expulsaba las heces, todavía eran visibles entre los barrotes.

A menudo pensaba sobre aquel pájaro. Sabía que aquello no duraría mucho. En cualquier momento la encontraría rígida y todo terminaría. Esperaba aquel momento con impaciencia.

Transcurrían los días, las semanas y los meses... Pelucha seguía comiendo la lechuga que yo le colgaba. Deseaba su muerte. Sin embargo, cada mañana su corazón latía entre los barrotes. Me atormentaba la idea de que Pelucha pretendiera sobrevivirme.

Una fría mañana la encontré muerta. Su corazón, hinchado y amoratado, había dejado de latir.

Abrí una bolsa de basura e introduje la jaula con Pelucha en su interior. Pesaba varios kilos.

—Asunto concluido —suspiré.


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«Accidente en la fábrica de chorizos», un libro de Rafael Moriel

«Mi bello canario» es un relato perteneciente al libro de relatos "Accidente en la Fábrica de Chorizos", escrito por Rafael Moriel y disponible en papel de tapa blanda y ebook.


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Accidente en la fábrica de chorizos,
un libro de Rafael Moriel

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Atentamente:
Rafael Moriel

viernes, 24 de julio de 2015

«Accidente en la Fábrica de Chorizos»: Un Libro de Rafael Moriel


Accidente en la fábrica de chorizos,
un libro de Rafael Moriel

Ya está disponible el libro "Accidente en la fábrica de chorizos", en papel y versión ebook.


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Índice de Textos y Vídeos Promocionales

A través de los siguientes enlaces es posible leer y escuchar algunos textos contenidos en el libro «Accidente en la fábrica de chorizos»:

1-Vídeos promocionales
2-Tintes de tristeza y el kit de 30 €
3-Mi bello canario
4-El cuarto del abuelo


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1-Vídeos promocionales









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2-Tintes de tristeza y el kit de 30 €

Fue a raíz de que se preguntara el porqué de su hábito circunspecto, cuando cayó en la cuenta de que la tristeza le era intrínseca. Ella conformaba su episodio más repetido e inmediato y él la reprimía, aparentando mostrar una imagen que ocultara su natural desconsuelo. Ésa parecía ser la clave de su compostura.

Frente a aquella revelación y por un instante, Louis deseó olvidarse de sí mismo y tras cerrar los ojos se imaginó renaciendo bajo la piel de otro hombre, como si acaso la vida le brindara una segunda oportunidad. Sus ojos parpadearon y entonces pudo verse bajo la apariencia de Dave, un amigo con el que esa misma tarde había tomado café. Louis se recreó en la sonrisa de su amigo, bajo unas anchas y pobladas cejas negras. Su nuevo aspecto lucía informal, con el cabello engominado, alegre e idealista. Incluso caminaba más erguido, ataviado en unos tejanos desgastados.

Así ocurrió durante unos minutos, donde todo a su alrededor parecía tener otro aspecto. Sin embargo, la tristeza continuaba ahí, bajo el hueso del cráneo. Louis era un poeta de mediana producción que daba tumbos por el mundillo literario, soñando figurar entre sus páginas. Pero no vivía de la poesía. Sobrevivía gracias al trabajo como operario en una cadena de producción donde su afición literaria era desconocida.

Aquel día cubrió el turno de mañana y tras comer se citó con Dave, en vista de que no era un buen día para los poemas. Tomaron café y se despidieron a eso de las cinco, tras lo cual montó en su coche y condujo hasta unos grandes almacenes, sin saber muy bien por qué.

Louis paseó por los pasillos del hipermercado, mirando los productos sobre las estanterías. Todo aquello estaba repleto de cosas: botellas de diferentes tamaños conteniendo productos diversos, galletas con multitud de sabores, chocolates de varios países con fresas y otras frutas, cajas de leche, bicicletas, ruedas de coche, libros y revistas, videojuegos, bombillas, lámparas, latas de cerveza, frutas y verduras, yogures, pizzas y quesos… Nada parecía interesarle, hasta que las vio. Aquellas mesas amontonadas en la sección de bricolaje llamaron su atención: mesas baratas donde leer el periódico o escribir una carta… Tras charlar con una dependienta del hipermercado, no se lo pensó dos veces. Cargó el paquete en el carro, se dirigió hasta la zona de cajas, pagó con su tarjeta de crédito y lo tumbó en el maletero del coche, tras lo cual condujo varios kilómetros por los pueblos de alrededor sin saber muy bien por qué, acaso como cuando había entrado en el hipermercado.

Una vez en casa, encendió un cigarrillo y se arrojó sobre el sofá, cambiando una y otra vez los canales del televisor. Al rato bajó al coche y cargó con la caja que contenía la mesa. La subió a casa y buscó un metro, comprobando las dimensiones de los espacios libres, hasta buscarle un rinconcito en el estudio. Decidido, conformó la mesa con los tornillos y las herramientas que incorporaba; recogió los plásticos y los cartones de embalaje, barrió el suelo y suspiró al comprobar lo bien que lucía aquella mesa. Aquel rincón había reclamado una mesa así durante años y Louis no se había dado ni cuenta; muchas desgracias humanas eran la misma cosa o algo parecido.

El estudio de Louis albergaba otra mesa de madera. Sin embargo, ésta le parecía especial: se trataba de una mesa de kit, un chollo por 30 €. Le hubiese gustado estrenarla escribiendo un poema. Era esa misma frustración de quien aguarda las vacaciones para llevar a cabo algo que ansía, y llega el momento y enferma o se deprime, o simplemente no empieza por el principio. Y allí estaba Louis, con tiempo para los poemas y privado de inspiración, deseando escribir lo primero que se le ocurriera e incapaz de comenzar.

A lo mejor me vendría bien un whisky, pensó. La luz del flexo y el whisky con los hielos, eso crea ambiente. Retomó la contemplación de su escritorio, preguntándose cuántas mesas podría haber comprado con todo el dinero que a lo largo de su vida se había gastado en whisky. Por un instante no supo a ciencia cierta a qué venía aquello. ¿Por qué bebía Louis? ¿Por qué la gente se esforzaba tanto y el mundo evolucionaba tan poco? Descorrió la cortina de la ventana y todas aquellas mesas de 30 € se le representaron en el aparcamiento de enfrente. Lo mejor sería regalarlas, pensó. La gente tendría una mesa sobre la que escribir su poema. Todo el mundo debería hacerlo.

Un pitido del teléfono móvil lo devolvió al mundo real: bip, bip... Las mesas desaparecieron. Sólo había coches: rojos, verdes, coches metalizados grandes y pequeños, de dos y cuatro puertas. La gente bebía en ocasiones, la gente pagaba un coche de vez en cuando; otras veces la gente no sabía qué hacer.

Louis corrió la cortina y se rascó la cabeza. Se dirigió hacia el tocadiscos, sobre el que descansaban un paquete de Lucky Strike y un encendedor azul. Contó los cigarrillos y extrajo uno. ¡Cuántas cosas se podían hacer sobre aquella mesa! Una mosca gorda se posó sobre el flexo. Se miraron. Louis tenía poco que ofrecer con su aspecto tan serio. La tristeza daba mucho de sí, pero la mosca era inquieta y no le dio una oportunidad. Despegó emitiendo un zumbido, entretanto Louis la observó marchar. No estaba mal eso de volar, pero sabía que él no lo lograría. Entonces se sentó frente a su escritorio: treinta euros, brillante, con olorcito a madera. Encendió el cigarrillo y chupó una calada. La luz del flexo hacía guiños a intervalos y el humo parecía azulado. Afuera, la gente caminaba en busca de cosas.

