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viernes, 17 de diciembre de 2021

«Tintes de Tristeza y el kit de 30€», un relato de Rafael Moriel



Accidente en la fábrica de chorizos,
un libro de Rafael Moriel

Tintes de Tristeza y el kit de 30€

Fue a raíz de que se preguntara el porqué de su hábito circunspecto, cuando cayó en la cuenta de que la tristeza le era intrínseca. Ella conformaba su episodio más repetido e inmediato y él la reprimía, aparentando mostrar una imagen que ocultara su natural desconsuelo. Ésa parecía ser la clave de su compostura.

Frente a aquella revelación y por un instante, Louis deseó olvidarse de sí mismo y tras cerrar los ojos se imaginó renaciendo bajo la piel de otro hombre, como si acaso la vida le brindara una segunda oportunidad. Sus ojos parpadearon y entonces pudo verse bajo la apariencia de Dave, un amigo con el que esa misma tarde había tomado café. Louis se recreó en la sonrisa de su amigo, bajo unas anchas y pobladas cejas negras. Su nuevo aspecto lucía informal, con el cabello engominado, alegre e idealista. Incluso caminaba más erguido, ataviado en unos tejanos desgastados.

Así ocurrió durante unos minutos, donde todo a su alrededor parecía tener otro aspecto. Sin embargo, la tristeza continuaba ahí, bajo el hueso del cráneo. Louis era un poeta de mediana producción que daba tumbos por el mundillo literario, soñando figurar entre sus páginas. Pero no vivía de la poesía. Sobrevivía gracias al trabajo como operario en una cadena de producción donde su afición literaria era desconocida.

Aquel día cubrió el turno de mañana y tras comer se citó con Dave, en vista de que no era un buen día para los poemas. Tomaron café y se despidieron a eso de las cinco, tras lo cual montó en su coche y condujo hasta unos grandes almacenes, sin saber muy bien por qué.

Louis paseó por los pasillos del hipermercado, mirando los productos sobre las estanterías. Todo aquello estaba repleto de cosas: botellas de diferentes tamaños conteniendo productos diversos, galletas con multitud de sabores, chocolates de varios países con fresas y otras frutas, cajas de leche, bicicletas, ruedas de coche, libros y revistas, videojuegos, bombillas, lámparas, latas de cerveza, frutas y verduras, yogures, pizzas y quesos… Nada parecía interesarle, hasta que las vio. Aquellas mesas amontonadas en la sección de bricolaje llamaron su atención: mesas baratas donde leer el periódico o escribir una carta… Tras charlar con una dependienta del hipermercado, no se lo pensó dos veces. Cargó el paquete en el carro, se dirigió hasta la zona de cajas, pagó con su tarjeta de crédito y lo tumbó en el maletero del coche, tras lo cual condujo varios kilómetros por los pueblos de alrededor sin saber muy bien por qué, acaso como cuando había entrado en el hipermercado.

Una vez en casa, encendió un cigarrillo y se arrojó sobre el sofá, cambiando una y otra vez los canales del televisor. Al rato bajó al coche y cargó con la caja que contenía la mesa. La subió a casa y buscó un metro, comprobando las dimensiones de los espacios libres, hasta buscarle un rinconcito en el estudio. Decidido, conformó la mesa con los tornillos y las herramientas que incorporaba; recogió los plásticos y los cartones de embalaje, barrió el suelo y suspiró al comprobar lo bien que lucía aquella mesa. Aquel rincón había reclamado una mesa así durante años y Louis no se había dado ni cuenta; muchas desgracias humanas eran la misma cosa o algo parecido.

El estudio de Louis albergaba otra mesa de madera. Sin embargo, ésta le parecía especial: se trataba de una mesa de kit, un chollo por 30 €. Le hubiese gustado estrenarla escribiendo un poema. Era esa misma frustración de quien aguarda las vacaciones para llevar a cabo algo que ansía, y llega el momento y enferma o se deprime, o simplemente no empieza por el principio. Y allí estaba Louis, con tiempo para los poemas y privado de inspiración, deseando escribir lo primero que se le ocurriera e incapaz de comenzar.

A lo mejor me vendría bien un whisky, pensó. La luz del flexo y el whisky con los hielos, eso crea ambiente. Retomó la contemplación de su escritorio, preguntándose cuántas mesas podría haber comprado con todo el dinero que a lo largo de su vida se había gastado en whisky. Por un instante no supo a ciencia cierta a qué venía aquello. ¿Por qué bebía Louis? ¿Por qué la gente se esforzaba tanto y el mundo evolucionaba tan poco? Descorrió la cortina de la ventana y todas aquellas mesas de 30 € se le representaron en el aparcamiento de enfrente. Lo mejor sería regalarlas, pensó. La gente tendría una mesa sobre la que escribir su poema. Todo el mundo debería hacerlo.

Un pitido del teléfono móvil lo devolvió al mundo real: bip, bip... Las mesas desaparecieron. Sólo había coches: rojos, verdes, coches metalizados grandes y pequeños, de dos y cuatro puertas. La gente bebía en ocasiones, la gente pagaba un coche de vez en cuando; otras veces la gente no sabía qué hacer.

Louis corrió la cortina y se rascó la cabeza. Se dirigió hacia el tocadiscos, sobre el que descansaban un paquete de Lucky Strike y un encendedor azul. Contó los cigarrillos y extrajo uno. ¡Cuántas cosas se podían hacer sobre aquella mesa! Una mosca gorda se posó sobre el flexo. Se miraron. Louis tenía poco que ofrecer con su aspecto tan serio. La tristeza daba mucho de sí, pero la mosca era inquieta y no le dio una oportunidad. Despegó emitiendo un zumbido, entretanto Louis la observó marchar. No estaba mal eso de volar, pero sabía que él no lo lograría. Entonces se sentó frente a su escritorio: treinta euros, brillante, con olorcito a madera. Encendió el cigarrillo y chupó una calada. La luz del flexo hacía guiños a intervalos y el humo parecía azulado. Afuera, la gente caminaba en busca de cosas.

Alargó su brazo para coger el mando a distancia y encendió el televisor. Su tristeza arraigada lo acarició entonces. Louis se dejó querer. Lo cierto es que había algunas cosas que no lograba entender: ¿por qué el público de los programas que emitían por televisión aplaudía de aquel modo tan absurdo en los intermedios de publicidad? ¿Por qué los presentadores decían tantas tonterías, mintiendo y gesticulando como energúmenos? Ni siquiera entendía por qué había comprado aquella mesa de kit por 30 €. Todo eran dudas… Y entonces recordó a la muchacha que le había atendido en el hipermercado; sin duda alguna era lo mejor que le había ocurrido en todo el día:

Louis caminaba por entre los pasillos con su carro vacío, buscando algo para llenarlo. Se detuvo frente a todas aquellas mesas de kit, cuando ella se acercó y tras dirigirse a él, charlaron amablemente y le desembaló la mesa, mostrándole las piezas y el cajoncito que incorporaba. La muchacha se movía con gracia y se pilló un dedo que luego se chupaba, ligeramente refunfuñando. «Si no te gusta, guardas el ticket y te devolvemos el dinero», le dijo. ¡Era tan esperanzador encontrar algo humano entre tanta gente! Todo el mundo debería casarse con las dependientas de los hipermercados. Los presidentes deberían haber trabajado como cajeros; si acaso hubieran fregado portales estarían más cerca de la realidad. El mundo entero lo agradecería.

La mesa era simple. Acercó una silla, tomó un bolígrafo y un folio y escribió su poema de un tirón.

Solo

Azul
rojo y negro
Jazz.

