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domingo, 3 de noviembre de 2019

LA BOTICA, Revista Literaria-3 (Evolución)







Nota: el presente post es una continuación del post publicado anteriormente, que lleva por título «La Botica, Revista Literaria-2 (Asociación Cultural)».



Durante los doce años que presidí la asociación cultural «La Botica», alrededor de la cual editábamos la revista, me dediqué a conformar y maquetar la publicación, elaborando los proyectos que presentábamos a las instituciones, patrocinadores, etc., organizando numerosos recitales literarios junto a mi compañero Jorge Girbau Bustos, en los que participaban los propios escritores, así como músicos y otros artistas.

Personalmente, durante los primeros años mantuve un intenso contacto social, e incluso frecuentaba los festivales, etc., así como las presentaciones de otros artistas vitorianos. Sin embargo, poco a poco dejé de hacerlo. En el año 2002 me mudé a vivir al barrio de Lakuabizkarra, lo cual me aisló aún más.

Me gano la vida trabajando en la empresa privada, e incluso en ocasiones he frecuentado el horario a tres turnos. En aquella época, llegué a compaginar mi empleo en la empresa privada con la impartición de cursos de formación técnica para diferentes instituciones, a los que dediqué siete años de mi vida. Absorvido por la vorágine del día a día, dejé de frecuentar los ambientes artísticos y de relacionarme con otros artistas y escritores; simplemente no podía permitírmelo, por una cuestión de tiempo. Aun así invertía todo mi tiempo libre en labores técnicas y de organización de la asociación, incluyendo mis vacaciones y puentes festivos, etc. Sólo así era posible dar forma a las publicaciones y los proyectos que fuimos sacando adelante. Yo era una hormiguita que no cesaba de trabajar, en ocasiones acaso como un estoico masoquista en solitario.

Con el paso del tiempo y la experiencia acumulada, logramos dar forma a las sesenta y cuatro páginas que conformaban las diferentes secciones de «La Botica, revista literaria», de un modo magistral. Sucedió paulatinamente, culminándose en el momento en el que decidimos dedicar las dos páginas centrales al género del cómic, de la mano de Oskar Blanco, que editaba asimismo el fancine «Zócalo» en Bilbao.

Nuestros protocolos de funcionamiento interno eran siempre los mismos. Tras maquetar cada nuevo número, entregábamos un borrador a la imprenta, y ésta nos devolvía una copia impresa para validar. Sin embargo, a menudo había problemas, puesto que a pesar incluso de haber validado el ejemplar de prueba, las imágenes del interior de la revista se imprimían pixeladas, a pesar de entregarlas en formato digital de máxima resolución; otras veces aparecían cambiadas de sitio, incluso los colores de la portada o de la contraportada distaban de ser los originales, y eso fue motivo de grandes disgustos para algunos artistas plásticos. De cualquier forma, yo siempre acababa enfadado porque habían cambiado algo, y no lográbamos entender por qué razón. Mi compañero Jorge se lo tomaba con más calma, y finalmente terminábamos asumiendo que no podíamos hacer nada al respecto.

El reparto de los ejemplares lo realizábamos al cincuenta por ciento, entre Jorge y yo. Abarcábamos toda la ciudad y otras localidades colindantes. Entregábamos ejemplares a los colaboradores, tanto literarios como artísticos, e incluso los enviábamos fuera de la provincia de Álava si era necesario, utilizando el correo ordinario. Si los colaboradores de la revista se ofrecían a repartir ejemplares, les entregábamos unos 350, que eran los que cabían en una caja. Por otro lado, siempre mantuve correspondencia con aquellas personas que escribían a la redacción, y aunque me costara tiempo responderles, al final terminaba haciéndolo, incluso enviándoles ejemplares si lo solicitaban expresamente.

Los años fueron pasando. La revista tenía muy buena acogida y el índice de rotación era muy alto; su formato de reducidas dimensiones facilitaba, entre otras cosas, que los ejemplares permanecieran largo tiempo entre el material de lectura de cafeterías y otros locales públicos, rotando de mano en mano. Las páginas de la revista eran leídas a diario por mucha gente.