Alargó su brazo para coger el mando a distancia y encendió el televisor. Su tristeza arraigada lo acarició entonces. Louis se dejó querer. Lo cierto es que había algunas cosas que no lograba entender: ¿por qué el público de los programas que emitían por televisión aplaudía de aquel modo tan absurdo en los intermedios de publicidad? ¿Por qué los presentadores decían tantas tonterías, mintiendo y gesticulando como energúmenos? Ni siquiera entendía por qué había comprado aquella mesa de kit por 30 €. Todo eran dudas… Y entonces recordó a la muchacha que le había atendido en el hipermercado; sin duda alguna era lo mejor que le había ocurrido en todo el día:

Louis caminaba por entre los pasillos con su carro vacío, buscando algo para llenarlo. Se detuvo frente a todas aquellas mesas de kit, cuando ella se acercó y tras dirigirse a él, charlaron amablemente y le desembaló la mesa, mostrándole las piezas y el cajoncito que incorporaba. La muchacha se movía con gracia y se pilló un dedo que luego se chupaba, ligeramente refunfuñando. «Si no te gusta, guardas el ticket y te devolvemos el dinero», le dijo. ¡Era tan esperanzador encontrar algo humano entre tanta gente! Todo el mundo debería casarse con las dependientas de los hipermercados. Los presidentes deberían haber trabajado como cajeros; si acaso hubieran fregado portales estarían más cerca de la realidad. El mundo entero lo agradecería.

La mesa era simple. Acercó una silla, tomó un bolígrafo y un folio y escribió su poema de un tirón.

Solo

Azul
rojo y negro
Jazz.

Hay un par de cuadros colgados por ahí.
En uno puede verse a un guardia borroso
entretanto una pareja se abraza.
Todas mis cosas están aquí. Hay bolígrafos, discos y cables.
Así es mi habitación.
Nadie puede verla ahora.


Louis pensó que aquel poema era uno de los peores que había escrito jamás. Lamentable y autocompasivo. La mosca se posó sobre el flexo. Era horrible. Tenía trozos azules. Se miraron cara a cara hasta que retomó el vuelo. Louis decidió darle otra oportunidad; cualquiera la merece, pensó. Rompió su poema y lo arrojó a la papelera. Apagó el televisor, se levantó de la silla y entreabrió la ventana para dejar que el insecto escapara. Había algunas luces encendidas en el bloque de enfrente. Entonces imaginó a una vecina cualquiera en su cocina, preparando la cena, quizá cubierta por una ligera bata y unos pechos enormes envueltos en un sujetador blanco liso. Louis olisqueó con los ojos cerrados todos los pechos y los geles y los suavizantes de sus vecinas. Olían bien. Dejó la ventana y se sentó frente a su nueva mesa de escritorio, que había comprado sin saber muy bien por qué.

Jugueteó con el bolígrafo. Era anaranjado y transparente, de propaganda. El bolígrafo le pareció odioso, pues aún no era capaz de escribir directamente con el ordenador y le ponía nervioso apretar las teclas con apenas dos dedos y su sombra proyectándose sobre el teclado. Retomó los cigarrillos: quedaban tres. Extrajo uno y ya sólo quedaban dos. Mañana dejaré de fumar, pensó. Cogió la prensa. «Todo el mundo debería tener una mesa así», pensó. Abrió el periódico y pasó una tras otra, sus páginas. «ADIÓS AL GORILA ARTISTA», figuraba de cabecera en la última página del diario. Michael, «el gorila artista», había fallecido a los veintisiete años, de un fallo cardíaco. Michael se comunicaba con los humanos a través del lenguaje de los signos. Entendía palabras en inglés y prestaba atención a las interpretaciones musicales y a las obras de arte. Michael, el primate que coloreaba lienzos, había muerto ayer.

Louis detuvo su mirada en la fotografía de Michael pintando una acuarela. La imagen del gorila le transmitió una cierta melancolía; su misma tristeza arraigada, fluía con la lentitud de un pedo sin ruido a través de la última de las páginas de aquel diario, con la foto del gorila pintor. La tristeza se encontraba presente en cada uno de los pliegues que conformaban las carnes arrugadas de aquel animal. Sintió compasión de la bestia, al advertir la forma de su cráneo. Era ridículo. Deforme, como un balón de rugby. Se le ocurrió entonces que si todo el mundo pintara cuadros y prestara atención a las interpretaciones musicales y a las obras de arte, quizá si todo el mundo tuviese una mesa de kit de 30 € sobre la que escribir un poema, quizá él no fuera una persona tan seria y el público de los programas que emitían por televisión no aplaudiría todas aquellas mentiras y los presentadores no serían tan idiotas.

Dobló el periódico, depositándolo sobre la mesa. Era la hora de cenar. La horrible mosca con trozos azules había aprovechado su oportunidad. Louis cerró la ventana y apagó la luz.

Es una buena mesa, pensó. Sin duda alguna que prometía.

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3-Mi bello canario

Fumaba en la terraza y ya era de noche. Había estado todo el día estudiando para los exámenes y me apeteció echar un cigarrillo al aire libre. Entonces y entre la oscuridad, un aleteo llamó mi atención. Se trataba de algo pequeño y rápido que revoloteaba, procedente de algunos pisos más arriba.

Quedé inmóvil al comprobar que se trataba de un pajarillo, de color blanco a primera vista. Su revoloteo cesó al posarse en el saliente de la terraza, más allá de la barandilla. Me moví tan lentamente como pude, acercándome. Me miraba. Entonces abrí mis manos, y lo atrapé. Esperaba que hubiese echado a volar, o al menos que se resistiera al atraparlo. Pero no fue así. Pude sentir su caliente cuerpecillo como algo sensible y delicado entre mis manos.

Entré en la cocina y me puse manos a la obra. No tenía jaula. Estuve discurriendo cómo improvisar algo, y allí estaba la cesta de las patatas, metálica y enrejada. Mantuve al pájaro atrapado con una mano y volqué la cesta con las patatas, propinándole un par de golpes para desprender la suciedad, depositándola invertida sobre el suelo: cuatro paredes y un techo, con barrotes y todo. Sin embargo, aquel pajarillo, un hermoso canario, elegante y alargado, era demasiado delgado en comparación con el espacio libre entre los barrotes.

Corrí hasta el salón. En el primer cajón del mueble chino siempre estuvo la caja de puros que mi tío Domingo, el marinero, nos trajo de uno de sus viajes. La abrí con una mano y volteé los puros, introduciendo al pajarillo. Regresé a la cocina y recubrí toda la cesta con papel de periódico agujereado. Me hice con un par de tapas de botes de conserva y las introduje, con agua y migas de pan, bajo la cesta empapelada. La jaula estaba lista y la cena servida. Sólo faltaba el canario.

Abrí la caja de los puros, introduciendo mi mano en ella. Ni se movió. Arrinconado, se había cagado y me observaba, con los ojos abiertos todo lo más que podía. Sentí compasión de él. Tapé con mi mano la boca de la caja, dejando entre mis dedos el espacio suficiente para observarlo con detalle. Los pájaros son muy rápidos y aunque buscara un hueco por el que escapar, no le daría esa oportunidad. Nos observamos largo rato. Su plumaje era de un hermoso amarillo claro, tornando grisáceo y blanquecino en los extremos de sus alas.