Hay un par de cuadros colgados por ahí.
En uno puede verse a un guardia borroso
entretanto una pareja se abraza.
Todas mis cosas están aquí. Hay bolígrafos, discos y cables.
Así es mi habitación.
Nadie puede verla ahora.


Louis pensó que aquel poema era uno de los peores que había escrito jamás. Lamentable y autocompasivo. La mosca se posó sobre el flexo. Era horrible. Tenía trozos azules. Se miraron cara a cara hasta que retomó el vuelo. Louis decidió darle otra oportunidad; cualquiera la merece, pensó. Rompió su poema y lo arrojó a la papelera. Apagó el televisor, se levantó de la silla y entreabrió la ventana para dejar que el insecto escapara. Había algunas luces encendidas en el bloque de enfrente. Entonces imaginó a una vecina cualquiera en su cocina, preparando la cena, quizá cubierta por una ligera bata y unos pechos enormes envueltos en un sujetador blanco liso. Louis olisqueó con los ojos cerrados todos los pechos y los geles y los suavizantes de sus vecinas. Olían bien. Dejó la ventana y se sentó frente a su nueva mesa de escritorio, que había comprado sin saber muy bien por qué.

Jugueteó con el bolígrafo. Era anaranjado y transparente, de propaganda. El bolígrafo le pareció odioso, pues aún no era capaz de escribir directamente con el ordenador y le ponía nervioso apretar las teclas con apenas dos dedos y su sombra proyectándose sobre el teclado. Retomó los cigarrillos: quedaban tres. Extrajo uno y ya sólo quedaban dos. Mañana dejaré de fumar, pensó. Cogió la prensa. «Todo el mundo debería tener una mesa así», pensó. Abrió el periódico y pasó una tras otra, sus páginas. «ADIÓS AL GORILA ARTISTA», figuraba de cabecera en la última página del diario. Michael, «el gorila artista», había fallecido a los veintisiete años, de un fallo cardíaco. Michael se comunicaba con los humanos a través del lenguaje de los signos. Entendía palabras en inglés y prestaba atención a las interpretaciones musicales y a las obras de arte. Michael, el primate que coloreaba lienzos, había muerto ayer.

Louis detuvo su mirada en la fotografía de Michael pintando una acuarela. La imagen del gorila le transmitió una cierta melancolía; su misma tristeza arraigada, fluía con la lentitud de un pedo sin ruido a través de la última de las páginas de aquel diario, con la foto del gorila pintor. La tristeza se encontraba presente en cada uno de los pliegues que conformaban las carnes arrugadas de aquel animal. Sintió compasión de la bestia, al advertir la forma de su cráneo. Era ridículo. Deforme, como un balón de rugby. Se le ocurrió entonces que si todo el mundo pintara cuadros y prestara atención a las interpretaciones musicales y a las obras de arte, quizá si todo el mundo tuviese una mesa de kit de 30 € sobre la que escribir un poema, quizá él no fuera una persona tan seria y el público de los programas que emitían por televisión no aplaudiría todas aquellas mentiras y los presentadores no serían tan idiotas.

Dobló el periódico, depositándolo sobre la mesa. Era la hora de cenar. La horrible mosca con trozos azules había aprovechado su oportunidad. Louis cerró la ventana y apagó la luz.

Es una buena mesa, pensó. Sin duda alguna que prometía.


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«Accidente en la fábrica de chorizos», un libro de Rafael Moriel

«Tintes de tristeza y el kit de 30€» es un relato perteneciente al libro de relatos "Accidente en la Fábrica de Chorizos", escrito por Rafael Moriel y disponible en papel de tapa blanda y ebook.


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Accidente en la fábrica de chorizos,
un libro de Rafael Moriel

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Rafael Moriel

domingo, 14 de noviembre de 2021

«Mi Bello Canario», un relato de Rafael Moriel



Accidente en la fábrica de chorizos,
un libro de Rafael Moriel

Mi bello canario

Fumaba en la terraza y ya era de noche. Había estado todo el día estudiando para los exámenes y me apeteció echar un cigarrillo al aire libre. Entonces y entre la oscuridad, un aleteo llamó mi atención. Se trataba de algo pequeño y rápido que revoloteaba, procedente de algunos pisos más arriba.

Quedé inmóvil al comprobar que se trataba de un pajarillo, de color blanco a primera vista. Su revoloteo cesó al posarse en el saliente de la terraza, más allá de la barandilla. Me moví tan lentamente como pude, acercándome. Me miraba. Entonces abrí mis manos, y lo atrapé. Esperaba que hubiese echado a volar, o al menos que se resistiera al atraparlo. Pero no fue así. Pude sentir su caliente cuerpecillo como algo sensible y delicado entre mis manos.

Entré en la cocina y me puse manos a la obra. No tenía jaula. Estuve discurriendo cómo improvisar algo, y allí estaba la cesta de las patatas, metálica y enrejada. Mantuve al pájaro atrapado con una mano y volqué la cesta con las patatas, propinándole un par de golpes para desprender la suciedad, depositándola invertida sobre el suelo: cuatro paredes y un techo, con barrotes y todo. Sin embargo, aquel pajarillo, un hermoso canario, elegante y alargado, era demasiado delgado en comparación con el espacio libre entre los barrotes.

Corrí hasta el salón. En el primer cajón del mueble chino siempre estuvo la caja de puros que mi tío Domingo, el marinero, nos trajo de uno de sus viajes. La abrí con una mano y volteé los puros, introduciendo al pajarillo. Regresé a la cocina y recubrí toda la cesta con papel de periódico agujereado. Me hice con un par de tapas de botes de conserva y las introduje, con agua y migas de pan, bajo la cesta empapelada. La jaula estaba lista y la cena servida. Sólo faltaba el canario.

Abrí la caja de los puros, introduciendo mi mano en ella. Ni se movió. Arrinconado, se había cagado y me observaba, con los ojos abiertos todo lo más que podía. Sentí compasión de él. Tapé con mi mano la boca de la caja, dejando entre mis dedos el espacio suficiente para observarlo con detalle. Los pájaros son muy rápidos y aunque buscara un hueco por el que escapar, no le daría esa oportunidad. Nos observamos largo rato. Su plumaje era de un hermoso amarillo claro, tornando grisáceo y blanquecino en los extremos de sus alas.

Lo atrapé sin que opusiera resistencia. Levanté la cesta y lo introduje por debajo de ésta, depositándolo sobre el suelo. Cené en la cocina, a su lado. No hizo el más mínimo ruido.

Fregué mi plato y cerré los libros. Acostumbraba a guardarlos uno o dos días antes del examen, y decidí no preocuparme más por los detalles de las lecciones. El trabajo ya estaba hecho y otro día de estudio sólo aumentaría mi inseguridad. Ahora tenía un pasatiempo para olvidar mis exámenes.

Me arrodillé y levanté suavemente la cesta. Permanecía inmóvil, mirándome. Introduje mi mano. Se dejó atrapar. Lo extraje con delicadeza, sintiendo los pálpitos de su corazón. Tenía los ojos enrojecidos y permanecía con su pico abierto, jadeando. Entonces me di cuenta de que la tinta de los papeles de periódico le irritaba. Parecía muy asustado y se había cagado varias veces.

Lo deposité en el suelo. La cocina no tenía demasiados escondrijos y dejarlo libre en aquellas condiciones no parecía arriesgado; estaba asustado y abatido y supuse que no volaría. Lo toqué con el dedo, empujándolo varias veces para comprobar su reacción. Ni se movió. Sólo jadeaba y observaba.

Arranqué todo el papel de la cesta, descartándola. Lo introduje en la caja de los puros. Unas cuantas cagadas más no importaban. Me fui a la cama.

