viernes, 20 de octubre de 2023

El regreso de las vacaciones, un momento de consciencia


Sin duda alguna, las vacaciones conforman uno de los momentos más ansiados del año, precisamente cuando nuestros empleos y quehaceres diarios nos asfixian, y nos vemos en la necesidad de desconectar y recargar energías para regresar al día a día con nuevas ilusiones y expectativas.

Las vacaciones,
motivo de alegría y libertad
Las vacaciones son la cura idónea para la rutina aplastante, que en no pocos casos cercena nuestro sentimiento de libertad. Para aliviar la fatiga y el estrés, es necesaria una desconexión física y mental de nuestros horarios y deberes cotidianos.

Disfrutad de las necesarias
vacaciones
Durante las vacaciones, es posible desconectar de la vorágine, pero incluso a pesar de ello, hay quienes no las desean en absoluto, porque están tan arraigados a sus hábitos que cuando se detienen y el «ruido» cesa, padecen ansiedad e incluso se deprimen.

En cualquier caso y a mi modo de ver, uno de los momentos clave de las vacaciones es precisamente el regreso de las mismas, que a fin de cuentas es una parte indispensable en la consecución del logro deseado. Aunque pensemos que las horas empleadas durante nuestro regreso y la posterior habituación a la realidad son tiempo perdido, en realidad son tan importantes como el disfrute y la desconexión durante nuestros viajes.

Pocas cosas inspiran más
que viajar
¿Al regreso de las vacaciones, a menudo tenéis la sensación de que vuestra casa es hermosa y acogedora? ¿Acaso como si la echáseis de menos, e incluso os parece un lugar entrañable?

¿Teneís ganas de regresar cuando se alargan las vacaciones y pensáis que, en cierto modo, necesitáis algo de rutina y orden para seguir adelante? Probablemente experimentéis algunas sensaciones similares.


El regreso de las vacaciones conforma un momento álgido, pues supone la reconciliación con la vida y el día a día. Un instante de reflexión; porque la rutina es necesaria, a pesar de todo.

Disfrutad, cuidaos mucho
y cuidad a los vuestros.
A fin de cuentas, todos deseamos un mundo mejor
El regreso de las vacaciones es consciencia pura, aunque pase desapercibida. Una etapa vital.

Atentamente:
Rafael Moriel

domingo, 17 de septiembre de 2023

«Hey Jude», el artista no es un ser perfecto


Recuerdo haber leído unas declaraciones de Julian Lennon tachando a su padre de hipócrita, entre otras cosas. Los juicios y reproches así son habituales de hijos a padres, mayormente con vidas tormentosas, y también las hemos conocido en el caso de otros grandes creadores como Bob Marley, a quien se tachó de machista, violento y maltratador.

El artista no es un ser perfecto.
Personalmente, no lo pongo en duda. Lamento que unas tóxicas relaciones parentales marcasen la vida de sus hijos, condenándolos a la vulnerabilidad. Pero no hace falta ser artista para ser un pésimo padre. El objetivo de este post no es juzgar a las personas que los artistas fueron, sino poner de manifiesto que un artista no es, en ningún caso, UN SER PERFECTO.


Un artista no es perfecto, ni tiene por qué serlo. Sólo es un ser humano, imperfecto y frágil como otro cualquiera, en ocasiones cegado por su ego. Es probable que jamás sea el mejor ejemplo a seguir. Un artista es un creador; sus ideales, su vida íntima, sus posibles adicciones, sus juicios y tendencias de cualquier índole, etc., conforman unos determinados marcadores para juzgarlo bajo un prisma concreto.


¡Qué más da cómo fuesen sus vidas! Bastante tenemos con vivir las nuestras en un mundo loco, donde todo tiene un precio, dirigido y gobernado por las desigualdades y la sinrazón. Criad a vuestros hijos lo mejor que podáis... Disfrutando de las canciones, los libros, las películas, los lienzos, etc. Su legado artístico, inspirador y visionario.

Atentamente:
Rafael Moriel

sábado, 2 de septiembre de 2023

«El Viaje de Harold», de Hettie Macdonald


Ficha Técnica

El viaje de Harold,
de Hettie Macdonald


Título original: El viaje de Harold (The Unlikely Pilgrimage of Harold Fry)
Dirección: Hettie Macdonald
Guión: Rachel Joyce. Libro: Rachel Joyce
Música: Ilan Eshkeri
Fotografía: Kate McCullough
País: Estados Unidos
Año: 2023
Duración: 108 min.
Género: Drama | Road Movie. Vejez / Madurez
Reparto: Jim Broadbent, Penelope Wilton, Linda Bassett
Compañías: Essential Cinema, Free Range Films, Ingenious Media, Rose Pine Productions
Sinopsis

Harold (Jim Broadbent) está jubilado y lleva una vida aburrida e insulsa. Los días acontecen junto a su mujer, con quien apenas se comunica, realizando rituales relacionados con las labores del hogar.