Lo atrapé sin que opusiera resistencia. Levanté la cesta y lo introduje por debajo de ésta, depositándolo sobre el suelo. Cené en la cocina, a su lado. No hizo el más mínimo ruido.

Fregué mi plato y cerré los libros. Acostumbraba a guardarlos uno o dos días antes del examen, y decidí no preocuparme más por los detalles de las lecciones. El trabajo ya estaba hecho y otro día de estudio sólo aumentaría mi inseguridad. Ahora tenía un pasatiempo para olvidar mis exámenes.

Me arrodillé y levanté suavemente la cesta. Permanecía inmóvil, mirándome. Introduje mi mano. Se dejó atrapar. Lo extraje con delicadeza, sintiendo los pálpitos de su corazón. Tenía los ojos enrojecidos y permanecía con su pico abierto, jadeando. Entonces me di cuenta de que la tinta de los papeles de periódico le irritaba. Parecía muy asustado y se había cagado varias veces.

Lo deposité en el suelo. La cocina no tenía demasiados escondrijos y dejarlo libre en aquellas condiciones no parecía arriesgado; estaba asustado y abatido y supuse que no volaría. Lo toqué con el dedo, empujándolo varias veces para comprobar su reacción. Ni se movió. Sólo jadeaba y observaba.

Arranqué todo el papel de la cesta, descartándola. Lo introduje en la caja de los puros. Unas cuantas cagadas más no importaban. Me fui a la cama.

Al día siguiente, a las diez de la mañana, ya tenía una jaula y dos cajas de alpiste. Cogí el taladro e instalé dos escarpias en la terraza. Colgué la jaula, con su canario dentro, y me pareció que se sentía alegre en su nuevo hogar. Saltaba de un palo a otro, se bajó a comer y a beber y di por seguro que a partir de entonces permanecería conmigo.

A eso del mediodía, sonó el timbre. Era un vecino que me preguntó sobre un pájaro que se le había escapado. Le dije que no sabía nada al respecto. Cerré la puerta y sonreí.

Mi examen no pudo ir mejor. De regreso a casa, lo primero que hice fue saludar a Pelucho. Mis regresos de las clases eran mucho más esperanzadores, con aquella mascota esperándome.

Cada mañana, antes de las clases, colgaba su jaula en la terraza. A mi regreso, en la tarde noche, la descolgaba y la metía en la cocina, junto al radiador. Entonces recogía su cabeza entre las plumas y dormía apoyado sobre una pata. Limpiaba su jaula a diario y rellenaba sus recipientes con agua y alpiste. Pero Pelucho no cantaba. Solía sacarlo de la jaula para jugar con él. Sin embargo, apenas se movía y no piaba; ni siquiera hacía intentos por retomar el vuelo. Al principio imaginé que era debido a su nueva situación, pero con el paso del tiempo terminé por asimilarlo.

A mediados del otoño observé que Pelucho se deterioraba. Poco tenía que ver con aquel hermoso ejemplar que una noche de verano volara hasta mi terraza. Sus plumas estaban desordenadas y sucias y su cola recortada. Se había quedado completamente calvo y el veterinario me recetó unas gotas que mezclaba con el agua. Me dijo que debía alejarlo del radiador, y que no cantaba porque era hembra. Pelucho no cantaría jamás, y ni siquiera su nombre parecía apropiado.

A pesar de mis cuidados y de toda la atención prestada, Pelucha continuaba perdiendo plumaje. Pronto se transformó en un minúsculo pedazo de carne pálida con multitud de puntos negros y dos ojos enormes. Su vientre se hinchó y un prominente edema deformó su aparato genital, transformándolo en un anillo enrojecido y sanguinolento.

No sabía muy bien qué hacer con ella. Me había decepcionado, sin duda, y yo a ella. Supuse que moriría pronto, ya que parecía muy enferma, y comencé a descuidarla. Debía quedarle poco tiempo, y aunque no quería contagiarme de su infección, continué alimentándola con el alpiste y la lechuga, mezclando las gotas que me recetó el veterinario con el agua… hasta que dejé de hacerlo.

Transcurrieron varias semanas y mi canario tenía peor aspecto. A pesar de todas aquellas enfermedades, una extraña fuerza la mantenía con vida. Parecía en las últimas, sólo era cuestión de tiempo.

Pelucha era muy sucia. Las hojas de lechuga que picoteaba se iban secando y mezclándose con las cáscaras del alpiste y las heces, que se le adherían en las uñas de las patas, conformando unas endurecidas costras que resonaban cuando saltaba de un palo a otro de la jaula. Un día me percaté de que le faltaba un dedo. Supuse que una de esas costras se le habría enredado entre los barrotes. Pero Pelucha no hablaba. Tampoco cantaba.

Comencé a olvidarme de rellenar sus recipientes de comida, quizá a propósito. Cada mañana le colgaba entre los barrotes un par de hojas de lechuga. Le gustaba la lechuga, y así no tenía que limpiar ni tocar los recipientes, ni siquiera la jaula. A pesar de que jamás hubiese cantado ni alzado el vuelo, a pesar de haberse transformado en un cuerpo infecto y agónico cuyo inminente desenlace ansiaba, la alimentaba cada día.

El nivel de los residuos crecía. Las cáscaras de alpiste, la lechuga y las heces conformaban una sólida estructura. Hacía meses que no metía la jaula en la cocina por las noches y sobrepasaba los dos kilos de peso. Pelucha había perdido todo su plumaje y sólo acercarme a su jaula me producía náuseas.

Me sentía decepcionado. Había hecho de mi ilusión un fracaso, y no contenta con ello había transformado mi terraza en un basurero. El nivel de estiércol alcanzaba la mitad de la jaula, pero ella continuaba en su afán por ensuciar, con tal de fastidiarme. Estaba pelada y esquelética, con la totalidad de su piel recubierta por puntos negros apostillados, con el vientre inflamado y brillante, las uñas de sus patas retorcidas y cubiertas de heces endurecidas, a causa de las cuales había perdido varios dedos. Pero se negaba a sucumbir. Pelucha sólo pensaba en sí misma.

Una infección prosperó en sus ojos. Se le hincharon tanto, que parecían dos pelotas amoratadas. Más tarde, perdió la visión de un ojo como resultado de la misma. Su pupila era blanca y cuando se ponía de perfil, el del ojo ciego, me divertía moviendo mi mano, acercándola y alejándola con rapidez. ¡Ni se enteraba! Repetía lo mismo por su lado bueno y se recogía asustada. ¡Pelucha estaba viva! La despreciaba con todas mis fuerzas. Mi bello canario era un monstruo.

Una mañana dejé abierta la puerta de su jaula. Por la noche continuaba allí. Pelucha no parecía dispuesta a ponérmelo fácil. Pretendía martirizarme y haría lo que fuese con tal de lograrlo.

El volumen de estiércol aumentaba, a pesar de escaparse por la puerta de la jaula. Pero llegó un momento en el que hizo techo. Pelucha se buscó un rincón y desde entonces permaneció contra los barrotes, aplastada por sus propios residuos, en el frontal de la jaula. Ya no era más que un pellejo arrugado y retorcido, apenas reconocible, aunque su pico y el vientre por el que expulsaba las heces, todavía eran visibles entre los barrotes.