Distribuir 1750 ejemplares terminó por hacerse cuesta arriba, al menos para mí, teniendo en cuenta que llegaba a casa después de trabajar y debía realizar diferentes tareas, además de escribir mis propios textos. También preparaba las clases de los cursillos que impartía como profesor, además de cocinar y limpiar la casa, etc. Recuerdo perfectamente que en ocasiones me presentaba en los lugares de entrega con los ejemplares, y la persona a quien se los entregaba no sabía quién era yo, e incluso me confundían con un repartidor. Sin embargo, el interés mostrado por la revista era tal, que cuando comprobaba lo mucho que se alegraban al recibirla, haciéndome saber que llevaban tiempo esperándola, era razón de sobra para continuar invirtiendo mi tiempo y mi esfuerzo; especialmente en el hospital, recuerdo cómo tenía muy buena acogida, y el propio personal se encargaba de repartir los 350 ó 700 ejemplares que yo les entregaba, entre las consultas, etc. Para mucha gente, nuestra revista era un referente inequívoco y uno de los más importantes valores culturales de la ciudad. Con eso me conformaba, y por ello continué desempeñando mis labores durante todos aquellos años; seleccionando, maquetando y dando forma a las diferentes secciones de la revista, organizando recitales literarios en los que a veces resultaba muy difícil, por no decir imposible, reunir a cuatro colaboradores a la misma hora en un lugar concreto.

La portada de la revista corría a cargo de un pintor, y la contraportada estaba reservada para un fotógrafo, ambas a color. Jorge mantuvo un contacto directo con la mayoría de artistas de la capital alavesa, y él fue quien consiguió la gran mayoría de portadas y contraportadas, todas ellas muy interesantes y acertadas. La página número uno siempre estaba conformada por una ilustración artística en blanco y negro, relaccionada con el significado del logo de «La Botica, revista literaria», y los huecos sin texto que quedaban libres entre las páginas se rellenaban con un monográfico de imágenes de un artista, o un colectivo. Mi idea de que la revista abriese las puertas a escritores desconocidos fue siempre una máxima; «La Botica, revista literaria» jamás fue un gueto cerrado de ego henchido. Las secciones iniciales como «Alternativas Literarias» evolucionaron desde meros consejos y la didáctica para escritores noveles, hacia el ensayo y la crítica artística de autor, siempre orientados hacia un enfoque literario y creativo. Cualquiera que lo deseara tenía derecho a publicar y recitar en público. «La Botica, revista literaria» incluía todos los géneros literarios; jamás ha existido una publicación tan abierta y libre en Vitoria-Gasteiz, que diera oportunidades a gente tan diferente, más de trescientos creadores en total.

Me siento orgulloso de haber representado los intereses de un proyecto tan interesante, junto a mi compañero Jorge. Durante mis encuentros con los políticos y otros líderes institucionales, aproveché cada ocasión para resaltar el modo en que llevábamos a cabo la distribución de los ejemplares, aduciendo que había muchos lectores a los que no lográbamos llegar, y justificándolo mediante los tickets de entrega en los que registrábamos el número de ejemplares entregados (normalmente eran diez o veinte en cada local) y el sello y la firma del local donde se efectuaba la entrega. Cuando acudía a las reuniones con los representantes de las instituciones patrocinadoras, yo siempre les salía por donde no se esperaban: no nos daban dinero, no hasta que pasaron 9 años, pero aproveché cada uno de aquellos encuentros, incluso en los momentos de mayor crisis, para solicitar un aumento de la tirada. De 500 ejemplares iniciales pasamos a 1000, 1500, 3000, hasta los 3500. Algunos incrementos fueron logrados en el peor momento de la historia de «La Botica, revista literaria», precisamente cuando fuimos censurados y una tirada de 3000 ejemplares fue destruida íntegramente, en un momento en el que estuvimos a punto de desaparecer, tras más de dos años censurados sin poder publicar. Desarrollaré en mi siguiente post el tema de las censuras a las que fuimos sometidos, aunque afortunadamente superamos aquel bache, y lo hicimos de un modo magistral, aumentando la tirada hasta los 3500 ejemplares.