Al día siguiente, a las diez de la mañana, ya tenía una jaula y dos cajas de alpiste. Cogí el taladro e instalé dos escarpias en la terraza. Colgué la jaula, con su canario dentro, y me pareció que se sentía alegre en su nuevo hogar. Saltaba de un palo a otro, se bajó a comer y a beber y di por seguro que a partir de entonces permanecería conmigo.

A eso del mediodía, sonó el timbre. Era un vecino que me preguntó sobre un pájaro que se le había escapado. Le dije que no sabía nada al respecto. Cerré la puerta y sonreí.

Mi examen no pudo ir mejor. De regreso a casa, lo primero que hice fue saludar a Pelucho. Mis regresos de las clases eran mucho más esperanzadores, con aquella mascota esperándome.

Cada mañana, antes de las clases, colgaba su jaula en la terraza. A mi regreso, en la tarde noche, la descolgaba y la metía en la cocina, junto al radiador. Entonces recogía su cabeza entre las plumas y dormía apoyado sobre una pata. Limpiaba su jaula a diario y rellenaba sus recipientes con agua y alpiste. Pero Pelucho no cantaba. Solía sacarlo de la jaula para jugar con él. Sin embargo, apenas se movía y no piaba; ni siquiera hacía intentos por retomar el vuelo. Al principio imaginé que era debido a su nueva situación, pero con el paso del tiempo terminé por asimilarlo.

A mediados del otoño observé que Pelucho se deterioraba. Poco tenía que ver con aquel hermoso ejemplar que una noche de verano volara hasta mi terraza. Sus plumas estaban desordenadas y sucias y su cola recortada. Se había quedado completamente calvo y el veterinario me recetó unas gotas que mezclaba con el agua. Me dijo que debía alejarlo del radiador, y que no cantaba porque era hembra. Pelucho no cantaría jamás, y ni siquiera su nombre parecía apropiado.

A pesar de mis cuidados y de toda la atención prestada, Pelucha continuaba perdiendo plumaje. Pronto se transformó en un minúsculo pedazo de carne pálida con multitud de puntos negros y dos ojos enormes. Su vientre se hinchó y un prominente edema deformó su aparato genital, transformándolo en un anillo enrojecido y sanguinolento.

No sabía muy bien qué hacer con ella. Me había decepcionado, sin duda, y yo a ella. Supuse que moriría pronto, ya que parecía muy enferma, y comencé a descuidarla. Debía quedarle poco tiempo, y aunque no quería contagiarme de su infección, continué alimentándola con el alpiste y la lechuga, mezclando las gotas que me recetó el veterinario con el agua… hasta que dejé de hacerlo.

Transcurrieron varias semanas y mi canario tenía peor aspecto. A pesar de todas aquellas enfermedades, una extraña fuerza la mantenía con vida. Parecía en las últimas, sólo era cuestión de tiempo.

Pelucha era muy sucia. Las hojas de lechuga que picoteaba se iban secando y mezclándose con las cáscaras del alpiste y las heces, que se le adherían en las uñas de las patas, conformando unas endurecidas costras que resonaban cuando saltaba de un palo a otro de la jaula. Un día me percaté de que le faltaba un dedo. Supuse que una de esas costras se le habría enredado entre los barrotes. Pero Pelucha no hablaba. Tampoco cantaba.

Comencé a olvidarme de rellenar sus recipientes de comida, quizá a propósito. Cada mañana le colgaba entre los barrotes un par de hojas de lechuga. Le gustaba la lechuga, y así no tenía que limpiar ni tocar los recipientes, ni siquiera la jaula. A pesar de que jamás hubiese cantado ni alzado el vuelo, a pesar de haberse transformado en un cuerpo infecto y agónico cuyo inminente desenlace ansiaba, la alimentaba cada día.

El nivel de los residuos crecía. Las cáscaras de alpiste, la lechuga y las heces conformaban una sólida estructura. Hacía meses que no metía la jaula en la cocina por las noches y sobrepasaba los dos kilos de peso. Pelucha había perdido todo su plumaje y sólo acercarme a su jaula me producía náuseas.

Me sentía decepcionado. Había hecho de mi ilusión un fracaso, y no contenta con ello había transformado mi terraza en un basurero. El nivel de estiércol alcanzaba la mitad de la jaula, pero ella continuaba en su afán por ensuciar, con tal de fastidiarme. Estaba pelada y esquelética, con la totalidad de su piel recubierta por puntos negros apostillados, con el vientre inflamado y brillante, las uñas de sus patas retorcidas y cubiertas de heces endurecidas, a causa de las cuales había perdido varios dedos. Pero se negaba a sucumbir. Pelucha sólo pensaba en sí misma.

Una infección prosperó en sus ojos. Se le hincharon tanto, que parecían dos pelotas amoratadas. Más tarde, perdió la visión de un ojo como resultado de la misma. Su pupila era blanca y cuando se ponía de perfil, el del ojo ciego, me divertía moviendo mi mano, acercándola y alejándola con rapidez. ¡Ni se enteraba! Repetía lo mismo por su lado bueno y se recogía asustada. ¡Pelucha estaba viva! La despreciaba con todas mis fuerzas. Mi bello canario era un monstruo.

Una mañana dejé abierta la puerta de su jaula. Por la noche continuaba allí. Pelucha no parecía dispuesta a ponérmelo fácil. Pretendía martirizarme y haría lo que fuese con tal de lograrlo.

El volumen de estiércol aumentaba, a pesar de escaparse por la puerta de la jaula. Pero llegó un momento en el que hizo techo. Pelucha se buscó un rincón y desde entonces permaneció contra los barrotes, aplastada por sus propios residuos, en el frontal de la jaula. Ya no era más que un pellejo arrugado y retorcido, apenas reconocible, aunque su pico y el vientre por el que expulsaba las heces, todavía eran visibles entre los barrotes.

A menudo pensaba sobre aquel pájaro. Sabía que aquello no duraría mucho. En cualquier momento la encontraría rígida y todo terminaría. Esperaba aquel momento con impaciencia.

Transcurrían los días, las semanas y los meses... Pelucha seguía comiendo la lechuga que yo le colgaba. Deseaba su muerte. Sin embargo, cada mañana su corazón latía entre los barrotes. Me atormentaba la idea de que Pelucha pretendiera sobrevivirme.

Una fría mañana la encontré muerta. Su corazón, hinchado y amoratado, había dejado de latir.

Abrí una bolsa de basura e introduje la jaula con Pelucha en su interior. Pesaba varios kilos.

—Asunto concluido —suspiré.


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«Accidente en la fábrica de chorizos», un libro de Rafael Moriel

«Mi bello canario» es un relato perteneciente al libro de relatos "Accidente en la Fábrica de Chorizos", escrito por Rafael Moriel y disponible en papel de tapa blanda y ebook.


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Accidente en la fábrica de chorizos,
un libro de Rafael Moriel

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Atentamente:
Rafael Moriel

martes, 7 de abril de 2020

LA BOTICA; Revista Literaria-6 (El Final)







Nota: el presente post es una continuación del post publicado anteriormente, que lleva por título «La Botica, Revista Literaria-5 (Perdiendo Frescura)».



Los últimos años con «La Botica, revista literaria», acontecieron en una soledad absoluta en la que me encontré sumido, sin apenas darme cuenta.

En el año 2010 planteé la posibilidad de incorporar otra persona al equipo directivo de la revista, pero no fue posible. Necesitábamos mano de obra para diferentes tareas, pero Jorge se negó rotundamente. Los años en que ambos trabajábamos codo con codo habían quedado atrás, y actualmente yo desempeñaba la totalidad de tareas, a excepción de la elección del autor de la portada y la contraportada, así como alguna que otra colaboración literaria prioritaria. A veces relegábamos labores en algunos de nuestros colaboradores habituales, pero lo cierto es que no funcionaban como cabía esperar. En una ocasión dejamos que distribuyeran ejemplares de la revista, pero algunos miembros de la asociación fueron incapaces de repartir dos cajas de ciento veinticinco ejemplares cada una, cuando Jorge y yo habíamos repartido mil setecientos cincuenta ejemplares cada uno, durante muchos años, sin cobrar un duro.