A menudo pensaba sobre aquel pájaro. Sabía que aquello no duraría mucho. En cualquier momento la encontraría rígida y todo terminaría. Esperaba aquel momento con impaciencia.

Transcurrían los días, las semanas y los meses... Pelucha seguía comiendo la lechuga que yo le colgaba. Deseaba su muerte. Sin embargo, cada mañana su corazón latía entre los barrotes. Me atormentaba la idea de que Pelucha pretendiera sobrevivirme.

Una fría mañana la encontré muerta. Su corazón, hinchado y amoratado, había dejado de latir.

Abrí una bolsa de basura e introduje la jaula con Pelucha en su interior. Pesaba varios kilos.

—Asunto concluido —suspiré.


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4-El cuarto del abuelo

El olor del cuarto del abuelo llega hasta los ascensores.

Pilar, la madre de Juana, camina deprisa hacia el cuarto de baño, con la botella del pis del abuelo, todavía caliente, entre sus manos.

—¡Mamá! ¡Que no basta con pasarla por el chorro del grifo! ¡Lávala con un poco de lejía, que hay que desinfectar! —exclama Juana.

Alejandro, su hermano pequeño, observa apoyado sobre el quicio de la puerta, con el anorak puesto: el mobiliario del cuarto del abuelo es muy anticuado; las paredes están recubiertas de un papel pintado que repite un engorroso decorado circular y toda la casa parece impregnada de un intenso olor a anciano. A la derecha hay un armario ropero enorme y al fondo descansa el abuelo, tendido en la cama. Su rostro amarillento asoma entre las sábanas blancas, con una amarga expresión, frunciendo el ceño, entretanto unas diminutas gotas de sudor fluyen a través de sus poros.

—¿Qué hora es?

—¡Las siete, abuelo! —responde su nieta Juana, desde el pasillo.

—¡Ay Dios!, ¡ay Dios!...

Alejandro entra en la habitación, deteniéndose frente al abuelo. Allí lo observa en silencio, ligeramente boquiabierto:

A su izquierda se alzan dos enormes bombonas de oxigeno blancas. Una de ellas está conectada a un largo tubo que rodea la cabecera de la cama, alimentando a una mascarilla azulada que descansa sobre la mesilla, mellada por decenas de cigarrillos que dejaron su huella imborrable. También hay algunas cajas de pastillas y varios comprimidos de diferentes tamaños, las gafas y la dentadura del abuelo, sumergida en un vaso de agua con un rastro blanquecino en niveles sucesivos.

El abuelo no se encuentra bien. Siempre está en la cama, rodeado de tubos, y se queja, se queja tanto que resulta bochornoso. Alejandro detiene su mirada en los comprimidos de colores. Alarga su mano para poder tocarlos, cuando su madre irrumpe en el dormitorio.

—¡Ala!, ¡vete a jugar un rato, que enseguida nos vamos! —le dice, dirigiéndolo hacia la puerta.

Alejandro entra en la cocina. Al verle, el canario del abuelo salta de un palo a otro de la jaula, piando con vehemencia. Su madre, agitada como una gaseosa, corretea de un lado para otro limpiando el polvo, canturreando con un bote de spray en una mano y un trapo en la otra, frotando los muebles. Después coge una palangana con agua y se arrodilla en el suelo, frotándolo enérgicamente con un trapo húmedo, moviendo su enorme trasero. El olor de su sudor mezclado con el del cuarto del abuelo llega hasta Alejandro, que introduce su dedo índice entre los barrotes de la jaula.

—¿Qué hora es?

—¡Las siete y cuarto, abuelo!

—¿Qué hora es?

—¡Estése tranquilo, que no tiene ninguna prisa hasta la hora de cenar! —responde Juana desde el cuarto de baño.

—¡Ay Dios!, ¡ay Dios!... —se queja el abuelo.

El canario se muestra muy excitado, entretanto Alejandro mueve su dedo para hacerle rabiar. La abuela murió hace un par de años y aquel pájaro es el único que le hace algo de caso en aquella casa, revoloteando y posándose sobre los palos y los barrotes de la jaula. Alejandro se dirige al frutero y coge un racimo de uva blanca del que arranca un grano, que incrusta entre los barrotes.

—¡Ay Dios!, ¡ay Dios!...

—¡Has terminado con el baño? —grita la madre desde el pasillo.

—¡Sí, mamá! ¡Cuando quieras nos marchamos! —responde Juana desde el baño.

—¡Ay Dios!, ¡ay Dios!...

La madre de Alejandro se apresura a recoger todos los útiles y los productos de limpieza. Se mueve rápidamente de un lado a otro de la casa, abriendo y cerrando puertas de armarios, hasta que finalmente se detiene frente al espejo del baño: allí ajusta su ropa y tras retocarse el peinado con las manos, se apresura hasta el colgador del hall, donde descuelga su abrigo y se envuelve con él.

—¡Vámonos, que se hace tarde! —exclama, con cierta prisa.

Juana y Alejandro se despiden primero. La madre besa la frente del abuelo y justo antes de desaparecer por la puerta, se gira para verlo de nuevo. Entonces, el abuelo le hace un gesto y ella se acerca. Él le susurra unas palabras al oído y ella abre el cajón de la mesilla, sacando un caramelo, que desenvuelve e introduce en su boca.

—¡Chúpelo despacio, padre, no se vaya a atragantar! —le dice, alargando las palabras. El abuelo sonríe y su hija le besa de nuevo.

—Muaaakksssssss.

—¡Mamaaaaá! ¡Que no le des caramelos al abuelo! ¿Cuántas veces tengo que decírtelo? ¡Los caramelos tienen mucha azúcar y no tienen efectos beneficiosos para los pulmones! ¡Abuelo, que no debe comer caramelos, que eso no es bueno para usted! ¡Que cualquier día se nos atraganta!—grita Juana indignada, y el abuelo sonríe. Se siente como un niño regañado y le gusta. Es agradable observar el rostro de su nieta, hablándole con tanta decisión. Sin duda, ha heredado el temperamento de la sangre que recorre sus venas.

La puerta se cierra tras de sí. Frente a los ascensores, Alejandro se coge de la mano de su madre. Todavía se puede percibir el olor del cuarto del abuelo en las escaleras.

Dos días más tarde visitan de nuevo la casa. En esta ocasión, la madre de Alejandro y dos de sus hermanas se esmeran en realizar la compra, preparar la comida y realizar los quehaceres de la casa del abuelo, que ya sólo se levanta de la cama para sentarse un rato a duras penas. Las tías de Alejandro también han traído a sus hijos y los han encerrado en un dormitorio vacío para que no alboroten.