En la literatura, el objetivo primordial no debe ser figurar en prensa o en televisión, etc. No se trata de ser importante, o de que te reconozcan por la calle, de alguna manera. Lo importante y lo más difícil es conseguir lectores, y ahí radica el verdadero objetivo. Con «La Botica, revista literaria» llegamos a lograrlo; por eso fue un gran éxito, por eso y no por otra cosa.




Si deseas conocer los detalles y pormenores de la historia de «La Botica, revista literaria», número a número, pincha aquí.



Atentamente:
Rafael Moriel

domingo, 15 de septiembre de 2019

LA BOTICA, Revista Literaria-2 (Asociación Cultural)







Nota: el presente post es una continuación del post publicado anteriormente, que lleva por título «La Botica, Revista Literaria-1 (El Comienzo)».



Para la portada del primer número de «La Botica, revista literaria» tuvimos la suerte de contar con la colaboración del artista Simónides, que nos cedió un dibujo inspirado en un microcuento que yo había escrito y le regalé unos días antes. Llevaba por título «El Tornillo», y encabezó nuestro primer editorial, firmado por Jon Uriarte Gómez, que era un seudónimo de los que yo utilizaba por entonces. Simónides diseñó la primera portada, y a él le siguieron otros tantos artistas.

Necesitábamos ampliar la redacción y fichamos al poeta Javier Ortiz de Zárate, con lo que pasamos a ser tres responsables. Por otro lado, ciento veinticinco ejemplares eran muy pocos, y era preciso aumentar la tirada. Pedimos presupuestos en diferentes imprentas; el dueño de la imprenta Dádiva, poeta y editor de algunos números de su propia revista literaria, nos hizo la propuesta más económica e interesante de todas. Decidimos publicar 500 ejemplares al precio de 300 pts cada uno. La maquetación del número uno corrió a cargo de Arantza Íñiguez de Onsoño, que por aquel entonces solía ilustrar algunos de mis relatos cortos.

Alquilamos un apartado de correos. Recibimos muchas colaboraciones literarias. Por las tardes nos reuníamos en casa de Javier Ortiz de Zárate, para seleccionar a los veinte afortunados que llenarían las 64 páginas de la revista. Cada uno de nosotros leía los originales en su casa, y después se los pasaba al siguiente; al terminar la ronda nos citábamos para llevar a cabo la selección de los textos, que era una total democracia; debatíamos y repetíamos las votaciones si era preciso, aunque lo cierto es que todo el proceso nos ocupaba demasiado tiempo. Después de todo, aún debíamos buscar inspiración para escribir nuestros propios textos en el escaso tiempo que nos quedaba libre, además del trabajo con el que ganarnos la vida, y todo lo demás.

Acudimos a los periódicos, y todos ellos hicieron eco de la noticia. Recuerdo que una periodista se puso en contacto conmigo, a nivel particular; yo estaba aparcando mi coche cuando sonó el móvil, y me entrevistó de una forma algo apresurada, sin que me diera tiempo a quitarme el cinturón de seguridad. Respondí a una serie de preguntas que iban sucediéndose, una tras otra, sin apenas pausa. Ése fue mi primer contacto con la prensa, a título personal; pocos días después ojeando el periódico, pude ver mi rostro junto al encabezado de la portada del diario, con el siguiente titular: «Publicar un Libro es Casi Imposible, Rafael Moriel». Aquello me provocó sentimientos encontrados que me hicieron reflexionar. Habíamos visitado los tres juntos las redacciones de los periódicos, donde nos habían hecho incluso una serie de fotografías, y posteriormente me habían telefoneado desde uno de aquellos diarios, a título particular. Aparecer en la portada de un periódico, en solitario, no era mi objetivo, y mucho menos acaparar toda la atención, en una entrevista tan personalizada. El objetivo no debía ser otro que promocionar nuestra revista literaria. Por ello, reuní a mis compañeros para explicarles que los derroteros por los que había acontecido la noticia distaban algo del objetivo, y me disculpé con ellos en cierto modo, asegurándoles que nunca más dejaría que ocurriese algo parecido. Y así fue: lo importante era el proyecto, «La Botica, revista literaria».