Una mañana, recibe una carta de una antigua compañera de trabajo, de la que no tiene noticias hace más de veinte años. En su misiva, Queenie le informa de que tiene cáncer y se despide de él, deseándole lo mejor. Harold escribe unas líneas que apenas conforman un breve cumplido. Sin embargo, y cuando se dispone a echar la carta en el buzón de correos, mantiene una inspiradora conversación con una joven... y decide, en ese mismo momento y con lo puesto, caminar hasta el norte del Reino Unido, a unos 800 km de distancia, con el empeño de visitar a su moribunda amiga en el hospicio, donde se encuentra sola y sin ayuda.


«El viaje de Harold» removerá tu conciencia. Su protagonista se desprende de todo aquello que lleva encima: viaja sin móvil ni tarjeta de crédito, sin carné de conducir. Camina por las carreteras y duerme en el campo. En su peregrinaje se cruza con diversos personajes, a quienes cuenta su objetivo, algunos de los cuales le acompañan temporalmente. Pronto, su hazaña inunda los noticiarios nacionales; pero los fenómenos sociales amenazan tergiversar su propósito, por lo que Harold vuelve a caminar solo, alejado del «grupo».

Una película entrañable. Un protagonista que se enfrenta a todos los fantasmas del pasado, que no son pocos. Una redención, una penitencia, el renacer de una vida que no tenía sentido, y el reencuentro con su pareja. Una película necesaria en estos tiempos "modernos", en los que los malos guiones abundan.


Atentamente:
Rafael Moriel

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lunes, 14 de agosto de 2023

Septiembre: el comienzo de todo


Lejos del esplendor y el ruido que acompaña los últimos días de diciembre, con su final de ciclo y sus luces como preámbulo de un año nuevo que resuelva nuestros pesares y anhelos, el mes de septiembre podría ser el comienzo de todo: el fin del verano, el regreso al trabajo, el inicio del curso y la posibilidad de emprender actividades y proyectos que se quedaron en el tintero. La ilusión de doce meses por delante...

Por todo ello, algunos consideramos que el año comienza con el fin de agosto, junto a esas tentadoras colecciones de fascículos que anuncian por televisión.


Agosto es el periodo estival para el descanso y la desconexión. Pero no sólo eso, un intervalo de tiempo en el que casi todo se detiene, aunque el grueso de nuestras vidas se forje en el día a día de los once meses restantes, en los que somos esclavos de un acuerdo contractual que ocupa nuestras vidas. A menudo ocurre que, durante las vacaciones de verano o después de éstas, caemos en la cuenta de lo que todo esto supone y significa: ¿cuánto nos dejamos de nosotros mismos en el día a día? ¿Qué desearíamos hacer en realidad? ¿Somos felices? ¿Hasta qué punto se han cumplido nuestros deseos?

Echar el freno en vacaciones puede abrir nuestras mentes. Las vacaciones deberían resultar sanadoras en todo caso, pero en no pocas ocasiones destapan algo que permanecía oculto entre la vorágine, provocando una crisis o un sindrome post vacacional. Y eso dice mucho al respecto de agosto y septiembre, como la posibilidad de un antes y un después.


Por todo ello haced los planes cuanto antes. Coged lápiz y papel y reflexionad sobre lo que estáis haciendo, y a dónde queréis llegar. No perdáis tiempo, que la vida es corta.

Atentamente:
Rafael Moriel

domingo, 6 de agosto de 2023

¿La fama mata?


Ante todo, expresar mi profundo pesar por el fallecimiento de la popular artista irlandesa, Sinéad O´Connor.

Con la certeza de que necesitamos artistas de su talento y fuerza, me vienen a la mente multitud de datos que la marcaron: una familia desestructurada con maltrato infantil, un enorme talento artístico con una fuerza interpretativa y un estilo inusuales, su individualismo e hipersensibilidad emocional, y también su rebeldía y su obsesión religiosa... Cabría preguntarse si su atrevido comportamiento al romper una foto de Juan Pablo II ante las cámaras de televisión inició su mala racha, que quizá la condujo a un fatal desenlace, aunque es más probable que todo sea debido a un cúmulo de circunstancias, y a una mala gestión emocional de la fama.


Al hilo de lo dicho, la hipocresía reina a nuestro alrededor. Pero no sólo eso: decir la verdad puede hacer añicos nuestro entorno. Es necesario ser muy fuerte y sopesar las consecuencias antes de enfrentarse al mundo, sabiendo que, a fin de cuentas, no podemos cambiarlo. Sinéad O´Connor era consciente de su verdad cuando rompió aquella fotografía. Después quizá vino el «más vale sola que mal acompañada», «créate fama y échate a dormir», «a perro flaco todo son pulgas», las crisis y los problemas de salud mental.


¡Tened cuidado! La certeza no es una garantía de éxito. Vivamos desde lo auténtico, pero sin destacar.