La tarde transcurre lenta para los niños, que corretean por la habitación. Alejandro odia aquel cuarto frío, repleto de cajas apiladas, apenas iluminado por una bombilla en el techo. Para él es un lugar sombrío y pegajoso donde su madre y sus tías acostumbran a encerrarlos, ordenándoles que no abran la puerta. Su primo Juan Carlos corre en círculos, imitando el ruido de una moto, entretanto Iñigo arroja una y otra vez su pelota de tenis contra la pared. Los otros dos niños, Jorge y Fernando, no paran de empujarse y gritar. Alejandro odia aquel cuarto y sus primos han estado a punto de tirarlo al suelo en varias ocasiones; él sólo desea salir de allí lo antes posible. Se acerca hasta la puerta, abriéndola y asomándose, respirando el fuerte olor del cuarto del abuelo:

Juana corretea de un lado a otro de la casa, tirando cosas a la basura y amontonando ropa vieja sobre una silla. En ese instante, descuelga el reloj de pared del cuarto del abuelo y lo mira detenidamente, susurrando algunas palabras y negando con su cabeza. El reloj se detuvo hace meses y el abuelo ni siquiera puede verlo, con su vista cansada. Sin embargo, el abuelo lo mira cada cierto tiempo y pregunta la hora.

—¿Qué hora es? —Pregunta.

—¡Siempre preguntando la hora!… ¿Qué prisa tendrá? —susurra Juana.

—¿Qué hora es?

—¡Pero qué más le dará a usted! —responde Juana.

—¡Ay Dios!, ¡ay Dios!...

Juana se dirige a la cocina, con el reloj. Después se escucha un golpe y sale de nuevo para continuar sus labores. Alejando cierra suavemente la puerta y corre hasta la cocina.

Sobre la mesa hay una baraja de cartas hinchadas y amarillentas. Alejandro la coge entre sus manos y juguetea con los naipes, observando el reloj de pared y los caramelos de menta del abuelo en el cubo de la basura.

Ya no hay reloj. Tampoco más caramelos. No eran buenos para el abuelo. Tenían azúcar y ni siquiera eran beneficiosos para sus pulmones. Las cuatro mujeres discuten en el pasillo, interrumpiéndose unas a otras: a partir de hoy, el abuelo no tomará vino durante las comidas, y sólo beberá agua antes de éstas. Tampoco comerá huevos, ni carne, ni miga de pan, ni sal, ni azúcar. Tomará un par de zumos de naranja al día y sólo comerá frutas y verduras frescas.

—A lo mejor es que algo le ha sentado mal… —sugiere la madre de Alejandro.

—¡El médico dijo estreñimiento! —replica Juana.

—¡Es que ha sangrado, maja…! ¡Y eso que el abuelo nunca ha sido estreñido! —dice la tía Loli.

—¡Lo mejor para el estreñimiento es un vaso de zumo de naranja! —le interrumpe Juana.

—¡Pero habrá que darle los sobres que le recetó el doctor! —dice la madre de Alejandro.

—¡No hace falta, mamá! ¡Yo cuando estoy estreñida tomo un zumo de naranja y se acabó el problema!… —replica Juana.

La luz de la cocina se enciende y Alejandro se asusta. Es su tía Angelines, que se dirige al frigorífico para guardar algo.

—¡Niño!, ¡vete al cuarto a jugar con tus primos que enseguida nos marchamos! —le aborda, empujándolo fuera de la cocina.

Una hora después dejan la casa. La puerta se cierra tras de sí y cuando Alejandro se coge de la mano de su madre, puede respirar el fuerte olor del cuarto del abuelo, que llega hasta los ascensores.

El abuelo falleció pocos días después. Juana dice que ya no preguntaba la hora e incluso había dejado de quejarse cada diez segundos: «¡Ay, Dios! ¡Ay, Dios!». La conducción del cadáver a través del cementerio era lenta. El cura encabezaba la marcha, con un libro abierto sobre una mano y un megáfono en la otra. Alejandro iba cogido de la mano de su madre, que lloraba. Su hermana Juana y sus dos tías también lloraban. Muchos de los presentes lo hacían. Tras una larga caminata sin prestar atención al sermón y escuchando únicamente el crujir de la gravilla bajo sus pies, llegaron hasta una tumba excavada donde aguardaba el enterrador con su pala, frente a un montón de tierra. El padre de Alejandro y tres de sus tíos tomaron la iniciativa, haciendo descender el ataúd, ayudándose de unas cuerdas.

Entonces, el cura nombró la resurrección, haciendo la señal de la cruz y pronunciando algunas frases alusivas al Apocalipsis, entretanto todos los presentes aguardaban de pie, extremadamente serios y trajeados.

Fue uno de los últimos días de primavera. La mañana era soleada y los rayos del sol refulgían en cada hoja de los matorrales, a ambos lados de las callejuelas del cementerio. El ataúd del abuelo resplandeció hasta perderse de vista, y cuando el enterrador vertió la primera palada de tierra sobre él, el sol brilló si cabe aún más. Los arbustos y las flores brillaban. Todo el cementerio relucía. El verde de los pinos era verde, los pájaros cantaban y la tierra olía a tierra.

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Accidente en la fábrica de chorizos,
un libro de Rafael Moriel

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Atentamente:
Rafael Moriel

domingo, 22 de septiembre de 2013

Rafael Moriel en Amazon


Aviso importante: si vas a comprar libros, te aconsejo sustituir la extensión «.com» de la URL por la extensón de tu país (si por ejemplo haces tu pedido desde España, deberás poner «Amazon.es» en lugar de «Amazon.com». De esta forma, obtendrás tu libro mucho más barato, debido al ahorro en los portes.

Atentamente:
Rafael Moriel

miércoles, 14 de agosto de 2013

«Relatos Para la Imaginación»:
Un libro de Rafael Moriel

Relatos Para la Imaginación,
un libro de Rafael Moriel

Ya está disponible el libro "Relatos Para la Imaginación", impreso en papel y versión ebook a un precio muy económico.


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Índice de Textos

A través de los siguientes enlaces es posible leer y escuchar algunos textos contenidos en el libro «Relatos Para la Imaginación»:

1-Una Carta con los Ojos Cerrados
2-Algo Sentimental
3-Las Calles y su Cintura me Gritaron Estás Solo
4-La Maratón

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1-Una Carta con los Ojos Cerrados


Hola, cariño:

Hoy he abierto unos cajones y me he acordado de ti. Había decenas y decenas de cartas. Cinco años después te escribo por última vez, una carta que no recibirás.

Si cierro los ojos veo tu rostro. Si elimino cualquier pensamiento de mi mente, entonces puedo oír tu voz y me acaricias. Veo la escasa luz de una bombilla en el estrecho váter monoplaza de aquel bar del casco viejo; tú y yo, y el agujero... en una ciudad que no es la mía.

Si cierro los ojos, veo el escaso vello que recubre tu pubis y me vuelve loco; me estás abrazando y besas mi pecho. Te pones mi jersey y yo el tuyo. La ropa está por el suelo. Tú, sabes que nunca te lo haría en un lugar así; lo tengo muy fácil, pero lo has captado y sonríes.

Si cierro los ojos ya no estoy solo; no me hacen falta las palabras. Ahora estamos en la pensión barata repleta de puertas numeradas. Veo el vestido de lunares a colores más chillón que jamás ha existido. La tía de la pensión es una puta que apesta a cosméticos. Lleva un bolso y no paro de mirar su vestido. Ella te habla de dinero.

Si cierro los ojos, ya estamos en la habitación. Tú fumas un cigarrillo. «Te estás viciando», te digo, y descubro una rosada pastilla de jabón seca y renegrida adherida en el lavabo. «No toques nada», te advierto. Sonríes, me sonríes apagando el cigarrillo.

Si cierro los ojos tu mano acaricia mi pelo. «¿Con quién vas a estar mejor que conmigo?», me dices. Y yo, me doy cuenta de que no tengo dinero; sólo un cepillo de dientes y una caja de preservativos. Tú me pagarás el billete. Me lo debes.