El número uno se distribuyó y vendió con gran éxito en el Café Arte de Vitoria, además de varias librerías y bares, etc., algunos de los cuales aportaron dinero a cambio de un pequeño espacio de publicidad en la contraportada. Finalmente, el número uno superó el éxito de su predecesor, y nos habíamos estrenado en presentaciones de prensa y radio, entretanto íbamos creando un entramado de distribución que incluía librerías y locales comerciales, cafés y bares artísticos, etc.

Poco tiempo después Arantza decidió dejar la maquetación para dedicarse a sus propios asuntos, y yo tomé las riendas de la parte técnica, estrenándome con la maquetación del número dos. A decir verdad estaba pésimamente maquetado, y la imprenta nos lo hizo saber, pero continuamos adelante a pesar de todo; tan sólo con el paso del tiempo aprendí a maquetar correctamente, e incluso llegué a trabajar durante algunos años como redactor técnico, en una empresa multinacional.

Tras cinco meses desde la edición del número uno, publicamos el número dos. En ambos casos logramos vender suficientes ejemplares como para obtener un margen de beneficio con el que pagar a la imprenta, más un veinte por ciento de ganancia sobre el precio de venta al público, para el beneficio de los comerciantes. Distribuíamos los ejemplares por los diferentes locales comerciales y transcurrido un tiempo, regresábamos a recoger los sobrantes y saldar cuentas. A decir verdad, todo el proceso era complejo y hacía falta mucho tiempo y paciencia; de veras que suponía un esfuerzo titánico, y me sentía obligado a tomar una consumición en cada uno de los bares que visitaba, lo cual incrementaba el tiempo invertido.

Al término de un recital literario en el que llevamos a cabo la presentación del número dos de «La Botica, revista literaria» en el Café Arte de Michel Martínez Vela, me di cuenta de que Javier había cambiado de actitud. Esa misma tarde le había llevado una caja de ejemplares para que los repartiera, y me percaté de que se la dejaba olvidada en el interior del bar. Entonces me acerqué a él y le pregunté qué le ocurría; él no podía ocultar que algo le preocupaba, y terminó reconociendo que no había sido capaz de integrarse en nuestro equipo y que, entre Jorge y yo había muy buena conexión y él no se sentía capaz de luchar con fuerzas para estar a nuestra altura.

Hablé con Jorge y decidimos regresar a los inicios, cuando sólo éramos dos responsables; al fin y al cabo, Javier tenía razón: Jorge y yo hacíamos muy buen equipo, y además de grandes amigos, éramos perfectamente capaces de hacerlo todo por nuestra cuenta. Javier no pudo encontrar su hueco y no se sentía con ánimo de intentarlo, dando por finalizada su aportación como responsable de la revista.

Mi compañero Jorge Girbau Bustos frecuentaba asiduamente las reuniones y presentaciones de otros artistas, y pasó a ejercer como relaciones públicas de la revista, además de otras labores de redacción y selección de textos. Yo desempeñaba mayormente labores técnicas de maquetación, redacción, edición y diseño de carteles, web, etc., con lo cual fuimos encontrando nuestro sitio, sin apenas darnos cuenta.

Lo que vino poco después no podría ser mejor. «La Botica» funcionaba como proyecto. Comenzamos a ser muy populares en Vitoria-Gasteiz, y constantemente nos hacían propuestas de recitales literarios o participaciones en eventos, donde los colaboradores de la revista recitaban sus textos. «Creció como la espuma», para nuestro asombro; el proyecto tenía muy buena energía, y había muchos escritores y artistas dispuestos a colaborar. Sin embargo, había algunos problemas incómodos que debíamos resolver: al recoger los ejemplares sobrantes de los locales de distribución, algunos comerciantes aducían extravío de los sobrantes, y comenzaba a haber problemas para cobrar el dinero. La realidad siempre ha superado a la ficción, y hubo algún caso que nos sorprendió de modo ingrato.

A pesar del éxito, era un buen momento de reflexionar: el número dos de la revista había obtenido peores ventas, y tras analizar el por qué, caímos en la cuenta de que había diversos factores, como el mes elegido para llevar a cabo la presentación de la revista a la prensa y radio, etc., que habían influido en su difusión, puesto que algunos festivales y eventos locales habían eclipsado la noticia.