El mismo talento y la sensibilidad que encumbraron a Sinéad O´Connor, propiciaron su descenso al infierno. Tan sólo eso podría explicar lo ocurrido. Pero también es cierto que nuestra sociedad castiga la hipersensibilidad, y una vez más se cumple aquello de «la fama mata», especialmente con determinados caracteres y sensibilidades.


Contrariamente a lo que cabría esperar, estar en lo cierto puede dejarnos solos. La experiencia lo demuestra.

Atentamente:
Rafael Moriel

sábado, 7 de mayo de 2022

Tributo a Enrique Urquijo y Los Secretos


El siguiente cartel y las fotografías que lo acompañan pertenecen a un par de conciertos acústicos y una presentación literaria que llevé a cabo en mayo y junio de 2022. En dichos conciertos rendí tributo a Enrique Urquijo y Los Secretos, así como a algunas otras bandas y cantantes como Neil Young, Pink Floyd, Fito & Fitipaldis, etc., aprovechando para presentar mis libros y firmar ejemplares.

Muchas gracias a Sonsoles, Aurelio, Aurora, Gema, Roberto, Ángel, Raúl, Maribel, , etc., y a todo el público asistente. Una magnífica experiencia, que me ha permitido conocer gente y hacer amigos, algunos de ellos enriquistas.




















Atentamente:
Rafael Moriel

sábado, 15 de enero de 2022

El Final de Dexter Morgan


Las dos caras de Dexter Morgan:
La voz en off, y el eficaz agente de la policía científica

Dexter Morgan, el tranquilo y tenaz ex policía de la científica interpretado por Michael Carlisle Hall, nos ha dejado para siempre. Tras ocho temporadas completas de la serie «Dexter» que finalizaron en 2013, y una temporada adicional bajo la denominación «Dexter: New Blood» fechada en 2021, el final de este curioso personaje, que hablaba con los muertos en sus alucinaciones y cuyas voces en off revelaban sus verdaderas intenciones más allá de la apariencia... no podría estar más cerca de la reflexión.

Refugiado bajo la identidad de Jim Lindsay, se gana la vida como vendedor en la armería de una ciudad ficticia al norte del estado de Nueva York, llamada Iron Lake. Un entorno opuesto al cálido Miami de sus inicios. Dexter Morgan ha cesado su actividad criminal y desde hace más de una década pasa desapercibido, siendo el novio de la jefa de policía del condado. Entretanto Hannah McKay, quien fuera su novia y quedase al cuidado de su hijo Harrison, ha fallecido sin que él lo sepa. Tras una incesante búsqueda, Harrison logra dar con él, entrando a formar parte de su vida a lo largo de última temporada de la serie, donde la nieve y el hielo sustituyen al sol de Miami.

Como no podía ser de otro modo, el observador y sagaz Dexter se percata enseguida de que el «oscuro pasajero» habita en su vástago quinceañero, y decide hacer algo que jamás había hecho: contarle su secreto y hacerle partícipe, a través de la revelación del código que su padre Harry le enseñó para canalizar su ansia, y sobrevivir como un psicópata asesino.

Dexter y Debra Morgan
Pero Harrison no está preparado: es demasiado joven e insolente; incluso siendo consciente de ello, Dexter le confiesa su secreto y se ofrece como maestro para que su hijo pueda sobrevivir con su ansia, tal como hiciera su padre adoptivo Harry, cuando él era un adolescente.

La sabia experiencia de nuestro «día a día» demuestra que, por desgracia, resulta imposible ayudar a quien no pide ayuda, y en muchas ocasiones no conlleva un final resuelto y feliz, especialmente cuando los niveles de consciencia del ayudador y el ayudado son tan diferentes, como ocurre con Dexter y Harrison. ¡He ahí el quid de la cuestión!

Con la novena temporada, la historia de Dexter Morgan concluye ante una sublime muestra de amor a la que se entrega de un modo apacible y consciente, cediendo el control a su descendiente, aun a sabiendas de que es demasiado joven e inexperto como para comprender la realidad y el futuro que le aguarda.

Toda una prueba de amor...
Dos estados de consciencia muy diferentes

Un final sublime para el asesino que conectó con el público y logró su empatía. Y un magnífico ejemplo de diferencia en los estados de consciencia (en este caso debido a la edad) entre un "ayudador" y un "ayudado", como perfecto ejemplo de una prueba de amor. Me quito el sombrero ante un guión tan inspirado y bien concebido.



Atentamente:
Rafael Moriel

viernes, 17 de diciembre de 2021

«Tintes de Tristeza y el kit de 30€», un relato de Rafael Moriel



Accidente en la fábrica de chorizos,
un libro de Rafael Moriel

Tintes de Tristeza y el kit de 30€

Fue a raíz de que se preguntara el porqué de su hábito circunspecto, cuando cayó en la cuenta de que la tristeza le era intrínseca. Ella conformaba su episodio más repetido e inmediato y él la reprimía, aparentando mostrar una imagen que ocultara su natural desconsuelo. Ésa parecía ser la clave de su compostura.