Mi amistad con Jorge se encontraba en su momento más bajo. Estábamos en un callejón sin salida. Por un lado necesitába ayuda, pero no nos poníamos de acuerdo en ampliar el equipo técnico-directivo y como ya he dicho, las pocas veces que lo habíamos intentado, no funcionó. Jorge comenzaba a desentenderse y se dedicaba mayormente a idear y presentar sus propios proyectos, a espaldas de «La Botica, revista literaria». En aquel momento me conformé con eso; era como si yo representase el proyecto original en solitario, pero con las manos atadas. Desempañaba la mayor parte de labores en contra de mi voluntad, pero continué haciéndolo a pesar de todo; cómo había llegado a este punto, me parecía difícil de entender en aquel momento. Además de la asociación cultural y de la revista literaria, estaba mi vida personal, laboral y de pareja, que atravesaron etapas en las que tuve que sortear grandes escollos. «La Botica, revista literaria» era tan sólo uno de ellos.

Un par de años antes de cesar nuestras actividades literarias, la situación era insostenible. Recuerdo que presentamos nuestro proyecto anual al ayuntamiento, el cual incluía un pequeño error, consistente en que en una de las primeras páginas, la fecha que figuraba se correspondía con la del año anterior, que no había sido actualizada. Presentar el proyecto al ayuntamiento era condición indispensable para participar de las subvenciones públicas, y el técnico del ayuntamiento se puso en contacto con nosotros, invitándonos a subsanar el error y entregarlo de nuevo. Una vez corregido se lo di a Jorge. Finalmente y para mi sorpresa, transcurrido un tiempo me llamaron de nuevo, diciéndo que el proyecto no había sido entregado. Al parecer, Jorge lo había olvidado.

Pedí permiso en el trabajo y acudí personalmente a entregar el proyecto. En ese instante, supe que había tocado fondo. Jorge no cesaba de presentar proyectos, junto a otras personas ajenas a la asociación, pero sus ideas no salían adelante. No había entregado el proyecto de «La Botica, revista literaria»; pero el asunto no terminaba ahí: la crisis económica fue recortando cada vez más los presupuestos culturales, y a cuenta de ello, perdíamos nuestros recitales literarios. Tras negociar todo lo posible para no terminar desapareciendo, nos vimos reducidos a la mínima presencia posible, durante aquellos difíciles tiempos de crisis económica.

Mi amistad con Jorge estaba rota. De hablar todos los días por teléfono varias veces, habíamos pasado a esquivarnos todo lo posible. No confiaba en él, y lo mismo sucedía al contrario. Para colmo, comenzó una persecución institucional hacia las asociaciones, que acabó por dinamitar nuestro proyecto literario.

Tras las elecciones, el nuevo gobierno de derechas exigía a las asociaciones que justificaran sus gastos al detalle, con retroactividad; de súbito, me vi rellenando documentos T10 y otros documentos similares, correspondientes a un ejercicio anterior, como si acaso una asociación como la nuestra, sin ánimo de lucro, facturase para ganar dinero o poder lucrarse, de algún modo. Recuerdo que habíamos llevado a cabo un recital en el popular «Green Bay» de Vitoria-Gasteiz, conmemorando el décimo aniversario de la revista. En dicho recital abonamos cien euros a cada uno de los autores participantes, que asimismo escribían en la revista. Había tal presión sobre las asociaciones, que me vi obligado a solicitar unas claves digitales en un punto de atención de la Diputación Foral de Álava, descargarme un software gratuito en el ordenador de mi casa, y responsabilizarme personalmente de cumplimentar toda aquella documentación relativa a la hacienda pública y el fisco, como si acaso desde la asociación manejásemos dinero de forma habitual. Aquello terminó por agotar mi pacienca.

Un día llamaron del ayuntamiento, comunicándonos que no había subvención económica. Recuerdo perfectamente cómo, tras hacernos pasar al despacho de cultura en el Palacio de Montehermoso, dijeron que no había dinero, sin siquiera mirarnos a la cara. Yo aduje que lo entendíamos en las circunstancias actuales de crisis, pero solicité que, después de tantos años de esfuerzos, nos dejaran imprimir el último número de la revista, dando por concluido el proyecto. Jorge y yo éramos conscientes del deterioro de nuestra amistad, así como de la situación en la que se encontraba la asociación. La portada del último número de la revista correría a cargo del artista plástico Michel Martínez Vela, y la contraportada sería para el fotógrafo Javier Sánchez. Ambos habían hecho posible la edición del primer número, y estábamos en deuda. Ese era mi deseo, pero el ayuntamiento lo dejó estar, y no obtuvimos respuesta. El que fuera el último número de «La Botica, revista literaria», se quedó en el tintero. Ni siquiera accedieron a imprimir los ejemplares, a pesar de renunciar a toda subvención económica.

En agosto de 2012 acudimos al Gobierno Vasco, solicitando la baja de la asociación cultural. Reconozco que fue una liberación personal, y pude respirar tranquilo; me sentía completamente solo y me resultaba difícil asumir todo lo acontecido. Decidí alejarme de los ambientes literarios y artísticos de Vitoria-Gasteiz, así como de mi compañero de proyecto durante doce años.

He necesitado más de ocho años para racionalizarlo, y poder hablar de ello. A mediados de 2011 inicié mi blog personal, una puerta abierta a la creación y un medio de expresión. Continúo escribiendo, tal como es mi deseo, y publico libros de poesía, relatos, novela y divulgación de otros temas que me interesan. No deseo, ni necesito participar en proyectos similares. Cuando alguien se ha puesto en contacto conmigo, en relación a recitales literarios, ha obtenido un «NO» por respuesta, muy claro y contundente. Así que ya lo sabéis quienes leáis esto, que es mi decisión: no me interesa, no por el momento... Otra cosa sería las publicaciones.

«La Botica, revista literaria» fue el proyecto literario por excelencia, de Vitoria-Gasteiz. Hasta la fecha no ha sido igualado, ni siquiera por aproximación. Disfrutó de una excelente salud, y publicó a más de trescientos autores diferentes. Nuestro trabajo de equipo funcionó a la perfección durante los mejores años; nosotros, que lo llevamos a cabo, carecemos de importancia frente a semejante logro. Mi mayor recompensa fue llevarlo a cabo, a pesar de todo; me quedo con la gratificación que sentía tras entregar las revistas en los hospitales, donde era recibido con los brazos abiertos; aunque me confundieran con un recadista, a fin de cuentas no se trataba de un lucimiento personal, y doy fe de ello a través del presente post y cuantos le preceden, en esta historia de «La Botica, revista literaria», probablemente el proyecto literario más interesante de Vitoria-Gasteiz, que publicó textos de diferentes autores, en todos los formatos literarios posibles.


Si deseas conocer los detalles y pormenores de la historia de «La Botica, revista literaria», número a número, pincha aquí.



Atentamente:
Rafael Moriel

domingo, 15 de marzo de 2020

LA BOTICA, Revista Literaria-5 (Perdiendo Frescura)







Nota: el presente post es una continuación del post publicado anteriormente, que lleva por título «La Botica, Revista Literaria-4 (La Censura)».