Comenzamos a mirar hacia las instituciones públicas. La solución pasaba por registrarnos como asociación, lo cual presentaba ciertas ventajas, además de librarnos del incómodo trato con los comerciantes. La primera subvención que nos concedieron fue ridícula; «se dice el pecado y no el pecador», pero nos subvencionaron con la cifra de ciento veinte euros, que apenas alcanzaban a costear el apartado de correos, y poco más. A pesar de ello y dando un giro inteligente, solicitamos la impresión gratuita de los ejemplares en lugar del dinero. Si hay algo que dominábamos era la tenacidad, y aquello fue una jugada maestra.




Si deseas conocer los detalles y pormenores de «La Botica, revista literaria», número a número, pincha aquí.



Atentamente:
Rafael Moriel

domingo, 1 de septiembre de 2019

LA BOTICA, Revista Literaria-1 (El Comienzo)







Corría el tórrido mes de agosto de 2000 cuando, paseando junto a mi amigo Jorge Girbau Bustos, decidimos iniciar un proyecto literario que se convertiría en el más interesante y exitoso de la ciudad de Vitoria-Gasteiz durante los doce años siguientes.

Los orígenes de «La Botica, revista literaria» se remontan hasta el grupo de creación Entrecomillas, al que pertenecí desde sus inicios y hasta su disolución, y que fue liderado por mi gran amigo y escritor Juan Navidad, que en un momento dado decidió marcharse a vivir a otra ciudad.

Disuelto Entrecomillas, sus diferentes vertientes quedaron sin liderazgo. Algunos miembros del grupo me sugirieron que tomara el relevo, pero hacía tiempo que tenía en mente editar una revista literaria como proyecto exclusivo, y no veía posible llevarlo a cabo junto a ellos, pues a mi juicio no tenían las ideas claras.

Por aquella época, Jorge Girbau Bustos y yo nos entregábamos a largos paseos en los que charlábamos. El mes de agosto estaba siendo algo aburrido y ambos necesitábamos algo de acción. Tras hacerle partícipe de mi proyecto, decidió sumarse con los ojos cerrados; él había pertenecido al grupo de teatro y representaciones en el seno de Entrecomillas, pero era un autor literario que escribía mucha poesía, y parecía dispuesto a aventurarse con todas las consecuencias. Sin su colaboración hubiera sido imposible llevar a cabo aquel proyecto; a decir verdad, nada de lo que ocurrió posteriormente hubiera sido posible sin nuestros talentos y esfuerzos sumados en un objetivo común. Jorge y yo éramos grandes amigos, y continuamos siéndolo durante muchos años después, liderando y conformando la popular revista literaria alavesa «La Botica», algunos de cuyos detalles iré desglosando y analizando en los próximos posts de este blog.

Nuestro primer paso fue reunir colaboraciones literarias de algunas de las «plumas» más populares de la capital alavesa. En el café Carusso de Vitoria sentamos las bases del proyecto. Yo provenía del grupo de publicaciones en el seno de Entrecomillas, donde ya habíamos editado un número de la revista literaria «Rabia», que tuvo una pésima distribución al coincidir con la marcha de Juan Navidad y la posterior crisis surgida en Entrecomillas. Personalmente, la literatura y las actividades literarias nunca han tenido mucho sentido para mí sin la existencia de las publicaciones, y tenía muy claro, a grandes rasgos, cómo quería editar «La Botica, revista literaria». Estaba tan convencido de su formato como del enfoque abierto a todos los géneros literarios, al contrario que otras revistas literarias a las que nos tenían acostumbrados, orientadas principalmente a un grupo minoritario de autores que frecuentaban la poesía y que, a mi juicio, tan sólo llegaban a una pequeña parte del público amante de la LITERATURA. Tenía claro que jamás lideraría un proyecto ingenuo y minoritario, y mi mayor logro consistió en haberlo hecho posible durante los años que codirigí la revista y presidí la asociación que Jorge Girbau Bustos y yo crearíamos posteriormente.