Frente a aquella revelación y por un instante, Louis deseó olvidarse de sí mismo y tras cerrar los ojos se imaginó renaciendo bajo la piel de otro hombre, como si acaso la vida le brindara una segunda oportunidad. Sus ojos parpadearon y entonces pudo verse bajo la apariencia de Dave, un amigo con el que esa misma tarde había tomado café. Louis se recreó en la sonrisa de su amigo, bajo unas anchas y pobladas cejas negras. Su nuevo aspecto lucía informal, con el cabello engominado, alegre e idealista. Incluso caminaba más erguido, ataviado en unos tejanos desgastados.

Así ocurrió durante unos minutos, donde todo a su alrededor parecía tener otro aspecto. Sin embargo, la tristeza continuaba ahí, bajo el hueso del cráneo. Louis era un poeta de mediana producción que daba tumbos por el mundillo literario, soñando figurar entre sus páginas. Pero no vivía de la poesía. Sobrevivía gracias al trabajo como operario en una cadena de producción donde su afición literaria era desconocida.

Aquel día cubrió el turno de mañana y tras comer se citó con Dave, en vista de que no era un buen día para los poemas. Tomaron café y se despidieron a eso de las cinco, tras lo cual montó en su coche y condujo hasta unos grandes almacenes, sin saber muy bien por qué.

Louis paseó por los pasillos del hipermercado, mirando los productos sobre las estanterías. Todo aquello estaba repleto de cosas: botellas de diferentes tamaños conteniendo productos diversos, galletas con multitud de sabores, chocolates de varios países con fresas y otras frutas, cajas de leche, bicicletas, ruedas de coche, libros y revistas, videojuegos, bombillas, lámparas, latas de cerveza, frutas y verduras, yogures, pizzas y quesos… Nada parecía interesarle, hasta que las vio. Aquellas mesas amontonadas en la sección de bricolaje llamaron su atención: mesas baratas donde leer el periódico o escribir una carta… Tras charlar con una dependienta del hipermercado, no se lo pensó dos veces. Cargó el paquete en el carro, se dirigió hasta la zona de cajas, pagó con su tarjeta de crédito y lo tumbó en el maletero del coche, tras lo cual condujo varios kilómetros por los pueblos de alrededor sin saber muy bien por qué, acaso como cuando había entrado en el hipermercado.

Una vez en casa, encendió un cigarrillo y se arrojó sobre el sofá, cambiando una y otra vez los canales del televisor. Al rato bajó al coche y cargó con la caja que contenía la mesa. La subió a casa y buscó un metro, comprobando las dimensiones de los espacios libres, hasta buscarle un rinconcito en el estudio. Decidido, conformó la mesa con los tornillos y las herramientas que incorporaba; recogió los plásticos y los cartones de embalaje, barrió el suelo y suspiró al comprobar lo bien que lucía aquella mesa. Aquel rincón había reclamado una mesa así durante años y Louis no se había dado ni cuenta; muchas desgracias humanas eran la misma cosa o algo parecido.

El estudio de Louis albergaba otra mesa de madera. Sin embargo, ésta le parecía especial: se trataba de una mesa de kit, un chollo por 30 €. Le hubiese gustado estrenarla escribiendo un poema. Era esa misma frustración de quien aguarda las vacaciones para llevar a cabo algo que ansía, y llega el momento y enferma o se deprime, o simplemente no empieza por el principio. Y allí estaba Louis, con tiempo para los poemas y privado de inspiración, deseando escribir lo primero que se le ocurriera e incapaz de comenzar.

A lo mejor me vendría bien un whisky, pensó. La luz del flexo y el whisky con los hielos, eso crea ambiente. Retomó la contemplación de su escritorio, preguntándose cuántas mesas podría haber comprado con todo el dinero que a lo largo de su vida se había gastado en whisky. Por un instante no supo a ciencia cierta a qué venía aquello. ¿Por qué bebía Louis? ¿Por qué la gente se esforzaba tanto y el mundo evolucionaba tan poco? Descorrió la cortina de la ventana y todas aquellas mesas de 30 € se le representaron en el aparcamiento de enfrente. Lo mejor sería regalarlas, pensó. La gente tendría una mesa sobre la que escribir su poema. Todo el mundo debería hacerlo.

Un pitido del teléfono móvil lo devolvió al mundo real: bip, bip... Las mesas desaparecieron. Sólo había coches: rojos, verdes, coches metalizados grandes y pequeños, de dos y cuatro puertas. La gente bebía en ocasiones, la gente pagaba un coche de vez en cuando; otras veces la gente no sabía qué hacer.

Louis corrió la cortina y se rascó la cabeza. Se dirigió hacia el tocadiscos, sobre el que descansaban un paquete de Lucky Strike y un encendedor azul. Contó los cigarrillos y extrajo uno. ¡Cuántas cosas se podían hacer sobre aquella mesa! Una mosca gorda se posó sobre el flexo. Se miraron. Louis tenía poco que ofrecer con su aspecto tan serio. La tristeza daba mucho de sí, pero la mosca era inquieta y no le dio una oportunidad. Despegó emitiendo un zumbido, entretanto Louis la observó marchar. No estaba mal eso de volar, pero sabía que él no lo lograría. Entonces se sentó frente a su escritorio: treinta euros, brillante, con olorcito a madera. Encendió el cigarrillo y chupó una calada. La luz del flexo hacía guiños a intervalos y el humo parecía azulado. Afuera, la gente caminaba en busca de cosas.