Si cierro los ojos hace frío y nos arropamos apresuradamente entre las frías sábanas. Abrazados, el calor de tu cuerpo es lo mejor que me ha ocurrido en la vida. No tenemos prisa; yo te abrazo y tú me abrazas. He perdido la noción del tiempo y he maquillado mis ojos con tu raya y el rimel. Me he pintado los labios. Quiero tenerte siempre a mi lado, nunca creí que se pudiese querer tanto a una persona.

Si cierro los ojos, sabes que siempre he pisado tierra firme. Me miras y has adivinado que me tienes en tus manos. Lo has conseguido, nena; me has arrastrado fuera de mi casa sin equipaje ni dinero, me has cubierto de gozo y pasión, me siento extraño y no me he dado ni cuenta. Ahora nos estremecemos; los gemidos llegan hasta la puerta y la puta discute con un caballero. Pero no encontramos un lugar mejor donde amarnos.

Si cierro los ojos, la habitación se alquila por horas y la vieja nos ha expulsado cuando has mirado la tarifa de precios y le has dicho que nos ha cobrado tres euros de más. Todo lo que ha quedado de nuestro amor son un puñado de colillas y dos envoltorios de condones que hay en el cenicero. «Nena, nos hemos quedado sin nido de amor», te digo. «Tranquilo, yo cuidaré de ti», me susurras al oído.

Si cierro los ojos, esta noche me has ocultado en la oficina de tu hermano, como aquel perro que tuve de pequeño y escondía en el camarote. He dormido entre dos sillas y has llegado temprano. Lo hemos hecho sobre la mesa de su despacho.

Si abro los ojos, si abro entonces los ojos, recuerdo que un día estuve enamorado de ti y me resulta todo tan extraño...

«¿Qué habrá sido de ti?», me pregunto.

PD: escondí la cassette que escuchábamos en un lugar donde nunca la encontraría. Todo para olvidarte. Alguna vez la he buscado, pero jamás la encontré. La oculté tan bien, que ya nunca aparecerá.

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2-Algo Sentimental

Carlos no daba crédito a lo que estaba ocurriendo: primero lo de su dolor de cabeza, que le condujo hasta la sala de urgencias del hospital más próximo. Era un dolor tan intenso que parecía fuese a reventarle la cabeza, y para colmo había esperado más de media hora hasta que alguien le preguntara qué le ocurría, como si lo suyo fuese moco de pavo. Toda la estancia repleta de pacientes con un aspecto saludable, mientras medio mundo daba vueltas a su alrededor. De puro delirio.

Carlos se mostraba impaciente, pero allí nadie se quejaba; sólo aguardaban el turno. A su derecha, un muchacho mascaba chicle, repantigado, confeccionando globos sin cesar. La vieja de la izquierda le miraba de reojo cada diez segundos a más tardar, entumecida en su silla y cerrada de piernas, aferrada al bolso como si acaso Carlos fuese un vulgar ratero de tres al cuarto.

Y la cabeza no dejaba de hacerle: dom dom, dom dom...

Una joven que fumarreaba expulsó un prolongado penacho de humo azulado por una ventana entreabierta; ni siquiera fumar en los hospitales parecía preocuparles. Hacía una semana que Carlos no probaba el tabaco y se mordió la piel de los labios.

Media hora antes, Carlos había sido atendido por una enfermera que pretendía tranquilizarle con aquello de «No se preocupe, esto no es nada... », como si acaso fuese normal que a uno le doliera tanto la cabeza. Se supone que enseguida acudiría el doctor a reconocerle, eso dijo la enfermera, aunque desde que se presentara en el servicio de urgencias había transcurrido más de una hora y media en total.

La sala de espera era aroma de cigarrillo y globos de fresa haciendo PLAS... PLAS, una vieja aferrada a su bolso que miraba y miraba, doce o trece pacientes aguardando y dolor de cabeza.

Más tarde, se presenta el doctor en el box número seis, donde finalmente fue conducido Carlos. Aparece tras la puerta el ansiado galeno, veinte o veinticinco minutos después de que la enfermera cerrara la puerta tras de sí. Un doctor con una increíble cuerna en la cabeza que apenas cabía por la entrada, un espléndido ramal de astas que superaban la decena; un tipo calvo, vestido con bata blanca, que iba dejando tras de sí un ligero aroma a «after shave». Aparece sonriendo, como si nada, con el informe del diagnóstico redactado y firmado. ¡El colmo de Carlos!, que comenzaba a tener serias dudas respecto a lo que estaba sucediendo.

—¿Quién es usted? —preguntó al hombre de la cornamenta, que se supone era el médico.

—Tranquilo, estoy al corriente de todo. Soy el doctor Pérez —se presentó.

El doctor Pérez, como si aquello fuese normal, y de sus sienes brotaban múltiples ramificaciones de un metro de largo por uno de ancho.

—¡Quítese esos cuernos, coño! ¡De qué carnaval se ha escapado?... O acaso todo sea producto de mi delirio, doctor... ¡Doctor! ¡Me encuentro gravemente enfermo! ¡Sufro alucinaciones! ¡Me va a reventar la cabeza!... Apenas distingo algo nítido y quizá esté viendo ilusiones... Discúlpeme doctor Pérez, me siento tan confuso... ¡Cúreme, por favor! Supongo que eso mismo le suplicarán sus pacientes... Pero es horrible, doctor, ¡es horrible! ¡Me duele tanto la cabeza!

—No se preocupe —dijo el doctor Pérez—. La enfermera Yecla es de toda confianza y me ha puesto al corriente de la situación. Ya está usted reconocido y me he tomado la libertad de redactar su diagnóstico sin examinarle siquiera, pues su mal es ya muy viejo y conocido, aunque es posible que todo este protocolo le resulte algo extraño y puede que un poco arduo en estos momentos tan difíciles. Por otro lado, los doctores estamos acostumbrados al trato con el paciente y es probable que no comprenda mi actitud de dominio con la situación. A propósito... ¿Tiene usted problemas sentimentales?

—¿Qué?... —exclamó confuso Carlos.

—Tranquilícese. Mañana todo habrá pasado. Le aseguro que ya no le dolerá la cabeza. Ahora sólo debe prestarme toda la atención que le sea posible, únicamente para tomarse esta píldora relajante con la que dormirá usted como un «Pepe». Mañana por la mañana pasaré consulta por la planta y ya veremos qué tal se encuentra entonces. Ahora mismo le subirán a la habitación en una silla de ruedas, en cuanto ingiera el comprimido. Pasará ingresado el peor trago, pero le aseguro que mañana se encontrará usted perfectamente. Se trata de tenerle bajo observación hasta que todo se normalice. Mera rutina, créame. Confíe en mí. Soy un profesional de esto... de su mal, quiero decir.

—¡Pero, qué coño pastilla me receta usted sin ni tan siquiera preguntarme qué me ocurre! Todavía no me ha tomado la tensión y pretende que me tome un relajante y me duerma como si tal cosa, ¡drogado...! ¡Qué se cree usted! Debería explicarme lo que presume conocer tan bien... así por lo menos lo sabría yo, ¡que soy el enfermo!
El doctor Pérez se acercó y examinó la cabeza de Carlos, palpándola cuidadosamente con la yema de sus dedos.