La revista debía tener un nombre, y a mí se me ocurrió «La Farmacia», entretanto adquiría medicamentos en una farmacia de guardia. Más tarde y por sugerencia del poeta Mariaño Íñigo (DEP), el nombre derivó en «La Botica, revista literaria», que posteriormente acabó representando un pequeño logotipo de una bota graciosa en lugar de un almacén de medicamentos.

Editamos ciento veinticinco ejemplares iniciales. Yo mismo los imprimí y los preparé en mi casa, con una encuadernadora que utilizaba para enviar manuscritos a las editoriales. Gracias a la inestimable ayuda de Michel Martínez Vela, que por aquel entonces regentaba el mítico y popular Café Arte de la capital alavesa, situado en la calle Siervas de Jesús, la tirada se agotó rápidamente y pudimos comprobar que nuestro proyecto literario tenía un futuro muy prometedor. También colaboró el poeta y fotógrafo Javier Sánchez, sin cuya ayuda no hubiésemos podido editar la portada de la revista. Vendimos todos los ejemplares a un precio de ciento cincuenta pesetas y los lectores ya aguardaban la publicación del siguiente número, que al menos durante el año siguiente tuvo una periodicidad trimestral.

«La Botica» fue el proyecto que deseaba llevar a cabo. Llegamos a imprimir tiradas de tres mil quinientos ejemplares por número publicado. Diecinueve años después, estoy convencido de que tuve una gran visión: editar una revista literaria abierta a todos los géneros literarios, permitiendo publicar textos a aquellos escritores que, manteniendo una producción literaria constante, no tenían opciones de publicar. Me siento muy orgulloso de haber sido capaz de llevarlo a cabo durante doce años.

Junto a mi compañero Jorge y con nuestra asociación cultural, logramos promocionar algunos trabajos de más de trescientos escritores, colaborando con artistas plásticos, fotógrafos y otros creadores gráficos, a lo largo de dieciocho números editados y dos libros de autores compartidos. El éxito del proyecto radica en la suma de esfuerzos y talentos, y a pesar de todo el trabajo y el tiempo invertidos, mereció la pena sin duda alguna.




Si deseas conocer los detalles y pormenores de «La Botica, revista literaria», número a número, pincha aquí.



Atentamente:
Rafael Moriel

miércoles, 11 de enero de 2012

Grupo de Creación «Entrecomillas»

Presentación de «Entrecomillas» (Canal Gasteiz, 1998)


El grupo de creación «Entrecomillas» nació a raíz de un certamen literario organizado por Juan Navidad, el día nueve de enero de 1998. Anunciado en prensa y celebrado en la tetería «El jardín de Atrás», sita en la calle Correría, de Vitoria-Gasteiz, el concurso se dividía en las categorías de poesía y relato. Los participantes, que asimismo conformaron el jurado, aportaron un libro y una moneda de 100 pesetas como premio para los ganadores, y fue tal la energía surgida a raíz de aquel encuentro, que muchos de ellos decidieron formar un grupo de creación con el objetivo de realizar actividades de creación conjuntas.

«Entrecomillas» desarrolló numerosas actividades que tuvieron eco en los medios de comunicación. Por su seno pasaron más de treinta creadores, entre los cuales todavía hoy en día existen lazos, e incluso diversas actividades literarias y culturales.

Entrecomillas
(Foto de grupo)
En el seno de «Entrecomillas» fluyeron dos vertientes: la primera y mayoritaria, formada por los miembros más jovenes, dedicó su esfuerzo a representar obras de teatro propias y ajenas. A raíz de ello, algunos de sus miembros han pertenecido a grupos de teatro a nivel nacional. La segunda vertiente, orientada a las publicaciones es, sobre todo, la que evolucionó hasta el formato de la revista literaria «La Botica», inicialmente ideada por Rafael Moriel.