Alargó su brazo para coger el mando a distancia y encendió el televisor. Su tristeza arraigada lo acarició entonces. Louis se dejó querer. Lo cierto es que había algunas cosas que no lograba entender: ¿por qué el público de los programas que emitían por televisión aplaudía de aquel modo tan absurdo en los intermedios de publicidad? ¿Por qué los presentadores decían tantas tonterías, mintiendo y gesticulando como energúmenos? Ni siquiera entendía por qué había comprado aquella mesa de kit por 30 €. Todo eran dudas… Y entonces recordó a la muchacha que le había atendido en el hipermercado; sin duda alguna era lo mejor que le había ocurrido en todo el día:

Louis caminaba por entre los pasillos con su carro vacío, buscando algo para llenarlo. Se detuvo frente a todas aquellas mesas de kit, cuando ella se acercó y tras dirigirse a él, charlaron amablemente y le desembaló la mesa, mostrándole las piezas y el cajoncito que incorporaba. La muchacha se movía con gracia y se pilló un dedo que luego se chupaba, ligeramente refunfuñando. «Si no te gusta, guardas el ticket y te devolvemos el dinero», le dijo. ¡Era tan esperanzador encontrar algo humano entre tanta gente! Todo el mundo debería casarse con las dependientas de los hipermercados. Los presidentes deberían haber trabajado como cajeros; si acaso hubieran fregado portales estarían más cerca de la realidad. El mundo entero lo agradecería.

La mesa era simple. Acercó una silla, tomó un bolígrafo y un folio y escribió su poema de un tirón.

Solo

Azul
rojo y negro
Jazz.

Hay un par de cuadros colgados por ahí.
En uno puede verse a un guardia borroso
entretanto una pareja se abraza.
Todas mis cosas están aquí. Hay bolígrafos, discos y cables.
Así es mi habitación.
Nadie puede verla ahora.


Louis pensó que aquel poema era uno de los peores que había escrito jamás. Lamentable y autocompasivo. La mosca se posó sobre el flexo. Era horrible. Tenía trozos azules. Se miraron cara a cara hasta que retomó el vuelo. Louis decidió darle otra oportunidad; cualquiera la merece, pensó. Rompió su poema y lo arrojó a la papelera. Apagó el televisor, se levantó de la silla y entreabrió la ventana para dejar que el insecto escapara. Había algunas luces encendidas en el bloque de enfrente. Entonces imaginó a una vecina cualquiera en su cocina, preparando la cena, quizá cubierta por una ligera bata y unos pechos enormes envueltos en un sujetador blanco liso. Louis olisqueó con los ojos cerrados todos los pechos y los geles y los suavizantes de sus vecinas. Olían bien. Dejó la ventana y se sentó frente a su nueva mesa de escritorio, que había comprado sin saber muy bien por qué.

Jugueteó con el bolígrafo. Era anaranjado y transparente, de propaganda. El bolígrafo le pareció odioso, pues aún no era capaz de escribir directamente con el ordenador y le ponía nervioso apretar las teclas con apenas dos dedos y su sombra proyectándose sobre el teclado. Retomó los cigarrillos: quedaban tres. Extrajo uno y ya sólo quedaban dos. Mañana dejaré de fumar, pensó. Cogió la prensa. «Todo el mundo debería tener una mesa así», pensó. Abrió el periódico y pasó una tras otra, sus páginas. «ADIÓS AL GORILA ARTISTA», figuraba de cabecera en la última página del diario. Michael, «el gorila artista», había fallecido a los veintisiete años, de un fallo cardíaco. Michael se comunicaba con los humanos a través del lenguaje de los signos. Entendía palabras en inglés y prestaba atención a las interpretaciones musicales y a las obras de arte. Michael, el primate que coloreaba lienzos, había muerto ayer.

Louis detuvo su mirada en la fotografía de Michael pintando una acuarela. La imagen del gorila le transmitió una cierta melancolía; su misma tristeza arraigada, fluía con la lentitud de un pedo sin ruido a través de la última de las páginas de aquel diario, con la foto del gorila pintor. La tristeza se encontraba presente en cada uno de los pliegues que conformaban las carnes arrugadas de aquel animal. Sintió compasión de la bestia, al advertir la forma de su cráneo. Era ridículo. Deforme, como un balón de rugby. Se le ocurrió entonces que si todo el mundo pintara cuadros y prestara atención a las interpretaciones musicales y a las obras de arte, quizá si todo el mundo tuviese una mesa de kit de 30 € sobre la que escribir un poema, quizá él no fuera una persona tan seria y el público de los programas que emitían por televisión no aplaudiría todas aquellas mentiras y los presentadores no serían tan idiotas.