Superada la etapa oscura de censura en «La Botica, revista literaria», transcurrieron varios años sin novedades importantes. Sin embargo, todo cambió de repente cuando comenzamos a recibir una subvención económica que nos permitió ampliar el horizonte literario, editando un par de libros de autores compartidos. Además de la impresión de los 3500 ejemplares de la revista, utilizamos la ayuda para emprender una editorial que permitiera publicar a autores alaveses en cualquier género literario. Todo ello aconteció más o menos del siguiente modo:

Puede que se tratara de una casualidad, pero por aquel entonces nos encontrábamos inmersos en una campaña electoral, y un día encontré uno de esos panfletos de propaganda que echan en el buzón, en el cual figuraban unas líneas de texto libre para rellenar, en las que el «Partido Socialista de Euskadi (PSE)» solicitaba propuestas por si ellos llegaban a gobernar en la capital alavesa. Recuerdo perfectamente que guardé aquel panfleto durante días con la intención de rellenarlo, y finalmente lo hice con un texto que más o menos decía lo siguiente: «Que «La Botica, revista literaria» disponga de una subvención con la que publicar libros, y pueda ser una asociación libre». Algo así reflejé en apenas un par de líneas, y lo envié por correo, hastiado de que a pesar de solicitar una ayuda económica cada vez que presentábamos nuestro proyecto a las instituciones, ésta fuera rechazada y nos tocara agachar la cabeza y acatar sus decisiones, fueran cuales fuesen, sin tener derecho a protestar cuando los ejemplares estaban mal impresos o con errores, además de soportar censuras, etc.

Finalmente los socialistas lograron conformar gobierno en Vitoria. Personal relacionado con el departamente de cultura del ayuntamiento se puso en contacto con nosotros. No supe a ciencia cierta si era debido a mi petición o no, pero recuerdo que coincidía con la época de entrega de los proyectos anuales, y teníamos el nuestro redactado y listo. Dijeron que nos ayudarían, a nosotros y a otros colectivos similares. Puede que se tratase de una mera casualidad, pero el PSOE gobernó en Vitoria-Gasteiz y por primera vez en la historia de «La Botica, revista literaria», dispusimos de una subvención económica cercana a los 3000€.

Consciente de que debíamos aprovechar aquella oportunidad, pensé ampliar la visión que había tenido años antes, cuando planeamos la revista, creando una editorial. Hablé con mi compañero Jorge, y me costó convencerle de que era el momento de avanzar un paso más, apostando por las publicaciones en formato de libro; personalmente, estaba absolutamente convencido de que a la larga sería nuestro verdadero triunfo, y a la salida de nuestra reunión con representantes de las instituciones, caminando por los arquillos de Vitoria de un extremo a otro y repitiendo una y otra vez... planeamos la publicación de un libro de autores compartidos en el que tuviesen cabida todos los géneros literarios posibles, en castellano y en euskera. Poco después publicamos el libro «Cinco Voces», que incluía poesía, micro cuentos y relatos, así como cartas de amor. La mayoría de los textos estaban escritos en idioma castellano, aunque también los había en euskera.

Publicamos un libro con la idea de publicitarlo convenientemente, de modo que con el dinero recaudado fuera posible publicar más libros. Inicialmente sería de autores compartidos, hasta asegurar unas ganancias que permitieran publicar a autores vitorianos en solitario, en todos los géneros literarios.

Al igual que venía ocurriendo con la revista y tras nuestro primer libro, que incluía a cinco autores, lo distribuimos por las principales librerías y comercios de la ciudad. Entregamos ejemplares a las instituciones colaboradoras, prensa y radio etc., y algo más de cincuenta ejemplares gratuitos para cada uno de los autores publicados. Personalmente, estaba convencido de que se trataba de una idea genial, y en ningún momento contemplé la posibilidad de que pudiera resultar un fracaso. A menudo pienso de nuevo sobre aquello, acerca de la idea que tuve y me pareció tan brillante; pero a pesar de que dediqué el tiempo suficiente para explicársela a nuestros colaboradores habituales, algo no salió bien: publicamos hasta dos libros de autores compartidos, y recuerdo incluso cómo alguno de los autores acudió a mi casa con un carro para cargar libros, y una vez hecho esto, desapareció sin más ni más. Personalmente, no podía creer que los mismos autores a quienes promocionábamos, rehuyeran las presentaciones de prensa y televisión, etc., y lo recuerdo como algo muy extraño, que no lograba entender. Algunos autores incluso reclamaban más ejemplares de los establecidos inicialmente, y entonces comencé a darme cuenta de que mi idea no era la misma que la de otros autores, a pesar de que habíamos pactado las condiciones. No se vendieron muchos libros, porque no se llevó a cabo una divulgación adecuada. Con el segundo libro, titulado «Demasiada Realidad», el asunto empeoró notablemente, lo cual hizo tambalear la continuidad del proyecto. Poco después llegó la temida crisis económica, y todo comenzó a torcerse de un modo increíble: menos dinero y muchas más exigencias y trabas, hasta el punto de hacer el proyecto inviable, ya no sólo con el tema de los libros, sino en todo su conjunto.

Finalmente el dinero de la subvención sirvió para costear la edición de un par de libros publicados con «Ediciones La Botica», así como para sufragar gastos menores y pagar a nuestros colaboradores literarios y músicos en el décimo aniversario de «La Botica, revista literaria» y algún otro recital literario de carácter mayoritario.

Personalmente, considero que trabajar en equipo tiene sus pros y sus contras. Lo que para unos está muy claro, para otros es totalmente cuestionable. Si se debate en exceso se pierde mucho tiempo, y las ideas y proyectos deben quedar muy claros para concluir con éxito. Por otro lado, se necesita mucho tiempo para afianzar los objetivos y Jorge y yo nos distanciábamos cada vez más. Los años transcurrían y la rutina y la falta de tiempo lo complicaban todo, hasta que llegó un momento en el que los contratiempos no dejaban de sucederse. Algunos autores comenzaron a mostrar un ego desmedido, complicando los ensayos de los recitales e incluso monopolizando la puesta en escena, etc., retrasando y entorpeciendo los ensayos. Estábamos perdiendo frescura a pasos agigantados y resultaba muy difícil reunir a la gente durante los ensayos; por primera vez en más de diez años me di cuenta de que me costaba mucho asumirlo, y no parecía tener solución. Los problemas crecían.

Volviendo a lo de los libros, anteriormente ya había intentado convencer a Jorge de que el dinero obtenido en los recitales de algunas entidades e instituciones podría aglutinarse y destinarse a la publicación de libros, en lugar de abonarlo directamente a los autores que recitaban sus textos; pero él no estaba de acuerdo. Con aquella subvención fue posible publicar libros, o al menos intentarlo, y ambos estábamos de acuerdo. Pero tras publicar el segundo libro, el asunto se nos fue de las manos. Puede que los autores no estuvieran a la altura de las circunstancias, pero fue un fracaso total de ventas. Después se agravaría el distanciamiento entre Jorge y yo, la temida crisis económica y los ajustes presupuestarios, la presión a la que fueron sometidas las asociaciones... así como el cese definitivo de todas nuestras actividades literarias, tema sobre el que tratará el siguiente post.


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Rafael Moriel

miércoles, 25 de diciembre de 2019

LA BOTICA, Revista Literaria-4 (La Censura)







Nota: el presente post es una continuación del post publicado anteriormente, que lleva por título «La Botica, Revista Literaria-3 (Evolución)».



«La Botica, revista literaria» fue censurada hasta en dos ocasiones diferentes, en la primera de las cuales llegó a destruirse una tirada completa de 3000 ejemplares impresos, aduciendo el carácter inapropiado de un poema aportado por el poeta Mariaño Íñigo (D.E.P.).

«La Botica, revista literaria» afrontó su primera censura tras publicar un poema escrito por el conocido poeta Mariano Íñigo. Ciertamente, en ningún momento llegamos a imaginar siquiera que en los tiempos actuales fuera posible censurar una publicación de carácter literario aunque, a decir verdad, habíamos vivido tiempos de una mayor libertad creativa durante el transcurso de los años posteriores al fin de la dictadura franquista en España.