Juan Navidad,
fundador de «Entrecomillas»
La primera actividad del grupo fue su «agenda de marzo», que era pasada cada día a un miembro del grupo, escribiendo en ella sin leer a sus antecesores y dejándola en manos de otro miembro, con el objetivo de realizar una futura publicación con los textos reunidos. El grupo da a la luz su primera publicación conjunta, consistente en un gran sobre que contenía textos literarios de los miembros del grupo, en diferentes formatos: plegables, a colores, poesía, relatos, microcuentos, ilustraciones, reflexiones, separadores de libros, etc. Se instaló una mesa de venta en el mercadillo dominical de la Plaza de España, sumando otras ediciones de poemarios y relatos entre las que destacan los poemas de José Luis Guillerna, así como un libro de microcuentos y cassette con música y declamaciones de Rafael Moriel, narrando sus microcuentos.

El día veintiocho de marzo tuvo lugar la primera representación, «A ras de Fuego», en la localidad de Barría. El día dos de mayo comenzaron las animaciones callejeras en el casco viejo de Vitoria-Gasteiz, con los mercadillos que los comerciantes organizan el primer sábado de cada mes, que no dejaron de repetirse durante la existencia del grupo.

El día cinco de junio, Juan Navidad organiza una gaupasa literaria en la bolera del casco viejo, que comenzó a las 22:00 horas y se prolongó hasta las seis de la mañana del día siguiente. Entre sus actividades: «Kepa Agirre sin sus mariachis», una charla sobre tangos, cena de entrantes para el público asistente, música celta a cargo del grupo «Ceire», terminando con la intervención del grupo musical «Txomin eta Koes», que nació precisamente en el seno de «Entrecomillas» y moriría con él. Una Charla sobre comercio justo, representaciones de los miembros del grupo, charla sobre sexualidad a cargo de «Emize», y a las 04:15 de la madrugada la obra de teatro interpretada por miembros del grupo, «Mujeres al rojo vivo». Para terminar, proyección de cortometrajes a las 4:35, y a las 5:30 un karaoke acústico para los asistentes que aún se mantenían en pie, con temas a la carta que los miembros del grupo interpretaron con sus instrumentos. 6:00, despedida.

Gaupasa literaria
(bolera del casco viejo)

«El Club de los Poetas Locos»
Otras actividades dignas de mención, son:

El «Club de los Poetas Locos»: recital poético en la calles del casco viejo (13-6-98).
Recogida de más de 3000 libros para Cuba (28-6-98).
Actuación en el Gastetxe.
«Elecciones entrecomillas»: Parodia electoral.

Elecciones «Entrecomillas»
El grupo participa en varias representaciones y actos públicos, realizando su última aparición como grupo el día 15-4-1999, bajo el título de «Lo desconocido», consistente en un recital literario así como una puesta en escena de obras de los miembros del grupo, en el campus universitario de Álava.

Previamente a la disolución de «Entrecomillas», se llevó a cabo la publicación de un número 1 de la revista literaria «Rabia», que a causa de la marcha del fundador del grupo a otra ciudad, así como la falta de motivación de gran parte del grupo, pasó desapercibida, realizándose apenas la distribución de 50 ejemplares.

«Rabia» incluía textos bajo cinco monográficos diferentes: «Rabia», «La ciudad», «La muerte», «Amor/desamor» y «Generaciones», en un total de 64 páginas formato A4, incluyendo diversas ilustraciones e incluyendo poesía y prosa.

«Entrecomillas»
Representación en Barría
Acelerada la decadencia por la falta de locales donde reunirse, desaparecen las actividades de sus miembros, que comienzan a dedicarse a intereses personales. Un año y medio de vida, aunque intenso a juzgar por la huella que dejó en todos y cada uno de los que participamos de él.

Entrevista

Rafael Moriel (co-director de «La Botica»)

¿Qué significó para ti el grupo entrecomillas?

A decir verdad, me sería difícil explicar qué significó «Entrecomillas» aunque, a efectos prácticos, además de permitirme conocer a gente que compartía mi afición por escribir y con la que todavía hoy en día mantengo un contacto cordial... Entrecomillas significó la puesta en marcha de una auténtica alfaguara literaria que fluía en mi interior, y que gracias a mi esfuerzo me permitió llevar a cabo algunas de mis mayores ilusiones, como es la edición de «La Botica, revista literaria».


Atentamente:
Rafael Moriel