Dobló el periódico, depositándolo sobre la mesa. Era la hora de cenar. La horrible mosca con trozos azules había aprovechado su oportunidad. Louis cerró la ventana y apagó la luz.

Es una buena mesa, pensó. Sin duda alguna que prometía.


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«Accidente en la fábrica de chorizos», un libro de Rafael Moriel

«Tintes de tristeza y el kit de 30€» es un relato perteneciente al libro de relatos "Accidente en la Fábrica de Chorizos", escrito por Rafael Moriel y disponible en papel de tapa blanda y ebook.


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Accidente en la fábrica de chorizos,
un libro de Rafael Moriel

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Atentamente:
Rafael Moriel

domingo, 14 de noviembre de 2021

«Mi Bello Canario», un relato de Rafael Moriel



Accidente en la fábrica de chorizos,
un libro de Rafael Moriel

Mi bello canario

Fumaba en la terraza y ya era de noche. Había estado todo el día estudiando para los exámenes y me apeteció echar un cigarrillo al aire libre. Entonces y entre la oscuridad, un aleteo llamó mi atención. Se trataba de algo pequeño y rápido que revoloteaba, procedente de algunos pisos más arriba.

Quedé inmóvil al comprobar que se trataba de un pajarillo, de color blanco a primera vista. Su revoloteo cesó al posarse en el saliente de la terraza, más allá de la barandilla. Me moví tan lentamente como pude, acercándome. Me miraba. Entonces abrí mis manos, y lo atrapé. Esperaba que hubiese echado a volar, o al menos que se resistiera al atraparlo. Pero no fue así. Pude sentir su caliente cuerpecillo como algo sensible y delicado entre mis manos.

Entré en la cocina y me puse manos a la obra. No tenía jaula. Estuve discurriendo cómo improvisar algo, y allí estaba la cesta de las patatas, metálica y enrejada. Mantuve al pájaro atrapado con una mano y volqué la cesta con las patatas, propinándole un par de golpes para desprender la suciedad, depositándola invertida sobre el suelo: cuatro paredes y un techo, con barrotes y todo. Sin embargo, aquel pajarillo, un hermoso canario, elegante y alargado, era demasiado delgado en comparación con el espacio libre entre los barrotes.

Corrí hasta el salón. En el primer cajón del mueble chino siempre estuvo la caja de puros que mi tío Domingo, el marinero, nos trajo de uno de sus viajes. La abrí con una mano y volteé los puros, introduciendo al pajarillo. Regresé a la cocina y recubrí toda la cesta con papel de periódico agujereado. Me hice con un par de tapas de botes de conserva y las introduje, con agua y migas de pan, bajo la cesta empapelada. La jaula estaba lista y la cena servida. Sólo faltaba el canario.

Abrí la caja de los puros, introduciendo mi mano en ella. Ni se movió. Arrinconado, se había cagado y me observaba, con los ojos abiertos todo lo más que podía. Sentí compasión de él. Tapé con mi mano la boca de la caja, dejando entre mis dedos el espacio suficiente para observarlo con detalle. Los pájaros son muy rápidos y aunque buscara un hueco por el que escapar, no le daría esa oportunidad. Nos observamos largo rato. Su plumaje era de un hermoso amarillo claro, tornando grisáceo y blanquecino en los extremos de sus alas.

Lo atrapé sin que opusiera resistencia. Levanté la cesta y lo introduje por debajo de ésta, depositándolo sobre el suelo. Cené en la cocina, a su lado. No hizo el más mínimo ruido.

Fregué mi plato y cerré los libros. Acostumbraba a guardarlos uno o dos días antes del examen, y decidí no preocuparme más por los detalles de las lecciones. El trabajo ya estaba hecho y otro día de estudio sólo aumentaría mi inseguridad. Ahora tenía un pasatiempo para olvidar mis exámenes.

Me arrodillé y levanté suavemente la cesta. Permanecía inmóvil, mirándome. Introduje mi mano. Se dejó atrapar. Lo extraje con delicadeza, sintiendo los pálpitos de su corazón. Tenía los ojos enrojecidos y permanecía con su pico abierto, jadeando. Entonces me di cuenta de que la tinta de los papeles de periódico le irritaba. Parecía muy asustado y se había cagado varias veces.

Lo deposité en el suelo. La cocina no tenía demasiados escondrijos y dejarlo libre en aquellas condiciones no parecía arriesgado; estaba asustado y abatido y supuse que no volaría. Lo toqué con el dedo, empujándolo varias veces para comprobar su reacción. Ni se movió. Sólo jadeaba y observaba.

Arranqué todo el papel de la cesta, descartándola. Lo introduje en la caja de los puros. Unas cuantas cagadas más no importaban. Me fui a la cama.