—Vamos a ver... —y cerrando los ojos recorrió con suavidad su estructura craneal, otorgándole un ligero masaje que vagamente le mitigaba el dolor.
Carlos se entregó, suspirando.

—Está claro. La enfermera Yecla no se equivocó. Tómese la píldora y confíe en mí. Mañana todo esto será agua pasada —aseguró el doctor.

Carlos sentía un dolor tan intenso, que por un momento dejó de preocuparse por los cuernos del doctor. El tipo parecía salido de un cómic futurista, pero le había dicho que el dolor cesaría si obedecía sus instrucciones. Y Carlos necesitaba creer en algo, así que se tomó la pastilla. Al rato se durmió.

A la mañana siguiente, abrió los ojos. Allí estaban los cuernos del doctor Pérez, la misma cuerna de ciervo de lo que parecía una pesadilla, brotándole de las sienes. ¡Era real!

—¡Qué cojones! —gritó asustado Carlos.

—¿Qué tal se encuentra? —le preguntó el doctor Pérez.

—¿Es una broma lo de sus cuernos? —preguntó extrañado.

—En absoluto. Le ruego me guarde respeto... ¿Qué tal está?

—Bien, la verdad. Ya no me duele nada, aunque siento un ligero mareillo... —manifestó, sin apartar ni un instante la mirada de aquello tan prominente.

—No debe preocuparse. Los efectos del relajante desaparecerán en breve. Se quedará aquí a comer y más tarde le daré el alta.

—¿Qué me ocurrió, doctor? —preguntó Carlos, dejando a un lado lo de los cuernos.

—Será mejor que lo vea usted con sus propios ojos —le dijo el doctor Pérez, acercándole un espejo que extrajo del bolsillo de su bata.

—¡Diablos!, ¡no puede ser! —gritó, al verse reflejado—. ¡Me han salido cuernos, dos enormes cuernos de toro, dos pitones puntiagudos!

—Efectivamente, los suyos son de toro. A unos les crecen de toro, como a usted... a otros de jirafa y también los hay de cabra montés y de alce, e incluso de ciervo, como los míos. Le recomiendo, ante todo, que se tranquilice. Muy pronto se adaptará usted a su nuevo aspecto y no creo que sea mayor problema, aunque si lo estimase oportuno y por supuesto, en función de cómo se produjera la evolución, yo mismo le prescribiría apoyo psiquiátrico, como paliativo. Pero sólo si fuese necesario. A propósito, los cuernos de toro son para toda la vida, pues forman parte de su esqueleto a partir del brote. Los míos se caen una vez al año, y no se crea... cuando uno se acostumbra a la cuerna, la llega a echar en falta. Yo he llegado a sentir vergüenza, se lo aseguro; de veras que ocurre... aunque luego me la como, por aquello del calcio, que favorece el brote de otra nueva. Las ciervas y los ciervos también lo hacen.

—¡Pero, doctor! ¡Esto es una maldición! Llevar cuernos de por vida, todo el mundo sabrá que mi mujer me la ha pegado con otro, y mire lo grandes que son... ¡Todos lo sabrán!

—Tranquilo, Carlos. Los cuernos duelen mucho cuando están saliendo y al principio resultan algo incómodos, pero enseguida descubre uno que además sirven para defenderse —le dijo con tono convincente el doctor Pérez.

Carlos comió en la habitación del hospital, viendo las noticias por televisión. No sabía muy bien cómo encajar aquello. Dejó el segundo plato y el postre en la bandeja, intactos. Después se tumbó en la cama, boca arriba, con las manos detrás de la cabeza. A eso de las seis de la tarde apareció la enfermera, con el alta médica. Le puso el termómetro y le tomó la tensión y las pulsaciones.

—¿Qué tal se encuentra? —le preguntó.

—¿Eh?... —respondió Carlos.

—¿Qué tal estás?

—Bien, bien...

—Has comido poco, ¿eh?

—Sí... —susurró Carlos.

Cuando Carlos pisó la calle, el sol refulgía en sus cuernos. Miró hacia uno y otro lado y dio un paso y luego otro, y otro más.

Era sábado. Tenía dos cuernos, dos.


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3-Las Calles y su Cintura
me Gritaron Estás Solo

Recuerdo bares, mucha gente. La música alta y las copas, botellines en las manos. Recuerdo empujones, chicas guapas con pantalones bonitos. Recuerdo cigarrillos, humaredas de cigarrillos y canciones con melodías como cassettes de chistes baratos de los que venden en gasolineras. Recuerdo cervezas y olor a porro, copas de vino y whiskies.

Me apoyé en la barra de un bar para sujetar mi ebrio cuerpo y alguien me preguntó si sostenía yo a la barra o lo hacía ella conmigo.

—Es el único modo que encuentro de expresarme... A veces necesito hacerlo... —le respondí, creyendo que me había preguntado el porqué de mi borrachera.

Recuerdo chicas con relojes de pulsera, olor a champú y brillo de cabellos entre la multitud de pequeños bares abarrotados de gente.

Recuerdo chorros de meada transparente y mi vaso de whisky sobre el depósito del agua de la bomba, sentimientos de culpa y placer simultáneos con mi orina golpeando el pozuelo del retrete. Recuerdo la una de la noche, las dos, las cuatro, espaldas de amigos regresando a casa. La mayoría solos, tan sólo uno de ellos agarrado por el hombro de una muchacha.

Me recuerdo más etílico todavía, junto a muchos más idiotas como yo, escuchando un montón de música para borregos. Recuerdo máquinas de cigarrillos y juegos de luces azules y rojas y amarillas parpadeando, y una niña mona me preguntó a la salida de un bar, qué era para mí el amor.

—El amor es lo más bonito del mundo... —le respondí muy serio y sin esperanza, tal que un loco sabio que no cesa de tener alucinaciones. Había otra chica sentada en un portal que se puso muy fea sacándome la lengua y entonces volví la cara sin poder evitar fijarme en otra de expresión retorcida, que me observaba. La miré. Nos contemplamos un rato y más tarde caminábamos juntos. Sus brazos eran delgados y creo que tenía muy malas pulgas además de treinta y muchos tacos en un cuerpo de adolescente con dos ojeras marrones. Caminamos por ahí durante unas dos horas, y a partir de entonces y hasta mucho después quise olvidar todo aquello que no la evocara, pues ninguna otra cosa merecería la pena aquella noche.

La recuerdo a mi derecha cruzando pasos de cebra, carteles pegados en las paredes, luminosos sobresaliendo de las calles. Recuerdo las manos en los bolsillos y conversaciones sobre hermanos y hermanas y alquileres y plazos de coche, y como enmarcado, conservo el momento en que la abracé para besarla, el preciso instante en el que rodeé su cintura.

Recuerdo cómo amaneció.

Desayunamos en un bar. Ella tortilla de patata y café. Yo, un bocadillo de jamón, una Coca cola y un botellín de agua. Entonces sentí que ya no podía más. El cansancio y la resaca me vencían. Ya me había expresado bastante aquella noche.

Salimos a la calle. Había un «pub» que abría a las seis de la mañana. Entramos. Había allí más idiotas y borrachos reunidos que en todo un campo de fútbol hasta los topes. Ella quería bailar. Maldición, yo nunca bailo. Sólo bebo, y si se tercia podría aporrear una eléctrica cantando temas de melenudos. Pero bailar... jamás.