Como ya he mencionado, ni mi compañero Jorge ni yo imaginábamos que pudiera llegar a ocurrir algo semejante, sobre todo teniendo en cuenta que alguien desde las instituciones públicas revisaba nuestros contenidos literarios antes de que éstos fueran publicados, habida cuenta de que veníamos utilizando la imprenta de la Diputación Foral de Álava para imprimir los ejemplares de la revista. La tirada actual en el momento de la censura era de tres mil ejemplares, y la temática del poema aportado por Mariano Íñigo giraba en torno a una felación; al parecer alguien se quejó cuando los ejemplares ya habían sido impresos, y por alguna razón pensaron que aquel poema podría llegar a herir la sensibilidad del lector. La Diputación Foral de Álava imprimía gratuitamente nuestros ejemplares, que posteriormente distribuíamos por toda la ciudad, estando al alcance de cualquiera, lo cual incluía a los niños. Ante dicho argumento no tuvimos más remedio que aceptarlo con resignación, a pesar de que la medida nos pareció desorbitada. No entendíamos cómo era posible destruir una tirada completa de 3000 ejemplares, cuando se supone que la publicación ya había pasado un filtro previo, y tampoco estábamos de acuerdo en la necesidad de una prohibición.

Personalmente, por aquel entonces me tocaba mediar en algunos temas difíciles, tal como ocurrió en el caso de Mariaño Íñigo, quien al enterarse de lo ocurrido, estaba muy enfadado. Recuerdo perfectamente que me cité con él para tratar el tema un día por la tarde, en el pub «Canguro Rojo» en la calle Adriaño VI de Vitoria. Charlamos largo y tendido, o quizá habló mayormente él. Personalmente, conocía a Mariaño Íñigo desde que yo era un niño y siempre empaticé con él; además de eso le apreciaba y respetaba como poeta, por lo que tras finalizar nuestro encuentro, no llegé a tener un desencuentro con él, que estaba muy afectado y acudió a los medios de prensa para denunciar lo ocurrido. Yo le di la razón en todo momento, pero me mantuve firme en que, a pesar de la censura, nuestra revista literaria debía continuar su andadura a pesar de todo, porque se habían aferrado a unos argumentos contra los que no podíamos hacer nada. Finalmente, el disgusto se le fue pasando con el paso del tiempo y el asunto fue a menos. Mariano Íñigo y yo éramos amigos y continuamos siéndolo.

Pero la primera censura no terminó ahí. Durante los dos años posteriores, las instituciones se negaron a publicarnos. Alguien había dado la orden, y no había manera de reanudar las publicaciones. En vista de lo ocurrido, recurrimos incluso al Gobierno Vasco-Eusko Jaurlaritza, a quien presentamos un proyecto; recuerdo perfectamente una redaccion extensa, solicitando su ayuda, presentando justificantes de todo lo que podía justificarse en el seno de una asociación como la nuestra, así como ejemplares de todo lo publicado hasta el momento, con la esperanza de que una institución de tales características colaborase con un proyecto literario tan interesante. Sin embargo, recibimos una negativa por respuesta, aduciendo que la publicación debería ser redactada y publicada íntegramente en euskera. Esto supuso un terrible mazazo para nosotros, en especial para mí, y supuso, si cabe, otra nueva forma de censura que a fin de cuentas no distaba mucho de cualquier otra, independientemente de dónde o quién la ordenase. Una auténtica atrocidad y una injusticia para la literatura en general.

Tras más de dos años de silencio por parte de las instituciones, recurrimos a la ayuda de los políticos. Mi compañero Jorge y yo habíamos mantenido una actitud muy cauta y paciente en todo momento, y tras hablar con José Ángel Cuerda y Alfonso Alonso para solicitarles su apoyo, ambos se mostraron cercanos y comprensivos. Un buen día y sin saber muy bien cómo, se reanudó la comunicación con las instituciones y poco después publicamos un nuevo número.

Finalmente logramos retomar la edición de la revista, aumentando la tirada hasta los 3500 ejemplares.

La segunda censura literaria llegó posteriormente, y estaba relacionada con un poema que sería publicado en «La Botica, revista literaria» aunque, a diferencia de la primera, éste no pasó el filtro tras la entrega del original para su revisión antes de la impresión final.

Recuerdo perfectamente que sonó el teléfono en mi casa, y era un funcionario. Me dijo que tras revisar un poema del poeta Luis García Angulo, incluido en nuestro último borrador, habían decidido suprimirlo. Personalmente, no daba crédito a lo que estaba escuchando: se trataba de un poema anti militarista, relativo a un niño que garabateaba un dibujo de un general del ejército, y que llamaba a la reflexión. Sin duda alguna era uno de los poemas estrella del número que teníamos entre manos, doy fe de ello porque lo seleccioné personalmente, pero además de eso, el funcionario me dijo algo que nunca olvidaré, y que me pareció, si cabe, aún más sorprendente: «a partir de entonces, los textos de la revista deberían ser más alegres». Aquello me enojó hasta el punto en que pensé en abandonar el proyecto, aunque finalmente retiramos el poema y lo sustituimos por otro del mismo autor, para poder continuar editando la revista.

La segunda censura (al igual que la primera y asimismo la relativa al idioma) fue un mazazo terrible; no la esperaba en absoluto, y me sorprendió tanto o más que la anterior. Sin embargo, su efecto pasó más desapercibido entre Jorge y yo, teniendo en cuenta que no nos comunicábamos tanto como al principio; yo trabajaba duro en la empresa y en mis ratos libres continuaba desempeñando labores técnicas para la asociación; Jorge hacía lo propio, intentando sacar adelante sus propios proyectos, de modo que aunque nos relacionábamos menos, éramos muy eficaces porque existía una inercia, fruto de una dinámica de trabajo que conocíamos a la perfección. Todavía por aquel entonces corrían buenos tiempos para nuestra amistad; quedaba por llegar la temida crisis económica, el distanciamiento y el cese definitivo de nuestras actividades editoriales.




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Rafael Moriel

domingo, 3 de noviembre de 2019

LA BOTICA, Revista Literaria-3 (Evolución)







Nota: el presente post es una continuación del post publicado anteriormente, que lleva por título «La Botica, Revista Literaria-2 (Asociación Cultural)».



Durante los doce años que presidí la asociación cultural «La Botica», alrededor de la cual editábamos la revista, me dediqué a conformar y maquetar la publicación, elaborando los proyectos que presentábamos a las instituciones, patrocinadores, etc., organizando numerosos recitales literarios junto a mi compañero Jorge Girbau Bustos, en los que participaban los propios escritores, así como músicos y otros artistas.

Personalmente, durante los primeros años mantuve un intenso contacto social, e incluso frecuentaba los festivales, etc., así como las presentaciones de otros artistas vitorianos. Sin embargo, poco a poco dejé de hacerlo. En el año 2002 me mudé a vivir al barrio de Lakuabizkarra, lo cual me aisló aún más.

Me gano la vida trabajando en la empresa privada, e incluso en ocasiones he frecuentado el horario a tres turnos. En aquella época, llegué a compaginar mi empleo en la empresa privada con la impartición de cursos de formación técnica para diferentes instituciones, a los que dediqué siete años de mi vida. Absorvido por la vorágine del día a día, dejé de frecuentar los ambientes artísticos y de relacionarme con otros artistas y escritores; simplemente no podía permitírmelo, por una cuestión de tiempo. Aun así invertía todo mi tiempo libre en labores técnicas y de organización de la asociación, incluyendo mis vacaciones y puentes festivos, etc. Sólo así era posible dar forma a las publicaciones y los proyectos que fuimos sacando adelante. Yo era una hormiguita que no cesaba de trabajar, en ocasiones acaso como un estoico masoquista en solitario.