Al día siguiente, a las diez de la mañana, ya tenía una jaula y dos cajas de alpiste. Cogí el taladro e instalé dos escarpias en la terraza. Colgué la jaula, con su canario dentro, y me pareció que se sentía alegre en su nuevo hogar. Saltaba de un palo a otro, se bajó a comer y a beber y di por seguro que a partir de entonces permanecería conmigo.

A eso del mediodía, sonó el timbre. Era un vecino que me preguntó sobre un pájaro que se le había escapado. Le dije que no sabía nada al respecto. Cerré la puerta y sonreí.

Mi examen no pudo ir mejor. De regreso a casa, lo primero que hice fue saludar a Pelucho. Mis regresos de las clases eran mucho más esperanzadores, con aquella mascota esperándome.

Cada mañana, antes de las clases, colgaba su jaula en la terraza. A mi regreso, en la tarde noche, la descolgaba y la metía en la cocina, junto al radiador. Entonces recogía su cabeza entre las plumas y dormía apoyado sobre una pata. Limpiaba su jaula a diario y rellenaba sus recipientes con agua y alpiste. Pero Pelucho no cantaba. Solía sacarlo de la jaula para jugar con él. Sin embargo, apenas se movía y no piaba; ni siquiera hacía intentos por retomar el vuelo. Al principio imaginé que era debido a su nueva situación, pero con el paso del tiempo terminé por asimilarlo.

A mediados del otoño observé que Pelucho se deterioraba. Poco tenía que ver con aquel hermoso ejemplar que una noche de verano volara hasta mi terraza. Sus plumas estaban desordenadas y sucias y su cola recortada. Se había quedado completamente calvo y el veterinario me recetó unas gotas que mezclaba con el agua. Me dijo que debía alejarlo del radiador, y que no cantaba porque era hembra. Pelucho no cantaría jamás, y ni siquiera su nombre parecía apropiado.

A pesar de mis cuidados y de toda la atención prestada, Pelucha continuaba perdiendo plumaje. Pronto se transformó en un minúsculo pedazo de carne pálida con multitud de puntos negros y dos ojos enormes. Su vientre se hinchó y un prominente edema deformó su aparato genital, transformándolo en un anillo enrojecido y sanguinolento.

No sabía muy bien qué hacer con ella. Me había decepcionado, sin duda, y yo a ella. Supuse que moriría pronto, ya que parecía muy enferma, y comencé a descuidarla. Debía quedarle poco tiempo, y aunque no quería contagiarme de su infección, continué alimentándola con el alpiste y la lechuga, mezclando las gotas que me recetó el veterinario con el agua… hasta que dejé de hacerlo.

Transcurrieron varias semanas y mi canario tenía peor aspecto. A pesar de todas aquellas enfermedades, una extraña fuerza la mantenía con vida. Parecía en las últimas, sólo era cuestión de tiempo.

Pelucha era muy sucia. Las hojas de lechuga que picoteaba se iban secando y mezclándose con las cáscaras del alpiste y las heces, que se le adherían en las uñas de las patas, conformando unas endurecidas costras que resonaban cuando saltaba de un palo a otro de la jaula. Un día me percaté de que le faltaba un dedo. Supuse que una de esas costras se le habría enredado entre los barrotes. Pero Pelucha no hablaba. Tampoco cantaba.

Comencé a olvidarme de rellenar sus recipientes de comida, quizá a propósito. Cada mañana le colgaba entre los barrotes un par de hojas de lechuga. Le gustaba la lechuga, y así no tenía que limpiar ni tocar los recipientes, ni siquiera la jaula. A pesar de que jamás hubiese cantado ni alzado el vuelo, a pesar de haberse transformado en un cuerpo infecto y agónico cuyo inminente desenlace ansiaba, la alimentaba cada día.

El nivel de los residuos crecía. Las cáscaras de alpiste, la lechuga y las heces conformaban una sólida estructura. Hacía meses que no metía la jaula en la cocina por las noches y sobrepasaba los dos kilos de peso. Pelucha había perdido todo su plumaje y sólo acercarme a su jaula me producía náuseas.

Me sentía decepcionado. Había hecho de mi ilusión un fracaso, y no contenta con ello había transformado mi terraza en un basurero. El nivel de estiércol alcanzaba la mitad de la jaula, pero ella continuaba en su afán por ensuciar, con tal de fastidiarme. Estaba pelada y esquelética, con la totalidad de su piel recubierta por puntos negros apostillados, con el vientre inflamado y brillante, las uñas de sus patas retorcidas y cubiertas de heces endurecidas, a causa de las cuales había perdido varios dedos. Pero se negaba a sucumbir. Pelucha sólo pensaba en sí misma.

Una infección prosperó en sus ojos. Se le hincharon tanto, que parecían dos pelotas amoratadas. Más tarde, perdió la visión de un ojo como resultado de la misma. Su pupila era blanca y cuando se ponía de perfil, el del ojo ciego, me divertía moviendo mi mano, acercándola y alejándola con rapidez. ¡Ni se enteraba! Repetía lo mismo por su lado bueno y se recogía asustada. ¡Pelucha estaba viva! La despreciaba con todas mis fuerzas. Mi bello canario era un monstruo.