Se puso a bailar. Todos aquellos orangutanes en celo empapados en alcohol, se percataron de que era preciosa. ¡Oh, Dios!... Nunca entendí cómo los cerdos adivinaban hermosura allá donde yo la veía; era como si yo mismo incorporase algo de puerco, acaso la nariz y el rabo, además de buen gusto y un corazoncito latiendo en mi pecho. A nadie amarga un dulce, ni siquiera a las alimañas, me dije estúpidamente para intentar justificarlos.

Pensé en beber algo, me sentía tímido, sin saber qué hacer con mis manos. Al rato, la rodeaban cuatro o cinco simios uniformados a la moda. Joder... no merece la pena tomar nada, ni siquiera continuar aquí, pensé. Me acerqué a ella. Sabía que de todos ellos, yo sería su príncipe azul.

—Me marcho, guapetona —le dije de sopetón. Me di la vuelta y salí de allí con rapidez, sabiendo que me seguiría.

Me mantuve lo suficientemente visible como para que se me viese a lo largo de la calle, caminando por mitad de su acera. Fueron unos minutos de emoción contenida, aguardando un grito que me llamara por mi nombre.

Ella me seguía de cerca. Poco a poco me alcanzaba. La esperaba con ansia y el recuerdo de aquella cintura delgada y bonita era todo cuanto había en mi cabeza. Una vez en el portal de casa, me giré a contemplarla. Era su última oportunidad.

La calle estaba desierta. Nadie me había seguido. Las calles, muy crueles, me gritaron entonces: «¡ESTÁS SOLO!»..., y pude oír su eco resonando entre las paredes, y me llevé las manos a la cabeza y cerré los ojos hasta que cesó el ruido.

Abrí la puerta del portal y corrí escaleras arriba.

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4-La Maratón


El cielo era azulado y fúlgido.

Llevaba dos días corriendo y mis fuerzas flaqueaban. Venía realizando un esfuerzo prolongado y era consciente de que en cualquier momento podría derrumbarme. Sin embargo, a medida que intuía la proximidad de la meta, la ansiedad parecía desvanecerse y el esfuerzo mantenido perdía importancia, minimizándose hasta cero en el instante en el que traspasé aquella línea, trazada sobre la tierra batida. Uno de los coordinadores se acercó entonces:

—¡Bravo, muchacho! Has recorrido un largo camino, pero debes sobreponerte pues aún te separan unos kilómetros de la meta. ¡Una tontería comparado con lo que has dejado atrás!... ¡Ánimo valiente! —me elogió.

El público, todas aquellas siluetas inconcretas, aplaudían sin cesar, dedicándome elogios y elocuentes vítores. Sus gestos de ánimo erizaron mi vello, pero me encontraba exhausto. Mi cabeza rotaba ligera e involuntariamente frente a sus rostros, apenas nítidos entre la sombra del tumulto. Parpadeé inútilmente, intentando focalizar imágenes que se desvanecían.

Quise hacerme una idea aproximada de cuántas personas me rodeaban, girándome para estimar su número, aunque casi me desplomo al intentarlo. Me encontraba tan extenuado y confuso que apenas pude fijarme en un rostro concreto, acaso como si me encontrara inmerso en un delirio propiciado por las drogas. Finalmente no supe cuántos eran, y ni siquiera distinguía a las mujeres de los hombres.

Me ofrecieron una botella de la que sorbí un profundo y prolongado trago, tosiendo varias veces debido a un leve atragantamiento. Vertí el resto del líquido sobre mi cabeza, agitándola con espasmos. La multitud me aclamaba con fervor. Jadeé unos instantes, jurándome que llegaría hasta el final. Inspiré profundamente, levantando mi mano en un saludo a la agitada concurrencia. Troté una decena de veces sobre el firme bajo mis pies y salí corriendo poco a poco, poseído por el convencimiento de que lo lograría.

—¡Bravo! ¡Valiente!... —se escuchaba a lo lejos.

Tras el atardecer, me sorprendió la noche. Su tacto aportó frescura al paisaje, que se dibujaba tenue bajo el reflejo de la luna llena, insólitamente próxima al horizonte.

A la mañana siguiente vislumbré a lo lejos el cartel de meta. Poco después atravesé su línea y enseguida se acercó alguien a proveerme de líquido.
Todas aquellas personas deseaban saludarme. Algunos de ellos se estiraban hasta tocarme, por encima y entre los barrotes metálicos de las vallas que guarecían la meta.

—¡Ánimo! ¡Eres el mejor! Estamos contigo y sabemos lo que has sufrido... Hemos venido para hacerte saber que te queremos y te acompañamos, con el corazón y con todas nuestras fuerzas... aunque deberás realizar un último esfuerzo hasta alcanzar la meta —me comunicaron, intensificando el fragor de sus aplausos.

Era la segunda meta que pisaba, pero tampoco habría gloria esta vez. Sólo me quedaban la impotencia y el sudor de mi cuerpo. Aquello me propició una extraña calma, un desconocido instinto surgido de la escasez de fuerzas.

Permanecí de pie, pretendidamente expectante aunque aturdido. Deseaba terminar cuanto antes y retomé el trote, apartando a todos alrededor.

—¡Ánimo, muchacho!... —escuché a lo lejos. Mis pensamientos eran silenciosas lavadoras girando su colada.

Las horas transcurrían poco a poco. Miré a mi pecho y allí figuraba el número «1», blanco, impreso sobre la camiseta. Me pregunté dónde estarían el resto de competidores.

Recorrí paso a paso, un kilómetro tras otro. De nada serviría detenerse. Recuperar la marcha tras una parada parecía mucho peor que continuar adelante. Atravesé localidad tras localidad, imaginando que cada kilómetro, cada árbol, sería el último árbol.

Comencé a hablar solo. Recité todo cuanto pude recordar de memoria, dedicando improvisados pasajes a las cosas que iba dejando atrás. Horas más tarde enmudecí, quedando sumido en una especie de letargo mental, centrado en el rítmico sonido de mis zapatillas al trote.

Ocurrió al tercer día, recorriendo un estrecho camino empedrado y tras describir una amplia curva que rodeaba un montículo.

Vislumbré el cartel de meta. Al igual que las otras veces, todo lo que parecía absurdo adquiría importancia a medida que restaba metros a la línea de meta. La crucé tan abatido, que al derrumbarme susurraba extraños vocablos y sabias frases nunca escritas. Había una densa niebla dentro de mis ojos y todos los espectadores eran rubios y gritaban emocionados mi nombre.

—¡Felicidades! ¡Felicidades!... —repetían.

Dos fornidos espectadores me incorporaron, entretanto una hermosa joven me besaba con ardor. Un hombre con visera me aplicó en los labios el extremo de una goma elástica con un bote que sujetaba a lo alto, inclinando mi cabeza para hacerme beber.

—¡Bebe! ¡Coge algunas avellanas! ¡Las necesitarás!... Lo has hecho muy bien, aunque todavía te queda un tramo. ¡El último!
—¡Adelante, valiente! —corearon.

Reanudé la marcha, con un puñado de avellanas en una mano y un bote con líquido en la otra, abriéndome paso entre una maléfica bruma poblada de rostros, tal que cuervos gigantes y que sucios y manchados me sonreían al paso.

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Atentamente:
Rafael Moriel