viernes, 2 de enero de 2026

«Poemas de un puto viejo»: un libro de Rafael Moriel






«Poemas del Amor Loco» es un libro de poemas escrito por Rafael Moriel, escritor y autor de este blog.


Título: Poemas de un puto viejo
Autor: Rafael Moriel
Género: poesía. 45 poemas
Páginas: 120
Formato: papel impreso, tapa blanda y dura, ebook y audiolibro
Cómo adquirilo: rafaelmoriel.com
Estilo: directo y poético, reflexivo y profundo

«Poemas de un puto viejo» es un conjunto de poemas escritos desde la memoria y la madurez. El camino de vuelta comienza cuando las expectativas se limitan a hablar menos y escuchar más. Consciencia, madurez y simplicidad. El despertar de un adulto, irremediable a partir de cierta edad.

«Poemas de un puto viejo» no está escrito por un anciano. Mayormente compuestos en 2021, los poemas reflejan que más allá de la infancia y la juventud, la madurez supone un hacer integrador, donde el pirómano se torna bombero en el anonimato.

Compuesto por 45 poemas en su edición de tapas duras, «Poemas de un puto viejo» es una demostración de amor hacia todas aquellas personas que dejaron huella, y todos tienen cabida. La consciencia, intrínseca al hacer y sentir, aflora entre las líneas, mediante un sabio ejercicio de pura contemplación.

Dividido en cuatro apartados, en relación a la temática, «Poemas de un puto viejo» aglutina un conjunto de poemas en un estilo de concepto, a través de los cuales su autor se desnuda sin vanidad alguna.

Con esta colección de poemas me desnudo y entrego parte de mis recuerdos. De todos, éste es el libro que me hace llorar; escrito en la tristeza del insomnio, una obra necesaria que me apetecía mucho escribir. La expresión y la claridad siempre fueron una máxima en mi poesía, mi único objetivo: expresar sentimientos, sin cursilería ni otras complejidades.

«Poemas de un puto viejo» es un homenaje a las personas mayores, sabias y certeras. Un ejercicio de consciencia y sabiduría, una obra sincera y necesaria.

Para más información, visitar la web: rafaelmoriel.com


Selección de Poemas

Señor Rico

Se sentaba
de piernas cruzadas
frente a aquel mostrador
de madera
alargado
impecable
y brillante,
en el bar de mi padre.

Elegante
y solitario,
echando humo en las tardes de sábado,
con su gabardina gris
y el gesto extraviado,
mezcla de melancolía
y resignación.

Hablaba lentamente, y muy de vez en cuando… sonreía.
Recuerdo el humo denso de un cigarrillo
la piel cuarteada
vetustas gafas
frente a un rostro sombrío;
alto y lánguido,
porte distinguido.

Bebía copas de ginebra, una tras otra,
quemando tabaco.

Me llamaba Rafita, y aunque siempre le decía «no»,
aceptaba con rubor chiquilín
sus monedas para chuches
y la máquina
de pinball.

Aquel hombre que libaba
con la voz áspera y un pitillo en los dedos,
a veces
me llevaba a la oficina
donde trabajaba:
me mostraba sus dibujos
y diseños
y me regalaba gomas
de borrar,
lápices y difuminadores.

Señor Rico, yo le recuerdo como un caballero
educado,
sensible
y soñador.


Hace días, haciendo la compra
vendían ginebra en botellas verdes…
«La mejor del mundo», anunciaba un letrero.

Recordé aquel gesto
suyo
mitad melancolía, mitad resignación

y
tras cargar una botella en el carro
me la soplé en varias veces,


evocando recuerdos,

escuchando
J.J. Cale.

Jamás podré preguntarle cómo se sentía,
qué le preocupaba,
qué pensaba
durante
aquellas tardes de sábado;
retraído y solitario,
copeando y quemando cigarrillos.

Le extraño,
ahora
que soy viejo
y usted no se encuentra;

quizá
sea
el momento de mostrarle
mi aprecio y
respeto,
la empatía
y el desamparo
que siento


al espacio raso,
el frío
y la nada.
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Señor marrón

Su recuerdo
es nítido:
erguido
junto al mostrador,
manteniendo la compostura.

Pelliza de piel
parda,
aferrado a una copa
de coñac.
Los ojos castaños,
mirando la pantalla del televisor marrón;
manso e inmóvil,
repeinado con agua.

No se sentaba
en una butaca,
jamás lo hacía.

Dócil,
habría sido pudiente,
valiente, explícito
padre de familia numerosa…
Probablemente
alguien
bien diferente.

No trabajaba, ya no.
La mirada afligida,
el gesto rendido.

Acudía por las tardes, igual que
mis repudiados y
dilectos
personajes.

En una ocasión,
tórrido
y empapado de licor,
se confesó
arrumbado por
la parentela
al completo.

En la primera copa
siempre refería algo,
evocando el pasado.
En algún lugar
tenía hijos,
y el brillo asomaba en sus ojos
por un breve instante,
raudo y diligente;

a veces los nombraba,
todos
le negaron.

Asentía
con manifiesta sutileza,
en silencio
a menudo lo hacía.
Jamás le vi sonreír;
quizás se pasó de listo,
tampoco lo negó.

… Al rato clamaba otra copa
y ya sólo miraba al
televisor.
Siempre había otra,
y una más
de Garvey.

Se aferraba a ellas,
sin quitar ojo a la pantalla.
Después ya no hablaba…
por horas.
Sólo derramaba lágrimas
con cualquier
anuncio,
una simple película
de sobremesa;
daba igual,
una tierna sugerencia,
un ápice

bastaba.

Las lágrimas rodaban la mejilla
de aquel señor
amarronado,
absorto en la pantalla
de un televisor pardo,
aquellas tardes marrones
de todos los

ías grises.
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Cruzando la carretera

La encontré
al borde de la acera
titubeante y trémula,
desorientada,
golpeando el firme con su bastón.


«Agárrese a mí», le hablé:
Pude sentir su esencia
convulsa
cogidos del brazo...
y te recordé, madre.


Cruzamos la carretera;
yo le hablaba, y ella se dejó
llevar.


Supe entonces, que en la vida hay pocas cosas
que superen
la presencia
de un ángel
guiándote
a través del camino;

comprendiéndote,
y
tratándote con amor.


La niña que fuiste encendió
mi ternura
y entrega,
recuerdo imperecedero
de cuanto sembraste en mí.


Tras cruzar y acompañarla un tramo
continué mi camino,

la señora el suyo.

Después te añoré el resto del día,
recordando.

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Atentamente:
Rafael Moriel