Una mañana dejé abierta la puerta de su jaula. Por la noche continuaba allí. Pelucha no parecía dispuesta a ponérmelo fácil. Pretendía martirizarme y haría lo que fuese con tal de lograrlo.

El volumen de estiércol aumentaba, a pesar de escaparse por la puerta de la jaula. Pero llegó un momento en el que hizo techo. Pelucha se buscó un rincón y desde entonces permaneció contra los barrotes, aplastada por sus propios residuos, en el frontal de la jaula. Ya no era más que un pellejo arrugado y retorcido, apenas reconocible, aunque su pico y el vientre por el que expulsaba las heces, todavía eran visibles entre los barrotes.

A menudo pensaba sobre aquel pájaro. Sabía que aquello no duraría mucho. En cualquier momento la encontraría rígida y todo terminaría. Esperaba aquel momento con impaciencia.

Transcurrían los días, las semanas y los meses... Pelucha seguía comiendo la lechuga que yo le colgaba. Deseaba su muerte. Sin embargo, cada mañana su corazón latía entre los barrotes. Me atormentaba la idea de que Pelucha pretendiera sobrevivirme.

Una fría mañana la encontré muerta. Su corazón, hinchado y amoratado, había dejado de latir.

Abrí una bolsa de basura e introduje la jaula con Pelucha en su interior. Pesaba varios kilos.

—Asunto concluido —suspiré.


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«Accidente en la fábrica de chorizos», un libro de Rafael Moriel

«Mi bello canario» es un relato perteneciente al libro de relatos "Accidente en la Fábrica de Chorizos", escrito por Rafael Moriel y disponible en papel de tapa blanda y ebook.


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Accidente en la fábrica de chorizos,
un libro de Rafael Moriel

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Atentamente:
Rafael Moriel

martes, 10 de agosto de 2021

The Straight Story (una historia verdadera), de David Lynch


Ficha Técnica

The Straight Story (una historia verdadera),
de David Lynch



Título original: The Straight Story
Dirección: David Lynch
Guión: John Roach, Mary Sweeney
Música: Angelo Badalamenti
Fotografía: Freddie Francis
País: Estados Unidos
Año: 1999
Duración: 111 min.
Género: Drama | Basado en hechos reales. Vida rural (Norteamérica). Road Movie. Vejez/Madurez. Cine independiente USA. Película de culto
Reparto: Richard Farnsworth, Sissy Spacek, Harry Dean Stanton, Everett McGill, John Farley, Jane Galloway Heitz, Dan Flannery, Kevin P. Farley, Wiley Harker, Tracey Maloney
Productora: Coproducción Estados Unidos-Francia; Studiocanal, Les Films Alain Sarde, The Picture Factory, Film4 Productions, Asymetrical Production, Ciby 2000

Sinopsis


Alvin Straight (Richard Farnsworth) es un achacoso anciano que vive en Iowa con su hija discapacitada (Sissy Spacek). Además de sufrir un enfisema y pérdida de visión, tiene graves problemas en sus caderas, que casi le impiden permanecer de pie. Cuando recibe la noticia de que su hermano Lyle (Stanton), con el que está enemistado desde hace diez años, ha sufrido un infarto, y a pesar de su precario estado de salud, decide ir a visitarlo a Wisconsin. Para ello tendrá que recorrer 500 kilometros, y lo hace en el único medio de transporte del que dispone: una máquina cortacésped.


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Basada en hechos reales, Straight Story es una película entrañable, en la que resulta imposible no dejarse atrapar por el aura de su anciano protagonista, que realiza un viaje de más de cinco semanas, montado en una pequeña máquina cortacésped que arrastra un improvisado remolque. El viejo Alvin intuye que debe realizar el trayecto únicamente de aquel modo, y el camino recorrido supone toda una penitencia, repleto de personajes que van apareciendo en escena y que, en cualquier caso, interactúan y conectan con él: en unos casos Alvin hace de sabio consejero, y en otros simplemente participa, o se deja ayudar, llegando a confesar sus más íntimos secretos.

The Straight Story es una estupenda película, sin un ápice de maldad. Para su anciano protagonista no podía ser de otro modo, puesto que con todo aquello con lo que no se encontraba en paz, logra estarlo finalmente: acaso como si el camino de regreso no existiera, o no importase.

Ignoro hasta qué punto el propio Richard Farnsworth pudo tener algo que ver en el desarrollo de la película, pues tras entrevistarse con David Lynch para interpretar su papel, le hizo saber que no trabajaría en la película, si incluía tacos o violencia. Se cuenta que David Lynch se comprometió con él a que en ningún caso sería así, y el resultado está a la vista: nadie negaría su apoyo al entrañable Alvin, en una película en la que el mayor despropósito es un camión que circula por la carretera, cuya estela de viento logra arrebatarle el sombrero al viejo Alvin. .




Atentamente:
Rafael Moriel

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