Con el paso del tiempo y la experiencia acumulada, logramos dar forma a las sesenta y cuatro páginas que conformaban las diferentes secciones de «La Botica, revista literaria», de un modo magistral. Sucedió paulatinamente, culminándose en el momento en el que decidimos dedicar las dos páginas centrales al género del cómic, de la mano de Oskar Blanco, que editaba asimismo el fancine «Zócalo» en Bilbao.

Nuestros protocolos de funcionamiento interno eran siempre los mismos. Tras maquetar cada nuevo número, entregábamos un borrador a la imprenta, y ésta nos devolvía una copia impresa para validar. Sin embargo, a menudo había problemas, puesto que a pesar incluso de haber validado el ejemplar de prueba, las imágenes del interior de la revista se imprimían pixeladas, a pesar de entregarlas en formato digital de máxima resolución; otras veces aparecían cambiadas de sitio, incluso los colores de la portada o de la contraportada distaban de ser los originales, y eso fue motivo de grandes disgustos para algunos artistas plásticos. De cualquier forma, yo siempre acababa enfadado porque habían cambiado algo, y no lográbamos entender por qué razón. Mi compañero Jorge se lo tomaba con más calma, y finalmente terminábamos asumiendo que no podíamos hacer nada al respecto.

El reparto de los ejemplares lo realizábamos al cincuenta por ciento, entre Jorge y yo. Abarcábamos toda la ciudad y otras localidades colindantes. Entregábamos ejemplares a los colaboradores, tanto literarios como artísticos, e incluso los enviábamos fuera de la provincia de Álava si era necesario, utilizando el correo ordinario. Si los colaboradores de la revista se ofrecían a repartir ejemplares, les entregábamos unos 350, que eran los que cabían en una caja. Por otro lado, siempre mantuve correspondencia con aquellas personas que escribían a la redacción, y aunque me costara tiempo responderles, al final terminaba haciéndolo, incluso enviándoles ejemplares si lo solicitaban expresamente.

Los años fueron pasando. La revista tenía muy buena acogida y el índice de rotación era muy alto; su formato de reducidas dimensiones facilitaba, entre otras cosas, que los ejemplares permanecieran largo tiempo entre el material de lectura de cafeterías y otros locales públicos, rotando de mano en mano. Las páginas de la revista eran leídas a diario por mucha gente.

Distribuir 1750 ejemplares terminó por hacerse cuesta arriba, al menos para mí, teniendo en cuenta que llegaba a casa después de trabajar y debía realizar diferentes tareas, además de escribir mis propios textos. También preparaba las clases de los cursillos que impartía como profesor, además de cocinar y limpiar la casa, etc. Recuerdo perfectamente que en ocasiones me presentaba en los lugares de entrega con los ejemplares, y la persona a quien se los entregaba no sabía quién era yo, e incluso me confundían con un repartidor. Sin embargo, el interés mostrado por la revista era tal, que cuando comprobaba lo mucho que se alegraban al recibirla, haciéndome saber que llevaban tiempo esperándola, era razón de sobra para continuar invirtiendo mi tiempo y mi esfuerzo; especialmente en el hospital, recuerdo cómo tenía muy buena acogida, y el propio personal se encargaba de repartir los 350 ó 700 ejemplares que yo les entregaba, entre las consultas, etc. Para mucha gente, nuestra revista era un referente inequívoco y uno de los más importantes valores culturales de la ciudad. Con eso me conformaba, y por ello continué desempeñando mis labores durante todos aquellos años; seleccionando, maquetando y dando forma a las diferentes secciones de la revista, organizando recitales literarios en los que a veces resultaba muy difícil, por no decir imposible, reunir a cuatro colaboradores a la misma hora en un lugar concreto.

La portada de la revista corría a cargo de un pintor, y la contraportada estaba reservada para un fotógrafo, ambas a color. Jorge mantuvo un contacto directo con la mayoría de artistas de la capital alavesa, y él fue quien consiguió la gran mayoría de portadas y contraportadas, todas ellas muy interesantes y acertadas. La página número uno siempre estaba conformada por una ilustración artística en blanco y negro, relaccionada con el significado del logo de «La Botica, revista literaria», y los huecos sin texto que quedaban libres entre las páginas se rellenaban con un monográfico de imágenes de un artista, o un colectivo. Mi idea de que la revista abriese las puertas a escritores desconocidos fue siempre una máxima; «La Botica, revista literaria» jamás fue un gueto cerrado de ego henchido. Las secciones iniciales como «Alternativas Literarias» evolucionaron desde meros consejos y la didáctica para escritores noveles, hacia el ensayo y la crítica artística de autor, siempre orientados hacia un enfoque literario y creativo. Cualquiera que lo deseara tenía derecho a publicar y recitar en público. «La Botica, revista literaria» incluía todos los géneros literarios; jamás ha existido una publicación tan abierta y libre en Vitoria-Gasteiz, que diera oportunidades a gente tan diferente, más de trescientos creadores en total.

Me siento orgulloso de haber representado los intereses de un proyecto tan interesante, junto a mi compañero Jorge. Durante mis encuentros con los políticos y otros líderes institucionales, aproveché cada ocasión para resaltar el modo en que llevábamos a cabo la distribución de los ejemplares, aduciendo que había muchos lectores a los que no lográbamos llegar, y justificándolo mediante los tickets de entrega en los que registrábamos el número de ejemplares entregados (normalmente eran diez o veinte en cada local) y el sello y la firma del local donde se efectuaba la entrega. Cuando acudía a las reuniones con los representantes de las instituciones patrocinadoras, yo siempre les salía por donde no se esperaban: no nos daban dinero, no hasta que pasaron 9 años, pero aproveché cada uno de aquellos encuentros, incluso en los momentos de mayor crisis, para solicitar un aumento de la tirada. De 500 ejemplares iniciales pasamos a 1000, 1500, 3000, hasta los 3500. Algunos incrementos fueron logrados en el peor momento de la historia de «La Botica, revista literaria», precisamente cuando fuimos censurados y una tirada de 3000 ejemplares fue destruida íntegramente, en un momento en el que estuvimos a punto de desaparecer, tras más de dos años censurados sin poder publicar. Desarrollaré en mi siguiente post el tema de las censuras a las que fuimos sometidos, aunque afortunadamente superamos aquel bache, y lo hicimos de un modo magistral, aumentando la tirada hasta los 3500 ejemplares.

En la literatura, el objetivo primordial no debe ser figurar en prensa o en televisión, etc. No se trata de ser importante, o de que te reconozcan por la calle, de alguna manera. Lo importante y lo más difícil es conseguir lectores, y ahí radica el verdadero objetivo. Con «La Botica, revista literaria» llegamos a lograrlo; por eso fue un gran éxito, por eso y no por otra cosa.




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Rafael Moriel

domingo, 15 de septiembre de 2019

LA BOTICA, Revista Literaria-2 (Asociación Cultural)







Nota: el presente post es una continuación del post publicado anteriormente, que lleva por título «La Botica, Revista Literaria-1 (El Comienzo)».



Para la portada del primer número de «La Botica, revista literaria» tuvimos la suerte de contar con la colaboración del artista Simónides, que nos cedió un dibujo inspirado en un microcuento que yo había escrito y le regalé unos días antes. Llevaba por título «El Tornillo», y encabezó nuestro primer editorial, firmado por Jon Uriarte Gómez, que era un seudónimo de los que yo utilizaba por entonces. Simónides diseñó la primera portada, y a él le siguieron otros tantos artistas.

Necesitábamos ampliar la redacción y fichamos al poeta Javier Ortiz de Zárate, con lo que pasamos a ser tres responsables. Por otro lado, ciento veinticinco ejemplares eran muy pocos, y era preciso aumentar la tirada. Pedimos presupuestos en diferentes imprentas; el dueño de la imprenta Dádiva, poeta y editor de algunos números de su propia revista literaria, nos hizo la propuesta más económica e interesante de todas. Decidimos publicar 500 ejemplares al precio de 300 pts cada uno. La maquetación del número uno corrió a cargo de Arantza Íñiguez de Onsoño, que por aquel entonces solía ilustrar algunos de mis relatos cortos.

Alquilamos un apartado de correos. Recibimos muchas colaboraciones literarias. Por las tardes nos reuníamos en casa de Javier Ortiz de Zárate, para seleccionar a los veinte afortunados que llenarían las 64 páginas de la revista. Cada uno de nosotros leía los originales en su casa, y después se los pasaba al siguiente; al terminar la ronda nos citábamos para llevar a cabo la selección de los textos, que era una total democracia; debatíamos y repetíamos las votaciones si era preciso, aunque lo cierto es que todo el proceso nos ocupaba demasiado tiempo. Después de todo, aún debíamos buscar inspiración para escribir nuestros propios textos en el escaso tiempo que nos quedaba libre, además del trabajo con el que ganarnos la vida, y todo lo demás.

Acudimos a los periódicos, y todos ellos hicieron eco de la noticia. Recuerdo que una periodista se puso en contacto conmigo, a nivel particular; yo estaba aparcando mi coche cuando sonó el móvil, y me entrevistó de una forma algo apresurada, sin que me diera tiempo a quitarme el cinturón de seguridad. Respondí a una serie de preguntas que iban sucediéndose, una tras otra, sin apenas pausa. Ése fue mi primer contacto con la prensa, a título personal; pocos días después ojeando el periódico, pude ver mi rostro junto al encabezado de la portada del diario, con el siguiente titular: «Publicar un Libro es Casi Imposible, Rafael Moriel». Aquello me provocó sentimientos encontrados que me hicieron reflexionar. Habíamos visitado los tres juntos las redacciones de los periódicos, donde nos habían hecho incluso una serie de fotografías, y posteriormente me habían telefoneado desde uno de aquellos diarios, a título particular. Aparecer en la portada de un periódico, en solitario, no era mi objetivo, y mucho menos acaparar toda la atención, en una entrevista tan personalizada. El objetivo no debía ser otro que promocionar nuestra revista literaria. Por ello, reuní a mis compañeros para explicarles que los derroteros por los que había acontecido la noticia distaban algo del objetivo, y me disculpé con ellos en cierto modo, asegurándoles que nunca más dejaría que ocurriese algo parecido. Y así fue: lo importante era el proyecto, «La Botica, revista literaria».

El número uno se distribuyó y vendió con gran éxito en el Café Arte de Vitoria, además de varias librerías y bares, etc., algunos de los cuales aportaron dinero a cambio de un pequeño espacio de publicidad en la contraportada. Finalmente, el número uno superó el éxito de su predecesor, y nos habíamos estrenado en presentaciones de prensa y radio, entretanto íbamos creando un entramado de distribución que incluía librerías y locales comerciales, cafés y bares artísticos, etc.

Poco tiempo después Arantza decidió dejar la maquetación para dedicarse a sus propios asuntos, y yo tomé las riendas de la parte técnica, estrenándome con la maquetación del número dos. A decir verdad estaba pésimamente maquetado, y la imprenta nos lo hizo saber, pero continuamos adelante a pesar de todo; tan sólo con el paso del tiempo aprendí a maquetar correctamente, e incluso llegué a trabajar durante algunos años como redactor técnico, en una empresa multinacional.

Tras cinco meses desde la edición del número uno, publicamos el número dos. En ambos casos logramos vender suficientes ejemplares como para obtener un margen de beneficio con el que pagar a la imprenta, más un veinte por ciento de ganancia sobre el precio de venta al público, para el beneficio de los comerciantes. Distribuíamos los ejemplares por los diferentes locales comerciales y transcurrido un tiempo, regresábamos a recoger los sobrantes y saldar cuentas. A decir verdad, todo el proceso era complejo y hacía falta mucho tiempo y paciencia; de veras que suponía un esfuerzo titánico, y me sentía obligado a tomar una consumición en cada uno de los bares que visitaba, lo cual incrementaba el tiempo invertido.

Al término de un recital literario en el que llevamos a cabo la presentación del número dos de «La Botica, revista literaria» en el Café Arte de Michel Martínez Vela, me di cuenta de que Javier había cambiado de actitud. Esa misma tarde le había llevado una caja de ejemplares para que los repartiera, y me percaté de que se la dejaba olvidada en el interior del bar. Entonces me acerqué a él y le pregunté qué le ocurría; él no podía ocultar que algo le preocupaba, y terminó reconociendo que no había sido capaz de integrarse en nuestro equipo y que, entre Jorge y yo había muy buena conexión y él no se sentía capaz de luchar con fuerzas para estar a nuestra altura.

Hablé con Jorge y decidimos regresar a los inicios, cuando sólo éramos dos responsables; al fin y al cabo, Javier tenía razón: Jorge y yo hacíamos muy buen equipo, y además de grandes amigos, éramos perfectamente capaces de hacerlo todo por nuestra cuenta. Javier no pudo encontrar su hueco y no se sentía con ánimo de intentarlo, dando por finalizada su aportación como responsable de la revista.

Mi compañero Jorge Girbau Bustos frecuentaba asiduamente las reuniones y presentaciones de otros artistas, y pasó a ejercer como relaciones públicas de la revista, además de otras labores de redacción y selección de textos. Yo desempeñaba mayormente labores técnicas de maquetación, redacción, edición y diseño de carteles, web, etc., con lo cual fuimos encontrando nuestro sitio, sin apenas darnos cuenta.

Lo que vino poco después no podría ser mejor. «La Botica» funcionaba como proyecto. Comenzamos a ser muy populares en Vitoria-Gasteiz, y constantemente nos hacían propuestas de recitales literarios o participaciones en eventos, donde los colaboradores de la revista recitaban sus textos. «Creció como la espuma», para nuestro asombro; el proyecto tenía muy buena energía, y había muchos escritores y artistas dispuestos a colaborar. Sin embargo, había algunos problemas incómodos que debíamos resolver: al recoger los ejemplares sobrantes de los locales de distribución, algunos comerciantes aducían extravío de los sobrantes, y comenzaba a haber problemas para cobrar el dinero. La realidad siempre ha superado a la ficción, y hubo algún caso que nos sorprendió de modo ingrato.

A pesar del éxito, era un buen momento de reflexionar: el número dos de la revista había obtenido peores ventas, y tras analizar el por qué, caímos en la cuenta de que había diversos factores, como el mes elegido para llevar a cabo la presentación de la revista a la prensa y radio, etc., que habían influido en su difusión, puesto que algunos festivales y eventos locales habían eclipsado la noticia.

Comenzamos a mirar hacia las instituciones públicas. La solución pasaba por registrarnos como asociación, lo cual presentaba ciertas ventajas, además de librarnos del incómodo trato con los comerciantes. La primera subvención que nos concedieron fue ridícula; «se dice el pecado y no el pecador», pero nos subvencionaron con la cifra de ciento veinte euros, que apenas alcanzaban a costear el apartado de correos, y poco más. A pesar de ello y dando un giro inteligente, solicitamos la impresión gratuita de los ejemplares en lugar del dinero. Si hay algo que dominábamos era la tenacidad, y aquello fue una jugada maestra.




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Rafael Moriel